PANORAMA POLÍTICODE LA SEMANA / Nosotros, los de entonces...

Escribe: Fernando Viano

La Rioja está consternada y dolida. Y no es para menos. La trágica muerte de una joven, asesinada brutalmente en el interior de un comercio en pleno centro capitalino invita al asombro, a la sorpresa y a lo inesperado para una sociedad que estaba acostumbrada a la paz y la tranquilidad. Estaba, bien digo.

Como bien supo decir algún miembro de las fuerzas policiales en lo que pareció un arrojo de claridad palmaria, si las hay: "La Rioja ya no es la de antes", afirmó.

Vaya novedad. Aunque en rigor de verdad la novedad radica precisamente en que alguien, no importa quién, lo diga. Al menos públicamente, ya que es comentario diario entre la gente que en La Rioja ya no se vive como se vivía antes. Como ya lo dijera el poeta: nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Claro que, como siempre ocurre aquí y en el país, parece que es necesario un hecho de la magnitud del que se produjo el pasado martes para que algunos, especialmente los funcionarios de turno, se sacudan la modorra y abran los ojos a un mundo que, por razones más que obvias, no quieren ver y, lo que es más grave aún, pretenden más bien ocultar.

Entonces, ante el hecho consumado y las graves falencias al desnudo, de pronto surgen las voces que nada dicen antes y que como paladines de las soluciones inmediatas, hablan de lo que habría que hacer para evitar que otro hecho como el ocurrido no vuelva a ocurrir, pero nada dicen de lo que deberían haber hecho antes, cualquiera sea la función o cargo que desempeñen.

Así, se la pudo escuchar, por ejemplo, a la vicegobernadora Teresita Luna "consternada" pedir a viva voz cadena perpetua para el asesino y afirmar al mismo tiempo que "parece que tenemos una sociedad enferma", y preguntarse, ingenuamente, "¿dónde quedó La Rioja en la que vivimos cuando éramos niños?".

Seguramente que Luna debe tener alguna respuesta para esta pregunta. No por nada -es de suponerse- viene ocupando desde hace mucho tiempo distintos cargos en diferentes gobiernos y actualmente es la mujer más importante en la provincia.

De igual manera, uno pudo encontrarse también con los ya clásicos "enfrentamientos" de la interna oficialista, en la que algunos aprovecharon la ocasión para caer fuerte sobre el ministro de Gobierno Carlos Luna. Sabido es que muchos -aún cuando se intente desmentirlo oficialmente- ya pidieron la cabeza de Luna y este último hecho trágico podría precipitar algunas decisiones.

Mientras eso pasa, el ministro Luna, afecto a los modelos ya empleados en otras provincias y de dudosos resultados, ya anunció la conformación de una guardia urbana, un modelo similar al empleado durante un tiempo en la ciudad de Buenos Aires, con el cual se intentará mejorar la prevención en la zona céntrica y comercial.

Pero más allá de esta cuestión en particular -vale decirlo- sería ridículo y poco menos que ingenuo pretender como hacen algunos que fogonean internas desde medios de comunicación, que el problema de la (in)seguridad nace a partir de la llegada de Carlos Luna al Gobierno. Nada se gana tampoco con minimizar tan burdamente las cuestiones, enceguecidos por un cargo público o por estar más cerca del primer mandatario provincial.

Precisamente, el gobernador Luis Beder Herrera, que no es ajeno a la problemática, mostró su preocupación y también hizo referencia al caso que conmocionó a los riojanos en la última semana y apuntó directamente a la Justicia, al afirmar que debe actuar con "rapidez", al mismo tiempo que cuestionó severamente a los jueces.

"Me voy a preocupar para que rápidamente se haga justicia con este caso", aseguró el Gobernador, lo cual es realmente plausible, siempre y cuando no se confundan los roles e intenciones, como sí lo hacen algunos que patéticamente pretenden sacar rédito propio desde el dolor ajeno.

Claro que una vez más se desprende de esto que no debería ser necesario que ocurra un hecho de esta magnitud como para pedirle celeridad a la Justicia, algo que debería ser una regla y no una excepción. Pero el propio Beder Herrera debe saber, a esta altura de los acontecimiento, que la Justicia riojana está vista como una de las más deficientes en el país y que viene acarreando una serie de problemas (destituciones de jueces, paros interminables de los trabajadores judiciales, falta de infraestructura, etc.) que hacen a las graves falencias a la hora de impartir justicia, tanto en casos de magnitud como en las pequeñas cotidianeidades.

De allí la importancia de plantear de manera urgente el debate para llevar adelante la tan mentada reforma judicial, cajoneada desde hace un tiempo y que ahora, ante la demanda de seguridad, sale nuevamente a la luz. Otro parámetro de la manera en que se trabaja en materia de Justicia, siempre corriendo detrás de los hechos.

Según trascendió y pudo conocer NUEVA RIOJA, el proyecto de reforma judicial estaría casi listo para ser presentado en la Legislatura, en donde sólo el diputado Mario Guzmán Soria está abocado a la cuestión, ya que es el único parlamentario con basta experiencia judicial.

Pero la problemática tampoco se puede reducir a esto. Las fuerzas policiales son sin duda la otra pata de la cuestión. La policía quiere, pero no puede, afirman desde la misma fuerza y esto es en si mismo todo un síntoma y un llamado de atención para el Gobierno que deberá sin duda replantear algunas cuestiones que hacen directamente a la seguridad de los riojanos que ya se expresaron públicamente.

Porque cuando se habla de seguridad y se manifiesta la gente en este sentido, tal como ocurrió en la marcha que tuvo lugar el pasado jueves (dejando de lado las cuestiones políticas que se entremezclaron inevitablemente), no se habla sólo de la seguridad individual ante hechos de violencia, sino también ante otros hechos como el miedo que produce la inseguridad en el trabajo, el miedo que produce el desamparo en la salud, en la educación y en la seguridad social.

De aquí se desprende que la sensación de inseguridad, como miedo al delito, no es más que un modo de concebir y expresar otros miedos silenciados: miedo no sólo a la muerte, sino también y ante todo, miedo a una vida sin sentido, despojada de raíces, desprovista de futuro. Los casos de violencia juvenil que se reiteran a diario deben ser analizados empezando por preguntarnos qué sucede con los adolescentes no escolarizados, sin trabajo ni posibilidades de integración a la vista, excluidos, marginados. Las patotas juveniles (que abundan en La Rioja) son, frecuentemente, un mecanismo de identificación que aúna a un grupo de jóvenes sin rumbo, haciéndolos fuertes.

Todo esto merece un análisis serio y profundo y no discursos de oportunistas, si es que realmente se quieren buscar las razones de fondo para el momento que se está viviendo. De lo contrario, seguirá siendo La Rioja la provincia de los hechos consumados, para empezar, y de los hechos sin solución, para seguir.

No menos dramático

No menos preocupante y dramático que los hechos de violencia que se viven a diario (y que muchos no llegan a ser noticia porque no alcanzan la magnitud del caso Cecilia González Córdoba) es la cantidad de muertes que se producen como consecuencia de los accidentes de tránsito. Las estadísticas, siempre frías, marcan que en lo que va del año ya se registraron 47 muertes, en su mayoría de jóvenes que truncan su vida y la de toda una generación. También se engrosa notablemente la cantidad de heridos, más de 150 con lesiones graves y, algunas, irrecuperables.

Sin embargo, poco y nada se dice del tema. Los controles municipales ya demostraron largamente su ineficiencia, al tiempo que poco y nada se invierte -desde ningún sector- en materia de campañas de educación vial.

No obstante, el que si mostró su preocupación y de manera pública fue el ministro de Salud Gustavo Grasselli, quien alertó sobre el creciente número de accidentados que le significan al Estado Provincial una erogación anual de unos 25 millones de pesos.

De acuerdo con las cifras que maneja Graselli y la erogación que esto significa para el Estado, el funcionario considera que "estaríamos en condiciones de inaugurar un hospital por mes". Claro que Graselli poco y nada dice -más allá de la prevención que pregona se debe realizar, pero tampoco se hace- de lo que se puede o debe hacer en esta materia. ¿Por dónde empezamos Ministro?

Las muertes de los jóvenes riojanos no pueden ser tomadas, de ninguna manera, como una mera estadística, sino más bien como un problema que, al igual que el de la (in)seguridad amerita una solución de fondo en la que la cartera de Salud debería ser protagonista excluyente.

O al menos, en el peor de los casos, tener armada una estructura sólida que permita contener no sólo a quienes se accidentan (involuntariamente, claro, y no para evitar que se construyan hospitales), sino también a quienes padecen distintas enfermedades que requieren, por ejemplo, de internación y que en muchos casos se encuentran con un hospital local colapsado, con falta de insumos y, como si fuera poco, sin aire acondicionado para paliar las altísimas temperaturas de los últimos días. Para tener en cuenta, ¿no?

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