Una parodia de sí mismo

Por Joaquín Morales Solá

El nuevo Néstor Kirchner se parece más al paródico Kirchner de "Gran Cuñado" de Tinelli que al Kirchner real. Besuqueador, generoso con los abrazos, medio exaltado y con dosis escasas de agresividad.

¿Es Kirchner así? Han pasado seis años desde su llegada al poder y la respuesta es rotunda y rápida para cualquier argentino atento: no es así.

Tanto la versión nueva y electoral de Kirchner como la imitación que Tinelli hizo del ex presidente son, en última instancia, maquillajes edulcorados de un hombre duro y pasional, muchas veces vengativo, siempre exasperado. La novedad más importante del personaje que está creando Kirchner consiste en que él mismo ha tomado nota de que la versión real de su estilo es altamente impopular entre los argentinos. Y tiene razón: una inmensa mayoría de sus conciudadanos se cansó hace mucho de aquel hombre que electrizaba de arbitrariedades las tribunas del Gran Buenos Aires o que espolvoreaba injusticias desde su famoso atril en la Casa de Gobierno. "No se hagan ilusiones. No durará así mucho tiempo. Nunca pudo con su genio", suele deslizar un funcionario que lo conoce desde Santa Cruz.

La experiencia reciente es ilustrativa de ese destino corto que siempre tiene el Kirchner camuflado. Daniel Scioli se cansó de decirle, hace un mes, que era mejor que apareciera como un líder sereno y consensual, porque la gente común ya no quería más rabietas públicas. Kirchner le hizo caso en un par de actos, pero luego descerrajó la amenaza de que se reeditaría el caos de 2001 si ocurriera una derrota del oficialismo en junio. Enardeció de nuevo el escenario público, sobre todo porque esa advertencia fue tomada casi como una extorsión. El final del ciclo kirchnerista puede estar en duda, pero es evidente que su viejo estilo está terminado.

Ahora ha vuelto a abrazar y a besar en el decisivo conurbano bonaerense. Ha hecho declaraciones públicas a selectos y recurrentes medios y periodistas con el discurso de un hombre institucional, que nunca lo fue desde que se encaramó en el poder de la Argentina. Al vicepresidente Julio Cobos suele llamarlo "traidor" en la intimidad y rechazó cualquier propuesta de acercamiento a él desde la fatídica noche kirchnerista del 18 de julio, cuando cayó en el Senado la resolución 125 sobre las retenciones a la soja. Ayer, trató a Cobos con el boato institucional y no quiso rozarlo con ninguna alusión despectiva.

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Nadie ha hecho tanto como Kirchner para descalificar ante la sociedad y ante la historia a su predecesor y padrino político Eduardo Duhalde. Por eso, Duhalde construye una opción antikirchnerista allí donde ve una oportunidad; se tomó en serio la sentencia de que quien pone tiene también la obligación de sacar. La propia esposa del entonces presidente insinuó que Duhalde era un "mafioso" hace menos de dos años; era lo mismo que repetían públicamente los amigos de Néstor Kirchner. Ayer, Kirchner señaló que sólo estaba distanciado de Duhalde porque éste es "conservador", una etiqueta política que no lo incomodó en los tambaleantes meses de 2003.

Kirchner intuye que si hubiera un relevo para él en la vida política ése sería Carlos Reutemann. Es la única excepción de un adversario al que nunca agredió. Entrevé, quizá, que en algún momento deberá verse obligado a negociar con el senador santafecino las condiciones de una transición dentro del liderazgo peronista. Reutemann lo ha criticado tanto, o más, que Mauricio Macri, Francisco de Narváez o Felipe Solá. Pero Kirchner no ha cambiado: ayer, siguió considerando a Reutemann un hombre al que respeta, según dijo.

Kirchner le habla al oído del que lo escucha y se porta de acuerdo con la necesidad electoral, aunque esta última parte le cuesta más que la otra. ¿Quién garantiza que no volverá a prenderle fuego a la política desde las tribunas de Buenos Aires? ¿Quién asegura que no regresará al estilo de demonizar a los medios y a los periodistas independientes, cuando ayer mismo hizo una alusión peyorativa al periodismo? ¿Quién, al fin y al cabo, puede estar seguro de que el Kirchner retocado y compuesto no dará lugar prontamente al Kirchner conocido y verídico? Nadie puede nada.

Es más frecuente en él, casi constante, su discurso coincidente con el que lo escucha. Lo decía con todas las letras cuando, en tiempos de Roberto Lavagna, negociaba duramente con el FMI. "Yo me puedo hacer el loco, pero Lavagna no", repetía. Quien puede hacer una cosa puede hacer la otra. Se ofreció ante Washington para "contener" a Hugo Chávez, pero terminó organizando con Chávez y con Fidel Castro la contracumbre de la cumbre americana de Mar del Plata, en 2005. Es probable deducir que ahora Washington prefiere negociar con Chávez o con Castro, claros adversarios de la Casa Blanca, que con el imprevisible y cambiante Kirchner.

El ex presidente, que tiene el inconsciente cerca de la boca, confirmó ayer el virtual empate de las encuestas en la provincia de Buenos Aires. Aseguró que las elecciones se ganan con un solo voto de diferencia. Resulta redundante decir ya que su proyecto electoral se encierra sólo en ganar, aunque fuere por un voto, como él dijo, el más grande distrito electoral del país. Entonces podrá asegurar que él ha ganado, aunque su esposa haya perdido las elecciones nacionales y, sobre todo, las mayorías parlamentarias en el Congreso.

La campaña de Néstor Kirchner no ha hecho otra cosa que desdibujar aún más la marchitada imagen de la Presidenta. Es Kirchner el que acapara las páginas políticas de los diarios y los espacios de los informativos de televisión. Cristina resulta relegada a actos de módico protocolo o de escaso relieve político. El 10 de diciembre de 2007, el día en que su esposa asumió la presidencia, Kirchner aseguró que el telón de la vida pública había bajado para él. Diez días después apareció en la selva colombiana para ayudar a Chávez a liberar a un niño que no estaba secuestrado. Nunca más se fue de un excesivo protagonismo en la política argentina.

El nuevo Kirchner se parece demasiado a aquel del 10 de diciembre. Los próximos días dirán si el tiempo de la actuación actual será tan breve como el de hace un año y medio. Dirán, también, si aquel funcionario santacruceño acertó el pronóstico cuando describió la condición imbatible de su impetuoso carácter.

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