PANORAMA INTERNACIONAL / Cumbre del G-20: todos unidos... por el espanto

Si bien no cabe esperar grandes resultados de la reunión de Washington, allí se podrá medir la capacidad real de impulsar respuestas internacionales a la crisis económica.

Por: Oscar Raúl Cardoso

Es un arcano la razón por la cual la reunión de emergencia que realiza hoy en Washington el así llamado Grupo de los 20 -19 naciones más la Unión Europea, que representan alrededor del 90% del producto bruto mundial y el 80% de su comercio- se ha convertido en un lugar de puja con una sordina defectuosa, sobre todo si se tiene en cuenta que no hay gran expectativa de que este primer debate vaya a arrojar mucho de concreto.

El propio George W. Bush ha dicho que será "la primera de varias reuniones" para acordar una acción conjunta frente a la crisis económica que enfrenta el planeta, la más aguda de los pasados cien años. Gordon Brown, el primer ministro británico, y el presidente francés Nicolás Sarkozy -que son quienes más han abogado por el encuentro- también han sido ganados por la cautela en los últimos días a la hora de predecir los resultados.

La idea de que esta oportunidad pueda convertirse, como dicen algunos que favorecen los grandes paralelos, en Bretton Woods 2 -la cumbre económica que en 1944 articuló el sistema capitalista para cuando llegara la II posguerra- parece desproporcionada. Sino por otra cosa porque Bretton Woods llegó con una agenda que demandó dos años de preparación y esta reunión de Washington apenas un mes.

A comienzos de octubre pasado, cuando los líderes de las economías ricas del planeta se tropezaban con la sombra al buscar una respuesta a lo que aún era una crisis sólo financiera en sus manifestaciones, en esta misma página se especuló con que la magnitud del problema podía llegar a inspirar "una acción internacional solidaria" que "no es sencilla pero, a esta altura de las cosas, sí deseable".

¿Pero es este encuentro el inicio de aquella acción? Las dudas persisten porque se trata de un formato inédito -de hecho Brown y Sarkozy querían limitarla a los miembros del G-7- que introduce tantas agendas como protagonistas. En el lado bueno de las cosas se podría afirmar que el foro es un reconocimiento a los cambios que se operan en un mundo que se desliza a una multipolaridad inevitable.

Pero la verdad es que esto no despeja el arcano. Bush inauguró el jueves el encuentro en Nueva York, antes de que llegaran los otros delegados. Se trasladó a un instituto en Wall Street -área cero de la crisis- y desde allí procedió a hacer una fuerte defensa del sistema capitalista declarándolo inocente del desastre y advirtiendo que ningún país debía sucumbir a la tentación del estatismo económico, las regulaciones excesivas y el proteccionismo comercial.

Era fácil interpretar esto como un aviso a su sucesor Barack Obama, pero también a Brown y a Sarkozy, que promueven la idea de reformar los organismos de Bretton Woods -el FMI y el Banco Mundial esencialmente- así como el sistema financiero privado a través de mayores controles. Ambos también expresan, cuando pueden, el desagrado europeo con Estados Unidos a cuya indisciplina económica se responsabiliza por el origen del alud de malas noticias.

Está también la idea, notoriamente promovida por el presidente de Brasil, Luiz Inacio da Silva, de volver a poner en marcha la llamada Ronda de Doha sobre comercio internacional, que hoy yace en terapia intensiva, para poner freno al proteccionismo que se insinúa en el mundo. La voz de los países en vías de desarrollo del G-20 pueden haber aumentado volumen, pero no hay demasiado precedente de que las naciones ricas acepten seguir el ritmo que pretenden marcar sus socios menores del G-20, fundado en 1999.

¿Tiene sentido esta explicación? Para muchos sí, para otros no tanto. En los grandes diarios estadounidenses de ayer apareció el anuncio de un sitio en Internet (www.no-coup.org) que denuncia la reunión de Washington como el inicio de un golpe de estado contra Obama, algo en lo que estarían comprometidos Bush, Brown, Sarkozy y la canciller alemana Ángela Merkel para impedir que el nuevo presidente lleve adelante su programa de cambio. El sitio, puesto en línea por la Fundación Rath de Salud, señala a los instigadores del supuesto golpe: serían las industrias farmacéutica y del petróleo. Puede parecer delirante, pero es parte del debate abierto sobre el encuentro.

Otra dimensión desconocida es cuál será el verdadero rol de Bush a quien le quedan 60 días en la Casa Blanca. Para algunos su condición es tan limitante que difícilmente podrá elevarse del rol de anfitrión, el que proveerá jugos, café y bocaditos. Obama tendrá apenas dos representantes -Madeleine Albright la ex secretaria de Estado de Bill Clinton y un ex congresista- pero no asistirá a ninguna de las sesiones. ¿Qué puede acordar Bush así? ¿Quién querrá acordar algo con el pato más cojo del que se guarde memoria?

Y, sin embargo, es cierto que la crisis aparece tan profunda y se desplaza por la economía -no ya sólo por las finanzas- con tal velocidad que los líderes del G-20 no tienen demasiado margen para quedar atrapados en sus costados más mezquinos. El desempleo en Estados Unidos se acercará al doble dígito, algo que no sucedía desde los meses que siguieron a los atentados del 11-S del 2001. El virus de la desocupación y la enfermedad social que es su consecuencia inevitable se están reproduciendo como una pandemia en todas las regiones del planeta. Quizá, después de todo, el espanto -para parafrasear a Jorge Luis Borges- le conceda al G-20 lo que el amor le ha negado.

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