Para el kirchnerismo, el anuncio fue una derrota

Por: Rubén Rabanal

El Gobierno tuvo que pagar ayer un fuerte costo político interno para calmar a los usuarios alcanzados por el tarifazo en el gas y evitar una segura derrota parlamentaria. Era inevitable para Cristina de Kirchner poner un freno a un conflicto con usuarios del servicio al que ya se habían subido la CGT y hasta muchos integrantes de los bloques oficialistas en Diputados y el Senado.

La Presidente supo desde hace unos días que la situación interna del kirchnerismo en el Congreso no daba para exigir demasiadas muestras de lealtad. En dos ocasiones, en una misma semana, les ordenó a sus jefes parlamentarios no aceptar un solo cambio a ese decreto, como le exigía la oposición.

Como respuesta obtuvo nada más que tiempo: Agustín Rossi y Miguel Pichetto sólo consiguieron promesas de sus diputados y senadores de no colaborar con la oposición esta semana, pero ningún compromiso más allá de eso.

Cuestión de tiempo

Pero no se entiende por qué el kirchnerismo le cedió una victoria de esta dimensión a la oposición cuando era imposible que en la sesión de ayer lograra un número suficiente como para avanzar con la derogación.

Es cierto que ese proceso era sólo una cuestión de tiempo en el Congreso, pero bien podría haber anunciado la Presidente la suspensión una vez que los partidos opositores hubieran fracasado en su primer intento por derogar el tarifazo en el gas.

Unas horas solamente hubieran separado lo que la oposición consideró la segunda mayor capitulación del Gobierno después de la pelea por la Resolución 125, de un anuncio que podría haber sido consensuado.

Fue otro error de los Kirchner que en su afán por no ceder ni negociar nunca se toparon con una pared dentro de su propio partido.

Ayer los kirchneristas de Diputados y el Senado respiraron aliviados. De un plumazo, y con Julio De Vido presente, se sacaron de encima una batalla que daban por postergada esta semana, pero con seguro pronóstico de derrota para los próximos días.

Es cierto que la mano de la Presidente no estuvo forzada sólo por la presión de los opositores y la poca simpatía de sus propios legisladores por la medida. El malestar social creciente, las exigencias de Hugo Moyano de encontrar una solución y la Justicia que había fallado ya en 15 ocasiones en contra del decreto y preparaba la espada final crearon el clima propicio.

Insoportable

Ese mismo ambiente es el que resultó insoportable en el Congreso hasta para los diputados más cercanos a la Casa Rosada y el que generó una crisis en la bancada que no terminó con la suspensión del decreto. Todo lo contrario.

Muchos de esos diputados, algunos de los cuales se quedarán sin trabajo el 10 de diciembre, apoyaron la medida del Gobierno a regañadientes, aguantando las críticas de los usuarios en sus provincias. Le pusieron la cara al decreto y recibieron todas las cachetadas.

Lo hicieron cumpliendo una orden de resistir por parte de Cristina de Kirchner y recibieron como premio que el Gobierno cediera, sin demasiado cuidado, ante el rechazo al tarifazo. No hay peronista al que le guste probarse la máscara de la derrota. Y ayer no sólo lo hicieron, sino que tuvieron que soportar que los bloques de oposición lo festejaran como habían hecho hace un año frente a la pelea con el campo. Se los dijo Adrián Pérez, de la Coalición Cívica, casi como una condena: «El Gobierno tuvo que reconocer la dificultad política que tenía para sostener el tarifazo en el Parlamento».

Por eso la bronca que apareció en el oficialismo tras el alivio inicial por haberse sacado el problema de encima. Más cuando fueron derrotados sin haber votado y en una cuestión en la que nunca estuvieron de acuerdo con el Gobierno. Le costará más ahora a Cristina de Kirchner volver a pedir gestos heroicos a sus diputados y senadores, justo en el momento que deberían aprovechar para sancionar leyes claves antes que el poder mayoritario del oficialismo decline definitivamente el 10 de diciembre.

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