"Para ser fuertes debe haber un cambio ético"

Comenzó a estudiar en España, pero se ordenó sacerdote en Tucumán. "A muchos les duele más la virtud de la Iglesia que sus vicios", dice este catalán de 78 años.
Se diría que casi nació con la sotana puesta. José Ricardo Arbó Ingle tenía 18 meses de vida cuando murió su madre, Teresa, una mujer joven y bella del pueblo de Mora Ebro, en la provincia de Tarragona, España. Su padre, José Arbó, tuvo poco tiempo para llorarla. Se había quedado con una niña pequeña y un bebé de brazos, cuyos cuidados se sumaban ahora al de un pequeño campo. Los padrinos de su único hijo varón se convirtieron en el amparo de este padre viudo y cincuentón. Al frente de su casa había un convento -el de las Hermanas Mínimas de San Francisco de Padua- al que José hijo entraba y del que salía como si fuera su casa. A los cinco años, ya era monaguillo.

¿Quién es este catalán, nacionalizado argentino, que se enamoró de Tucumán por fotos -según cuenta-, y que se aventuró a estas tierras, intrigado por las maravillas que le contaran sus amigos, Gaspar Risco Fernández y Miguel Zelarayán? Cuando monseñor Arbó llegó a Tucumán todavía no era sacerdote. Lo ordenó monseñor Juan Carlos Aramburu el 19 de septiembre de 1959. Y desde entonces se "tucumanizó" por completo. Hoy, a las 12, él mismo celebrará sus bodas de oro sacerdotales con una misa de acción de gracias en la Catedral, de la que es párroco hace 26 años.

Pero no era la fe sencilla de la gente el servicio que la Iglesia necesitaba de él, sino que se encargara de la formación y dirección de la Iglesia internamente. Así es que fue vicario Episcopal para la doctrina de la Fe y la Educación Católica; también vicario para el Apostolado de los Laicos, Administrador Diocesano y promotor de la Fe del Tribunal Interdiocesano, entre otros cargos.

Nadie como este catalán-argentino de 78 años conoce la Iglesia, puertas adentro. En el último medio siglo, acompañó a seis obispos: Aramburu; Blas Victorio Conrero, que además fue uno de sus grandes amigos; Horacio Alberto Bózzoli, Arsenio Raúl Casado, el coadjutor Carlos Ñañez y ahora Luis Villalba. En un premio por este servicio permanente de su ministerio, Juan Pablo II lo nombró "Prelado doméstico", en 1983.

- ¿Cómo llega a Tucumán desde tan lejos?

- Como estudiante de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos de Nuestro Señor del Corazón de Jesús -que son los que están en Monserrat- de la diócesis de Tortosa. Tenía 14 años cuando comencé mis estudios. De ahí pasé a la Pontificia Universidad de Salamanca, donde conocí a tres tucumanos que estaban estudiando allá, con los cuales me hice muy amigo, Gaspar Risco Fernández (quien después abandonó los estudios para dedicarse a la filosofía), Miguel Zelarayán y Arsenio Barrionuevo. Ellos me enseñaron a tomar mate, lo que después yo convertí en un vicio. Tiempo después me llega un telegrama del arzobispo de Tucumán, que estaba allá y quería que lo viera. "Tú te vienes a Tucumán", me dijo. A mí me sorprendió muchísimo. "Bueno, usted no me conoce, ya le voy a mandar mis informes", le ofrecí. "No, ya los tengo", me contestó. Claro, Gaspar y Zelarayán le habían hablado de mí (se ríe).

- Habrá sido difícil dejar su pueblo natal y a su padre.

- El falleció un año antes de venirme. Eso facilitó las cosas. Era un hombre sereno, aunque un poco renegón. Se casó grande como manda la tradición catalana, después de hacer casar a sus hermanos.

- ¿Cómo vivió usted la Guerra Civil Española?

- Yo estaba con mi padre, y como malcriado que era, me alzaba frente a la ventana. Un día veo que la plazoleta estaba llena de gente con escopetas. Mi padre me suelta y se va. Al rato lo veo cruzarse corriendo al convento y golpear con una piedra la puerta. Sacó a todas las monjas y las llevó a un pueblo vecino para que no las mataran. Durante unos meses vivimos en un refugio subterráneo en un pueblo cercano.

- ¿Cuáles fueron los momentos más difíciles que le tocó vivir en la Argentina?

- El tiempo de la guerrilla, por supuesto. Con monseñor Conrero lo vivimos muy intensamente. Eran las épocas en que a la gente la paraban en los semáforos y la secuestraban. En aquella época con monseñor teníamos la costumbre de despedirnos con un "hasta mañana, si nos vemos", porque nunca sabíamos si nos íbamos a volver a ver.

- Hay quienes acusan a la Iglesia de haber estado a favor de los militares.

- Afirmar "la Iglesia dice" es muy atrevido. Habrá curas que hayan estado de acuerdo y otros no. Pero la Iglesia fue la única que habló, y en un momento en que no había datos. Muchas familias venían a pedir ayuda al Arzobispado para que intercediera por los desaparecidos. Monseñor Conrero se preocupó mucho por ese asunto. Inclusive designó a un sacerdote, el padre José Isidoro de Basols, para que se encargara del tema. Lo primero que se hizo fue interceder para tratar de recuperarlos. Una cosa que no se dice es que el Episcopado le pidió a (Rafael) Videla que diera los nombres de los desaparecidos porque entendía que los familiares debían saber la verdad. El dolor por la desaparición se sufre más que la muerte.

- ¿Y lograron recuperarlos?

- En algunos casos sí. Uno de ellos fue un doctor Santos, un peronista de gran notoriedad, que después vino al Arzobispado para dar las gracias llorando a monseñor Conrero.

- ¿Hubo algún enfrentamiento de los militares con la Iglesia?

- Hubo encontronazos fuertes. Una vez sacaron durante la noche a dos curitas de San Pablo y los llevaron al campo para intimidarlos. Entonces monseñor se fue al día siguiente al Comando, donde lo recibió un teniente coronel. "¡Yo quiero saber si ustedes son católicos o no!", les dijo. Los otros asintieron. "Bueno, yo soy el obispo ...", los puso en su sitio. Los retó malamente por haber maltratado a los curitas.

-¿La iglesia tuvo contacto con los guerrilleros?

- No que yo sepa. Unicamente tuve una experiencia como vicario de Villa Luján. Se me presentó un guerrillero pidiéndome amparo. Lo tuve un par de días y le di plata para que pudiera viajar.

- ¿Cuál es el desafío de la Iglesia hoy?

- Superar el relativismo absoluto, y el anticlericalismo que es una forma elemental de ateísmo. Siempre se trata de involucrar a la iglesia, como ocurrió en el caso del asesinato de la maestra Argañaraz. Se hablaba de las ex novicias, cuando jamás fueron monjas. A muchos les duele más la virtud de la Iglesia que sus vicios. Y no nos damos cuenta de que todos somos Iglesia. Tendríamos que mirarnos en un espejo antes de criticar.

- ¿Es difícil ser cura en estos tiempos? ¿Es difícil mantener el celibato?

- No. Lo difícil es hacerlo a medias. Es tan difícil como ser buen marido y buen padre de familia. En cierta forma vamos parejo en esto (ríe).

¿Cuál es el papel que le cabe hoy a la Iglesia en la sociedad?

- En la formación de las conciencias. Porque con cambios políticos, económicos o estratégicos no hacemos nada. Debe haber un cambio ético para que seamos más fuertes y unidos como sociedad. La Iglesia debe seguir dando un servicio de luz y verdad, llamar a la concordia y a la caridad.

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