Parar la pelota y levantar la cabeza

Por: Alberto Fernández.

En el fútbol, cuando un equipo se ve desbordado por el juego del contrario, hay un criterio fundamental para escapar a ese instante de angustia. "Parar la pelota y levantar la cabeza". Ésa es la regla y ésa es la orden que habitualmente suele dar el técnico en los momentos críticos que afronta el equipo.

Cuando los jugadores escuchan el mandato, inmediatamente enfrían el espíritu y buscan en un esfuerzo conjunto asegurar, primero, que el dominio del balón no quede en poder de los adversarios, y luego, encontrar la manera de abordar el arco contrario.

¿Qué se pretende con ello? Se busca poder tomar distancia del instante en el que el mismo juego nos acorrala. Ése es el momento en el que la confusión frena las ideas y desmotiva a los futbolistas. Hay que parar la pelota para poder pensar y no seguir corriendo detrás de ella. Y hay que levantar la cabeza para entender dónde se está parado y poder garantizar que las jugadas, bien hilvanadas, permitan alcanzar los goles.

En la política argentina sería bueno hacer lo mismo, pero no es fácil porque el "equipo argentino de la política" no existe. Ocurre que por momentos todos aparecen como integrantes de diferentes equipos de un torneo en disputa. En ese caso, cuando el juego se complica para uno de los escuadras en pugna, los restantes hacen todo lo necesario para profundizar esa situación de crisis. Entonces el objetivo no es ganar sino que pierda el otro. El problema es que muchas veces, cuando la crisis asedia al gobierno, el costo es mucho más que un gol en contra. Es el padecimiento del país todo.

El episodio del Fondo del Bicentenario y el fallido intento gubernamental de constituirlo disponiendo de las reservas del Banco Central es una prueba de lo dicho.

El gobierno nacional, buscando evitar el debate público que supondría llevar el tema al Congreso, eligió para efectivizar su decisión un método claramente equivocado. En su premura, desatendió incluso los históricos argumentos esgrimidos por el mismo gobierno argentino al enfrentar la pretensión de los acreedores privados de embargar las reservas del Banco Central. Finalmente, y para peor, cuando el mismo presidente de ese banco le advirtió el riesgo que la medida acarreaba, optó por echarlo desatendiendo otra vez las reglas instituidas.

El enorme error permitió que la oposición aprovechara el desliz del modo más burdo. Primero abrazó al funcionario destituido convirtiéndolo en una suerte de mártir del Gobierno, para entregarlo más tarde a condición de que fueran ellos, opositores en el Parlamento, los que dispusieran la creación del Fondo del Bicentenario y la remoción del presidente del Banco Central.

Si éste fuera un partido de fútbol y el "equipo argentino de la política" existiera, ya el técnico habría dado la orden: paren la pelota y levanten la cabeza.

Si paráramos la pelota podríamos reflexionar y darnos cuenta de que el debate de fondo no tiene que ver con la continuidad o no del presidente del Banco Central, aunque ello no autoriza a desatender las normas legales que procedimentan su remoción. El problema es determinar si la Argentina puede mantener abiertos tantos reclamos externos profundizando la mucha incertidumbre que existe sobre la suerte de nuestra economía. Es necesario que establezcamos si es importante tranquilizar a los tenedores de nuestros títulos públicos y darles certeza de cobro sobre la deuda asumida por el Estado. Deberíamos preguntarnos si en un mundo globalizado, después de haber caído en default y de haber salido de él exitosamente tras efectivizar una importante quita a la deuda que estaba en manos de los acreedores, puede nuestro país pretender seguir viviendo sin apoyo crediticio externo y puede seguir sumando dudas en el ánimo de eventuales inversores.

Si pudiéramos levantar la cabeza y llegáramos a la conclusión de que es importante poner fin a ese conflicto para poder contar con financiamiento internacional en un momento muy propicio por las bajas tasas de interés que exhiben los mercados, podríamos debatir sobre la conveniencia de disponer de las reservas acopiadas por la autoridad monetaria para hacer frente a sus obligaciones externas o si, por el contrario, el Gobierno debería cubrir esas erogaciones con ahorro fiscal en detrimento del gasto público.

Pero ninguno de esos son los interrogantes que desvelan a la política argentina del presente. Cada uno, en su propio equipo, hace el juego que en la coyuntura más le conviene, descuidando que el vértigo que nos impone un mundo que se ha convertido en una "gran aldea" no parece garantizarnos un tiempo de descuento para que hilvanemos la jugada que hoy no estamos practicando.

El Gobierno parece haber advertido la importancia que tiene garantizar el cumplimiento de los compromisos que asumiera. Pero todo parece indicar que ha elegido la peor manera de hacerlo. No tuvo la claridad suficiente para advertir que bien hubiera valido la pena promover un debate público en torno a la conveniencia o no de pagar la deuda con reservas monetarias. Hubiera sido bueno que el Gobierno les hubiera exigido a sus opositores que expliquen las razones que los mueven a no pagar esta deuda o a hacerlo reduciendo gasto público cuando la enorme crisis internacional desatada en noviembre de 2008 aún no ha concluido.

Lejos de todo ello, el Gobierno vuelve a encerrarse en sus lógicas. Parece absolutamente impedido de asumir el error jurídico que ha cometido al pretender disponer de las reservas del Banco Central del modo que lo hizo. Sólo parece preocupado por acotar el margen de acción del presidente de la institución. No conforme con todo ello, el indudable malestar que el episodio ha causado lo ha inducido a volver a buscar culpables en funcionarios "infieles", en los medios de comunicación y en la misma oposición.

La oposición no se ha caracterizado por la mesura ante el problema. Aunque es justo reconocer que nada debe endilgársele sobre las causas que lo determinaron, sí puede cuestionársele la práctica de un oportunismo que en nada sirve al país. Aún hoy no sabemos si participa de la idea de poner fin a los reclamos de los holdouts. Tampoco sabemos si le parece oportuna la creación del Fondo del Bicentenario. Menos aún sabemos si estima apropiado hacer frente a esas obligaciones con las reservas monetarias o si piensa que es mejor exigir una reducción del gasto en un ejercicio fiscal que presenta muchísimas dificultades recaudatorias. Sí sabemos que ha cuestionado las formas en que la decisión fue tomada. También sabemos que ha concentrado sus esfuerzos en el debate mediático y en echar más leña al fuego encendido de la judicialización del conflicto.

Si el Gobierno dejara de minimizar el problema fiscal que asoma ante nosotros como quien pretende tapar el sol con las manos y propusiera volver a los mercados internacionales buscando financiamiento para que nuestra economía no caiga y para dar confianza en procura de abrir un proceso de inversión absolutamente necesario, seguramente inauguraría un debate muy útil para el futuro argentino.

Y si esa discusión se planteara, la oposición debería fijar más claramente sus posiciones y no podría "ampararse" en las cuestiones formales, un campo al que el accionar del Gobierno vuelve absolutamente fértil con sus descuidos. Entonces, le sería muy difícil complacer a la ciudadanía sólo con lo discursivo o las acciones judiciales.

La Argentina necesita salir de este atolladero. Necesita volver a replantear un escenario de progreso después de un año que estuvo plagado de dificultades políticas y económicas que terminaron por poner fin a una etapa de seis años consecutivos de crecimiento.

Si todos se dispusieran a ser parte del mismo equipo, esto ya se hubiera entendido. Pero eso no ocurre en estos tiempos de la política argentina. Cada uno atiende su juego. Aquí nadie para la pelota.

Y lo que es peor, nadie levanta la cabeza para mirar adelante.

Comentá la nota