Para qué sirve la política

Por Reynaldo Sietecase.

Estos días de vértigo electoral están marcados por dos miedos. El miedo que genera la creciente inseguridad y el miedo a perder el empleo. Esos temores provocan mayor angustia entre los que menos tienen.

Estos días de vértigo electoral están marcados por dos miedos. El miedo que genera la creciente inseguridad y el miedo a perder el empleo. Esos temores provocan mayor angustia entre los que menos tienen. La dirigencia política tiene la responsabilidad de espantar esos fantasmas. La campaña debería ser un escenario privilegiado de ese debate. Cuáles son las estrategias de cada candidato para lograr que vivamos en un país más justo y más seguro. Cuáles son las iniciativas que presentarán los nuevos legisladores para enfrentar la crisis. Sin embargo, lo que abunda son las chicanas, las operaciones de prensa, los escraches, el marketing y las imitaciones de "Gran Cuñado". El desinterés en los próximos comicios –según una encuesta de la Universidad de Belgrano, el 45 por ciento de los consultados no les asigna ninguna importancia a las elecciones– y el desconocimiento –la mitad de los encuestados no sabe qué se vota– están relacionados con una idea que fue madurando en democracia a fuerza de desengaños: votar no te cambia la vida. Una idea tan extendida por estas pampas como falsa. Y son los enemigos del cambio los que sostienen esa falacia con mayor convicción.

Esta semana la oportuna intervención de un grupo de dirigentes políticos y sindicales permitió que se salvaran quinientos puestos de trabajo. ¿Cómo? Haciendo política. Negociando. Gestionando. Si bien no hay –por ahora y por suerte– despidos masivos en la Argentina, la crisis internacional y los problemas internos han provocado un goteo incesante de puestos de trabajo. Esto lo reconoció el propio secretario general de la CGT, Hugo Moyano. También peligran algunas fábricas y distintos emprendimientos productivos.

Hace dos meses, la firma rosarina Mahle, que se dedica a fabricar aros de pistón, quedó al borde del cierre. Sin anestesia, sus propietarios alemanes anunciaron que se iban. Fue entonces que el gobernador de Santa Fe, Hermes Binner, no dudó en llamar por teléfono al secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli. Informada por el funcionario, la presidenta Cristina Kirchner pidió que se hicieran todos los esfuerzos para evitar el cierre de la empresa.

Había que conseguir un comprador, interesar a otros empresarios, y las dos administraciones se pusieron a buscarlo. Si bien en líneas generales coinciden en el rol promotor del Estado en la economía, el gobierno kirchnerista y los socialistas están enfrentados políticamente. Sin embargo, las diferencias ideológicas no complicaron la gestión. El Ministro de Trabajo de la Nación, Carlos Tomada, y su par de Santa Fe, Carlos Rodríguez, hablaron numerosas veces. También tuvo una activa participación el secretario general de la Unión Obrera Metalúrgica, Antonio Caló. La voluntad y decisión de los trabajadores de Mahle hicieron el resto.

El martes pasado, la empresa autopartista de Ramiro Vasena firmó el acuerdo de compra de Mahle. El acta garantiza la estabilidad y las condiciones laborales de los trabajadores. Según trascendió, el Estado aportará créditos blandos y subsidios salariales. El empresario Vasena es sobrino del ex ministro de Economía de la dictadura de Onganía, Adalbert Krieger Vasena, y tiene su principal base productiva en Brasil e intereses económicos en la provincia de Buenos Aires. En 2003, antes de emigrar, fue candidato a vicepresidente de la Nación en una fórmula que encabezaba el ex carapintada Gustavo Breide Obeid.

A los delegados de la fábrica rosarina no les importa el pasado de Vasena sino su propio futuro. Creen que el rescate de Mahle debe convertirse en un ejemplo de la batalla que trabajadores y políticos pueden dar en defensa del empleo. "Estamos listos para empezar a trabajar cuando nos digan", explicó Claudio Maldonado, uno de los referentes gremiales de la empresa, cuando los funcionarios provinciales le dieron la buena noticia. Había pasado un mes de ocupación de la planta. Un mes de vigilias, abrazos simbólicos, movilizaciones, recitales solidarios y actos. Un mes de lucha. Esta vez, la política le ganó al miedo.

Comentá la nota