Para nombrarte mejor

Por Martín Caparrós.

¿Por qué no le gusta decirle el interior, señora presidenta? ¿Le parece que el interior es poco, pobre? ¿Le parece que es despectivo?

Me gusta: los argentinos cada vez hablamos peor pero ahora, al menos, tenemos una jefa que se interesa por buscar las palabras, decirlas, decidirlas. Debe ser lindo darles sus nombres a las cosas. Fue, de hecho, uno de los privilegios más importantes que el dios de los judíos le ofreció al primer hombre: “Y Yahvé Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante Adán para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que Adán le diera”, dice el primer tratado de zoología de la historia. Debe ser lindo: es privilegio de los primeros, los escritores, los publicitarios y empresarios y, por supuesto, los realmente poderosos: los jefes y jefas.

Que, en general, lo usan muy poco. Pero ésta sí: la furia nominativa revista entre los rasgos más interesantes de nuestra jefa provisoria, por tres años. Al principio parecía que le importaba sobre todo su propio nombre más allá de su nombre propio: que si primera ciudadana y no primera dama, que presidente o presidenta. Pero después vimos que había más que eso, un interés general y generoso, un uso pedagógico de su insigne tribuna: que si cuasi mafioso, que si el efecto jazz, que si plan a, be, ce.

Es una suerte. El otro día, mientras anunciaba el fin de la tablita y el principio de nada todavía, la ex primera ciudadana y actual segunda presidenta dio otra de sus lecciones: hablando de taxis, dijo que habría cinco mil más “para el país profundo, porque no me gusta decirle el interior”.

¿Por qué no le gusta decirle el interior, señora presidenta? ¿Le parece que el interior es poco, pobre? ¿Le parece que el interior es despectivo? ¿Le parece mejor el exterior, señora jefa provisoria?

Hay, para empezar, un dato: ellos mismos acuñaron, para hablar de ellos mismos, la palabra interior. Los españoles que ocuparon este territorio durante el siglo XVI hablaban de sus regiones como “el interior de las tierras”, y de allí viene el nombre, y ellos nunca dejaron de usarlo. Un nombre, por otro lado, explícito y correcto: ¿por qué sería peor, señora presidenta, ser del interior que ser del exterior? No se crea, como algunos porteños confundidos, que hay más alternativas: las cosas tienen un interior y un exterior, y en el medio más nada, por lo cual siempre sospeché que los porteños estábamos, sapitos, nadando en esa nada exuberante.

En cualquier caso, le cuento que me pasé 30.000 kilómetros recorriendo el interior de la Argentina y no escuché a nadie quejándose de que se llamara el interior. Se quejaban, sí, y con razones, de casi todo el resto, incluida usted, pero no de ese nombre. Y es curioso, señora presidenta, que ahora se le ocurra desdeñarlo: tengo para mí –y para quien quiera, lo tengo publicado– que lo más notable que pasó este año en la Argentina fue que, con el conflicto rural, se produjo un primer embrión –que podrá fructificar o no – de un “partido del Interior”. Ese embrión resulta de la confirmación de que los representantes –gobernadores, diputados, senadores– de las provincias argentinas no representan a las provincias argentinas sino a sus intereses sectoriales, familiares, billeteros y al poder central. Dicho de otro modo: que el sistema de representación federal no funciona y que esas provincias necesitan –como necesitamos todos– representantes más genuinos. Eso fue lo que empezó a pasar, me parece, este año, y por eso me sorprende y no que usted afirme que el interior es una palabra que no la satisface.

¿Qué prefiere, entonces, señora jefa provisoria? ¿Cómo le gusta a usted decirle? ¿El país profundo, dice, el país profundo? ¿Usted cree que eso es más amable, más valorativo? Qué curioso. Yo cuando escucho profundo pienso primero en aquello de que no es lo mismo ser profundo que haberse venido abajo y después, enseguida después, en profundidades oscuras, turbias, raras, aquel espacio donde la luz no llega y los monstruos precámbricos acechan. A mí el país profundo me suena hundido, aislado, enterrado en su pozo, bien conserva; yo prefiero hablar del interior, de lo de adentro, y no le digo las entrañas porque todavía me queda un resto de pudor literario. Pero faltaba más: si realmente no le gusta interior –y acepta que a otros no nos guste país profundo– podríamos hacer uso de la famosa democracia 25 –también nominativa– y convocar a un concurso de nombres para ese vasto territorio.

Y, ya que estamos, ¿por qué no pensamos también si merecemos un cambio de nombre general? De últimas, Argentina no es un nombre que nos siente. Para empezar viene de argentos, plata, lo que nunca hay: es como si Groenlandia, tan helada, se llamara Tierra Verde, por ejemplo, o como si River Plate se llamara Sportivo Triunfo. Para seguir, refiere a la codicia: es el nombre que nos puso un señor al que le dijeron que si seguía caminando y caminando a lo profundo un día llegaría a brutos yacimientos y sería más rico que ninguno, y sólo por eso se quedó en estos lares y descubrió, tarde piaste, lo inmenso del engaño. Y, para terminar, aun si hubiera –habido– tal riqueza, ¿no es de muy mal gusto hablar de plata, y más en nuestro nombre? En fin, que ya que estamos en plena furia de revisión nominativa, valdría la pena aprovechar, y proponer algún nombre mejor para la patria. Abramos el concurso, llamémonos, nombrémonos. ¿No le parece buena idea, señora provisoria? Pero tratemos de ser serios: no me venga con Pingüinera, Peronia, Truchilandia. Usted puede –todos podemos– ser algo más que eso.

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