Un paraguas muy chico

Joaquín Morales Solá

Para LA NACION

En efecto, a veces el mundo es un polizón en el paraíso argentino. Cristina Kirchner se sorprendió ayer porque la crisis mundial vino a frenar el crecimiento de la economía local.

Es lo que suele suceder, desde hace ya muchos años, en un mundo globalizado e interdependiente. La Argentina fue víctima y victimaria en la última década de ese fenómeno nuevo, irremediable y creciente de las relaciones financieras y económicas internacionales. Lástima que el Gobierno no se haya notificado antes de tan famosa novedad.

Sorprende la sorpresa de los funcionarios argentinos. El actual estupor de ellos explica que la propia presidenta se haya jactado del efecto "jazz" en Nueva York y que, en lugar de perder tiempo en semejantes audacias, no haya hecho nada para frenar los efectos de la tempestad internacional antes de que ésta comenzara a anquilosar la economía argentina. Fue necesario un desastroso y sombrío informe de la Secretaría de Hacienda sobre la recaudación impositiva actual y sus perspectivas para que se activaran los mecanismos propios de una crisis.

El Gobierno no inventó nada con sus anuncios de la víspera. Todos ellos figuran en cualquier manual de economía en el capítulo referido a cómo enfrentar un proceso recesivo. Es mejor, debe aceptarse, que lo haya hecho. De todos modos, quedan todavía algunas preguntas que los meros enunciados no respondieron. Difícilmente la economía recobre vida con un plan que sólo moviliza un porcentaje ínfimo del total de recursos del producto bruto interno conocido. El paraguas es demasiado chico para semejante tormenta.

Aun así, tampoco quedó claro de dónde saldrán esos fondos, ya que el Estado pletórico y generoso de Néstor Kirchner se gastó hasta lo que había en el desván. Es probable, con todo, que el Gobierno haya decidido conservar el sistema de fideicomisos de las extintas AFJP, que posibilitaba las compras a crédito de electrodomésticos.

En tal caso, deberá verse todavía cuáles serán los intereses que cobrarán los futuros viejos; es decir, deberá establecerse si no les están malversando sus ahorros para que el Gobierno pueda ahora sacar la nariz del agua.

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Es difícil creer en incentivos a la inversión cuando lo que el Gobierno está haciendo en las últimas horas significa continuar con su política histórica. Esto es: permanente desconfianza en los empresarios (salvo en los amigos), desaliento a la inversión externa (menos cuando se trata de increíbles megaproyectos como el tren bala), y una alianza sin fisuras con los sindicalistas de pensamiento antiguo y tosco.

Cuando lo que se impone es una paritaria sobre la crisis que ya llegó, Hugo Moyano insiste en pedir doble o triple indemnización por despido, que es otra manera de recelar de los empresarios. Kirchner confía más en Moyano que en cualquier otro actor social.

¿Qué empresario español invertirá un euro en la economía argentina después de la expropiación de Aerolíneas Argentinas? ¿Qué inversor norteamericano desembarcará en estas tierras luego de que el embajador norteamericano, Earl Anthony Wayne, soportara la reprimenda casi pública del ministro Julio De Vido por la eléctrica Edelap, la primera compañía de servicios públicos en acordar un nuevo contrato con los Kirchner?

Wayne no pagó por Edelap, quizá, sino por sus recomendaciones para que el Gobierno no termine convirtiendo el blanqueo de capitales en un lavado de dineros de truhanes. De poco sirvieron las públicas aclaraciones del diplomático sobre el sentido mesurado de sus palabras. A Néstor Kirchner no le gusta que los embajadores extranjeros hagan uso del derecho a la palabra. Punto. En eso coincide con su esposa. La Argentina podría ser un paraíso sobre la Tierra si no existieran el mundo y sus embajadores.

El campo, por último. Un poco de perdón para el maíz y el trigo. Ni piedad merecieron la soja, la carne y la leche. Los productores de soja, sobre todo, son los culpables de la más grande derrota política que haya sufrido el kirchnerismo desde que tiene el poder. Nada para ellos.

El precio de la soja está ahora en casi la mitad de lo que era en su mejor momento, a principios de julio pasado, cuando ya se cocinaba el descalabro parlamentario del kirchnerismo. No importa. Seguirá pagando el nivel de retenciones de los buenos tiempos. La venganza no es contracíclica ni keynesiana ni heterodoxa. Es venganza, no más.

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