¿Para cuándo el dialogo político en Catamarca?

De todas las crisis las sociedades emergen con líderes convocantes. No es el caso de Catamarca, en esta provincia da la nota el legislador oficialista que pide que el Gobierno convoque al diálogo, algo común hoy en todo el país, menos aquí, donde el oficialismo desprecia a la oposición.
El gobernador Eduardo Brizuela del Moral recorre presuroso los casi 1.200 kilómetros hasta Buenos Aires para dialogar con la presidente Cristina Fernández de Kirchner, bien hecho; pero aquí…nada de dialogo, y eso que la mesa de entradas de Casa de Gobierno se apilan notas solicitando audiencias desde diciembre del 2003 a la fecha; las últimas, también ignoradas desde luego, deben ser las de todos los intendentes justicialistas.

Pero el oficialismo provincial no solo se niega a dialogar con los distintos sectores de la oposición justicialista, sino que tampoco habilita ni se presta al dialogo hacia el interior de su propio partido político, la UCR. El autismo es total.

Un politólogo famoso decía que las sociedades superaban sus fracasos cuando sus gobiernos, luego de los cataclismos, enterraban los escombros para cimentar sobre ellos las columnas de un futuro mejor. Repetimos, no es el caso de Catamarca.

A nuestros gobernantes parece que les encanta esparcir los escombros para mantener eternamente un fango en el que se revuelca, feliz, toda la clase política.

Claro, el oficialismo esconde todo bajo una presunta paz social que para describirla podría utilizarse la imagen de un estanque, en cuya superficie todo hace suponer que las aguas no se mueven, aunque cada tanto asoma una burbuja. Bajo esa superficie pacifica se agitan corrientes profundas, persistentes, que tienen que ver con el sufrimiento de mucha gente. Arriba, nadie parece ver nada.

Para seguir usando esa imagen, podría decirse que esa superficie esconde una grieta que crece en el fondo: una comprensible desconfianza de la ciudadanía en la democracia, fundamentalmente porque la pobreza no cede, a pesar de tantas promesas.

Así, no se le puede ver futuro a una sociedad fragmentada, con su Estado en crisis permanente, abrumado de reclamos sociales, deudas y con toda la atención puesta en lo que divide, nunca en lo que nos convoca a todos.

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