Para qué cuernos

Por Martín Caparrós.

Llevo unos días en el país latinoamericano cuyo presidente tiene el mayor índice de popularidad de la región. Es raro: el fulano lleva siete años gobernando y su porcentaje de aceptación ronda el 70 por ciento.

Llevo unos días en el país latinoamericano cuyo presidente tiene el mayor índice de popularidad de la región. Es raro: el fulano lleva siete años gobernando y su porcentaje de aceptación ronda el 70 por ciento, o sea: con más tiempo en el poder que los dos Kirchner juntos, más de dos tercios de sus compatriotas apoyan su gestión. Si esto fuera una radio les daría cinco minutos para llamar y adivinar quién es; podríamos incluso conseguirles algún premio –se me ocurre, en primera instancia, un libro de Aguinis para el primero que acierte, dos libros de Aguinis para el segundo, cuatro para el tercero y así de seguido. Pero es un modesto trozo de papel –o pantalla de quién sabe qué– así que sólo me queda el recurso de este breve excurso para darles el tiempo de buscar la respuesta. No, no es el cocalero audaz ni el milico retórico; no es el obrero pelechado ni el ecuatoriano indefinible; es, ladies & gentlemen, el señor Álvaro Uribe Vélez, presidente de Colombia.

El señor Uribe es un ciudadano bajito de anteojos, cara de nada, postura de mejor alumno, elegido en 2002 porque prometía poner orden. Al principio le fue más o menos bien en el intento y, sobre todo, impresionó a su compatriotas con su imagen laboriosa: en un país donde los políticos pasan –vaya a saber por qué– por más o menos vagos, el señor convocaba a reuniones de gabinete a las 5 de la mañana, recorría su país cada semana, armaba –todos los sábados– "consejos comunitarios" de horas y horas en los pueblos más lejanos, donde los vecinos le ofrecían problemas y recibían promesas. El señor, además, convenció a su ejército de que servía para algo y, con fuerte colaboración americana, empezaron a pegarle a la guerrilla. Y al mismo tiempo conjuró parte de la violencia perdonando a los paramilitares: miles y miles de criminales se fueron a sus casas y el nivel de enfrentamiento bajó mucho. Así que, cuando estaba por terminar su mandato, el señor Uribe consiguió que el parlamento cambiara la constitución de su país, que estaba basada en esa rara idea de que nadie debía gobernar más de un período.

–¿Sabes cómo le dicen a Uribe?

–Lo que sé es que tengo que decir que no lo sé.

–Le dicen condón, porque con él también te la entierran hasta el fondo pero te sientes seguro.

El país estaba feliz y se felicitaba. En su segundo mandato, el señor Uribe y su ejército mataron a los jefes guerrilleros más importantes y liberaron al póster Betancourt. En estos años, además, se descubrió que 17 gobernadores, 120 alcaldes y uno de cada tres senadores estaban comprometidos en lo que se empezó a llamar parapolítica –los negocios conjuntos de paramilitares narcos y políticos– y que algunos de los colaboradores más cercanos del señor Uribe bailaban ese baile, y fueron presos.

También se descubrió que las agencias de seguridad del Estado espiaban y pinchaban los teléfonos de políticos, empresarios, periodistas –y pareció que el señor Uribe no era ajeno a esos cuidados. Y, finalmente, se supo que el ejército victorioso del señor Uribe engordaba las cifras de los guerrilleros que mataba con cantidad de campesinos que también mataba para hacer estadística: los llamaron "falsos positivos" –porque "positivos" era la forma de llamar a los muertos enemigos– y ya aparecieron casi 2.000 asesinados por los militares. Pero la economía se mantiene más o menos, la pobreza sigue tan pobre como siempre, la violencia y el crimen aumentan un poco porque tanto paramilitar suelto debe hacer algo para pasar el día, y la mayoría –ese setenta por ciento– sigue teniendo la sensación de que el señor Uribe es la clase de hombre fuerte que se necesita para controlar el país.

–Nosotros los colombianos necesitamos quién nos mande, si no, no funcionamos.

–¿Y si los mandan sí?

–Bueno, un poco más, hermano, un poco más.

En estos días el señor Uribe va a terminar de decidir si convoca o no a un referéndum para volver a cambiar la Constitución y poder presentarse, el año que viene, para un tercer mandato. Mientras tanto tiene de rehén a todo el proceso electoral, porque está claro que las elecciones serán completamente distintas con o sin Uribe –y entonces los demás candidatos esperan su decisión para ver qué hacen.

El señor Uribe y todo el resto saben que si se presenta gana: es ese 70 por ciento de aprobación, dos de cada tres colombianos dispuestos a volver a votar por alguien que mantiene el orden mientras sus fuerzas armadas y de seguridad asesinan y espían, mientras sus colaboradores van a la cárcel por haberse corrompido en gran escala. Según la vulgata política al uso, cualquiercualquier gobierno que haga todo eso debería ser repudiado por sus súbditos: se ve que no es así. Se ve, por ejemplo, que para muchos colombianos toda esa bulla de los derechos humanos no es tan importante frente al hecho cierto de que la Farc está en extremo retroceso. Todavía hay, por supuesto, en Colombia, muchas personas –casi todas las que conozco– que repudian esta idea del mundo: son, está visto, clara minoría.

La paradoja está servida: el gobierno con más apoyo democrático del continente es uno de los menos democráticos. Porque, probablemente, las razones que definen ese apoyo mayoritario no sean las que la democracia define como fundamentales. Porque, probablemente, la democracia no sea percibida por muchos como fundamental. Porque el cuarto de siglo de democracia en la región ha dejado tantos problemas sin resolver que muchos ciudadanos empiezan a buscar por otro lado –o, por lo menos, a desdeñar los parámetros democráticos para medir a sus gobernantes. Y sospecho que en la medida en que ciertas democracias sigan siendo inútiles para resolver esos problemas, la confianza –la creencia– en ese sistema de gobierno se va a seguir debilitando. No me preocupa tanto: yo creo que la democracia es mucho mejor que cualquier dictadura y mucho peor que otras formas posibles, sólo que todavía no sabemos cuáles son esas formas.

También creo que la gran ventaja de la democracia es que permite, más que cualquier otro modelo, la búsqueda de esas formas, del modelo que algún día la sucederá. Pero creo que cuando los colombianos prefieren un gobierno que parece alcanzar ciertos objetivos aunque no cumpla con las bases de esta democracia –cumplimiento de la constitución, uso legal de la violencia del Estado, respeto de las libertades básicas de los ciudadanos, honestidad en la administración de la cosa pública, separación entre el Estado y la delincuencia– están siendo pioneros en este modelo de "democracias de baja intensidad pero eficientes" que el fracaso de nuestros gobiernos puede prologar. Entonces me pregunto si los argentinos también preferirían algo así.

Si les interesa, el debate está abierto. Más precisa, la pregunta sería qué queremos, de verdad, de los que nos gobiernan. O, dicho de otro modo: ¿para qué cuernos los queremos?

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