¿Para qué sirve dialogar?

Por Silvio Santamarina*

La Presidente, por convicción u oportunismo, se apropió de la moda de llamar al diálogo. También dejó en claro que es muy bonito, pero después hay que tomar decisiones

Desde que se afirmó el primer gobierno K en el poder, los sectores no oficialistas de la opinión pública empezaron a pedir diálogo. A Cristina la votaron con la esperanza de que el consenso institucional se pusiera de moda. Luego del terremoto de la 125 en el Senado, el pedido se potenció hasta sonar como un reclamo cotidiano a viva voz. Hoy, cuando los argentinos miramos cómo intenta recomponerse un gobierno vapuleado en las urnas, el diálogo y el consenso se convirtieron casi en una orden, un látigo con el que los votantes anti K flagelan a los moradores de la Quinta de Olivos.

Este jueves la Presidente trató de tomar el toro por las astas, o el látigo por el mango, y se apropió de la moda de llamar al diálogo. No importa si lo hizo por convicción o por oportunismo. La clave es cómo lo hizo: al mismo tiempo que hizo suya la convocatoria al consenso, también dejó claro que el diálogo es muy bonito, pero que después hay que tomar decisiones, y ahí está la cuestión, el desafío de gobernar una sociedad contradictoria y conflicitiva. Cristina dijo una gran verdad, al matizar el lugar común dialoguista que la oposición tomó como su único caballito de batalla. Conversar no resuelve mágicamente las pujas de intereses. Es muy fácil, sentado en un escritorio opositor o leyendo un diario crítico, decir que a este país le hace falta dialogar. Lo que en realidad le falta a este país es una manera colectivamente más eficiente de compatibilizar intereses contrapuestos. Y el diálogo es menos una herramienta para lograrlo que el síntoma de que un proceso realmente (materialmente) conciliador está en marcha.

Pero hay otra verdad que la Presidenta no dijo en Tucumán. No es tan cierto que el kirchnerismo no haya sido dialoguista porque descree o porque no está genéticamente preparado para el consenso. Los K y sus pingüinos no han sido negados en el arte de la negociación: los sindicalistas lo saben, los peronistas lo saben, los grandes empresarios lo saben, los dueños de medios lo saben, los piqueteros lo saben, los intelectuales progresistas lo saben. Los K negocian. Pero no dialogan. Es cierto que es una hipocresía bienpensante esta moda de simplificar todos los conflictos sociales y económicos como si fueran una simple agenda de "temitas" a conversar. Se trata de una dura puja alrededor del reparto de una torta nacional que nunca alcanza para todos, o al menos no alcanza como para dejar a todos contentos. Por lo tanto, para evitar la anomia y la guerra civil, hay que negociar, y un gran estadista es quien propicia y conduce esa gran negociación entre clases sociales y grupos de intereses. Y es cierto que el diálogo no es suficiente, si no supone una negociación bien concreta. Pero lo que sí garantiza el diálogo serio y profundo es un mínimo de transparencia en el farragoso toma y daca de las negociaciones. Es decir, a través de la institución del diálogo, la mayoría de los argentinos tiene la oportunidad de enterarse de la trastienda del gran negociado nacional. Sin esa conversación, todo intercambio queda oculto, innombrado, confinado al tabú. La dinámica del diálogo público no resuelve nada, pero transparenta un poco: y eso sí que a los K, y a muchos de sus detractores, no les conviene.

*Especial para Críticadigital

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