El Papa hizo un fuerte llamado a enfrentar la pobreza y la corrupción

El Papa hizo un fuerte llamado a enfrentar la pobreza y la corrupción
Fue en su discurso ante las presidentas Kirchner y Bachelet, en la celebración del tratado de 1984. Dijo que hoy la paz requiere que los países luchen contra esos dos flagelos. Para el Gobierno, no fue un mensaje dirigido a la Argentina.
Con anteojos, un español casi perfecto y sin correrse una letra de la versión original, el papa Benedicto XVI iba ya por el séptimo párrafo de su discurso cuando les recordó a las "más altas magistraturas de las naciones" que la "consecución de la paz" requiere también de la lucha "contra la pobreza y la corrupción". En la Sala Clementina del Vaticano lo escuchaban atentamente las presidentas de Argentina, Cristina Fernández, y de Chile, Michelle Bachelet, presentes para conmemorar los 25 años de la firma del Tratado de Paz y Amistad entre ambos países, que se firmó aquí, bajo la mediación de Juan Pablo II, para poner fin al conflicto por el Beagle.

Con esta frase, el Papa volvió a mencionar dos temas, la pobreza y la corrupción, que provocaron más de una polémica entre el Gobierno argentino, el Episcopado local y en el que alguna vez también quedó involucrado el propio Vaticano. En diálogo con este diario, altos funcionarios kirchneristas buscaron despegar el comentario de Benedicto XVI a la realidad argentina. "Fue un llamamiento en general, como se suelen hacer. El Papa no se mete con temas de política interior, no desciende a estos niveles", evaluó uno de ellos. "Nosotros sabemos que hay pobreza, vemos las villas. Pero no creemos que este mensaje fuera dirigido a nosotros", se sumó el otro.

Atrás habían quedado tres horas de homenaje a las presidentas que brindó el Vaticano. Fue también, vale decirlo, un homenaje a sí mismo y a las figuras de Juan Pablo II y la Iglesia católica como mediadoras de un conflicto que casi termina en guerra a fines de los 70.

La jornada estuvo cargada de simbolismos: desde el ingreso de Cristina y Bachelet (de riguroso negro, la argentina con una llamativa capelina) en el mismo auto con banderas de los dos países, escoltadas por la guardia suiza, hasta la colocación de una placa conmemorativa en la Casina de Pío IV.

En el medio de ambos actos, la presidenta argentina tuvo un encuentro a solas con el Papa y otro con el poderoso secretario de Estado del Vaticano, Tarcisio Bertone, al que se sumaron el canciller, Jorge Taiana, y el embajador ante la Santa Sede, Juan Pablo Cafiero.

Entre ambos encuentros, rondaron los 40 minutos. Quienes la vieron dicen que la Presidenta salió "eufórica" de la reunión con Benedicto XVI. "Se habló de la importancia de la paz, sobre todo en Oriente Medio. Cristina le contó de la visita de los presidentes de Israel y de la Autoridad Palestina. También hubo algún comentario sobre la pobreza, pero general, y se destacó la política inmigratoria de nuestro país", resumieron funcionarios argentinos. "La relación con el Vaticano está mejorando, queda por resolver qué se hace con el obispado castrense -vacante desde la salida de Antonio Baseotto-. Esto es un paso más en este acercamiento", agregó un funcionario.

Ya sobre el mediodía, en una de las salas donde se negoció el acuerdo, y con las comitivas de ambos países sentadas en el estrado (la delegación argentina la componían Taiana, el titular de la Corte, Ricardo Lorenzetti; los gobernadores de Santa Cruz y Tierra del Fuego; la diputada Patricia Vaca Narvaja; Cafiero; Hugo Moyano; la abuela de Plaza de Mayo Estela de Carlotto; y el titular de CAME, Osvaldo Cornide), Cristina y Bachelet pudieron dar sus propios discursos. Ambas resaltaron el rol de Juan Pablo II. En sus cortos tres minutos, la Presidenta se dio el gusto de recordar que su marido, "cuando era intendente, inauguró una plaza en Río Gallegos con el nombre de Antonio Samoré", en homenaje al negociador que envió el Papa a ambos países. Bachelet usó el doble de tiempo y recordó el rol de la Iglesia durante la salida de la dictadura en su país. Eso le valió algunos aplausos más.

Por último vendría el descubrimiento de la placa y un almuerzo conjunto al que se sumaron embajadores de países del Unasur. Luego Cristina volvió al hotel y al rato salió rauda con destino incierto. Según uno de sus custodios, se dirigía al Tívoli, una ciudad cercana a Roma, famosa por sus caídas de agua y algunas mansiones del siglo II. El dato no fue confirmado por la delegación que acompaña a la presidenta. Es más, se lo puso en duda por la hora.

Tampoco pudo ser chequeado por el fotógrafo de Clarín; el custodio le sugirió que no siguiera a la comitiva si no quería "tener problemas". Esta mañana, y con menos hermetismo, la Presidenta estaba partiendo a Portugal para la Cumbre Iberoamericana.

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