¿Partido o cajón de sastre?

Por: Ricardo Kirschbaum.

La fragmentación de los partidos ha sido contemporánea a la caída de la credibilidad en la política. No fue un fenómeno súbito sino sostenido. Las causas han sido múltiples: la sociedad comenzó a visualizar a los partidos como una de las causas de sus males y les echó la culpa.

Al contrario de considerarlos como una herramienta irreemplazable para la democracia, se los estigmatizó. Algunos dirigentes contribuyeron generosamente a fortalecer esa visión de que los partidos son sólo un trampolín hacia mundos inalcanzables para el resto de la gente.

La "clase política" se autoexcluye al mostrarse como una casta, aunque no lo fueran. La reacción contraria fue la convocatoria de figuras que vienen de afuera de la política. Hombres y mujeres con experiencias distintas se amontonaron en partidos que funcionan como "cajón de sastre": conviven allí atraídos por una experiencia de poder más que como la defensa de un principio o de una ideología. Tarde o temprano la política les exige otro tipo de respuestas sobre cuestiones centrales. Y entonces aparecen los problemas.

Lo que ocurre con el PRO de Macri es un ejemplo de esta experiencia: la heterogeneidad de sus miembros y la ausencia de ideas centrales que actúen como vigas para sostener su estructura son un cóctel explosivo. Pasemos por alto los tropezones en la gestión y vamos a las cuestiones políticas: Abel Posse y Diego Guelar han dicho lo que piensan y quizá reflejen exactamente lo que muchos en el PRO creen. Posse fue sacrificado 12 días después de haber asumido afectando seriamente al jefe de Gobierno, Guelar ahora sacude al macrismo con una propuesta de amnistía. O hay un sordo debate interno o cada uno dice lo que quiere.

El "cajón de sastre" sirve para una elección, pero puede ser mortal para la política de largo plazo.

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