Las palabras y las cosas

Por: Silvio Santamarina.

El kirchnerismo logró convencer a propios y ajenos de que la pulseada política de este año terminó en una victoria del Gobierno. Pero en marzo, en el escenario del nuevo Congreso, el relato oficialista será desafiado por la lengua más afilada de la era democrática.

Un "relato construido": eso son los Kirchner. "Una manera de contarse a sí mismos más allá de los hechos, o francamente a contramano." La fórmula, que resume como pocas la era K, la escribe el periodista Edi Zunino en su flamante libro Patria o medios, una lectura clave para pasar el verano. Porque, una vez más, habrá que pasar el verano para ver hacia dónde se dirige la política nacional. El turbulento año 2009 parece haber terminado antes de tiempo, al menos desde el punto de vista de la pulseada grande por el poder. Y el relato K es el de una victoria heroica con un par de goles que dieron vuelta un partido muy "chivo". Hasta la oposición parece haber comprado este balance anticipado de fin de año, y ya patea sus apuestas más fuertes para marzo, cuando debute el nuevo Congreso.

Para la historia oficial, el revés electoral de mitad de año fue un gol tramposo del adversario, con la mano y en offside. No vale. Y si no vale, no cuenta. A partir de esa lectura, el kirchnerismo aprovechó el tiempo ganado con el adelantamiento electoral para armar un contragolpe que se completó esta semana. Si con la ley de medios se busca dispersar el foco opositor, el proyecto de reforma electoral podría forzar un reagrupamiento bipartidista de la oferta electoral para 2011. La historia que Kirchner no quiere que se repita es la de 2003, cuando le ganó a Carlos Menem por abandono, con poco más del 20% del electorado a favor. Precisamente, Menem tuvo que bajarse del ballottage porque, a pesar de haber sacado más votos que su contrincante peronista y patagónico, la abrumadora mayoría se iba a aglutinar en una opción antimenemista en segunda vuelta. Pero ahora, pasados los años, el Menem de esta historia es Néstor. Kirchner puede aspirar al 30% del electorado, pero eso no alcanza para ganar en primera vuelta, ni para conquistar al 70% restante en un ballottage. Por eso hay que frenar la dispersión de la oferta filoperonista y aprovechar el nuevo impulso K para ganar la interna del PJ cuanto antes, y bloquear legalmente la chance de varios candidatos peligrosos para las presidenciales de 2011. Y si Julio Cobos pretende desafiar el sueño reeleccionista pingüino, antes deberá resolver su situación en la interna radical. Fiel a su estilo, los K apuestan al apuro y la sorpresa. La última novedad inesperada de la semana fue el anuncio repentino de la asignación infantil, una medida que complementa políticamente las leyes de medios y de reforma electoral, neutralizando el argumento crítico de que la lucha contra el hambre era una prioridad más urgente que la prensa y las urnas. La ayuda presidencial a la niñez aplana la discusión pública sobre el vértigo institucional en el que entró el país empujado por el oficialismo amenazado.

La aplanadora discursiva K convenció esta semana hasta a sus mayores críticos. Los Kirchner son maestros de contarse a sí mismos porque entendieron que el relato de un período hegemónico precisa no sólo nombrarse a sí mismo como líder necesario, sino también nombrar a los otros, imponerles etiquetas a los de la vereda de enfrente: así, los periodistas serán K o serán opositores a sueldo, la oposición será destituyente o nada, el peronismo disidente será traidor y el establishment crítico será golpista. Planchados por esta dinámica, hay sectores de la oposición que hacen tiempo hasta marzo, esperando un milagro que, paradójicamente, también vendría del lado de las palabras. Por ejemplo, el entorno de Elisa Carrió le prendió una vela a su santa patrona para que los ilumine en el camino que lleva de ahora hasta la reapertura de las sesiones legislativas de fines del verano de 2010. Allí el escenario –literalmente– promete sorpresas. Sobre las tablas parlamentarias habrá figuras nuevas, entre las que se destacan Lilita y Néstor. Los lilistas creen fervientemente que, a pesar de la errática construcción política que ha mostrado su jefa, la destreza verbal y el histrionismo de "la Gorda" (como cariñosamente la nombran) le devolverán el protagonismo histórico que supo tener a fines de los 90, cuando maldecía con gracia, timing y audacia republicana la corrupción menemista. Carrió tendrá la palabra en el recinto legislativo, con el rating asegurado por los medios que están en guerra con el Gobierno, y el blanco de sus dardos más envenenados estará, por primera vez, presente, y obligado a responder las acusaciones quizá más incómodas que haya escuchado en su carrera. Néstor Kirchner ha demostrado garra, estómago de acero y piel de amianto, es cierto, pero tal vez no alcance la fuerza física y emocional para defender el relato kirchnerista de la demolición sistemática a la que piensa someterlo Lilita. Hará falta maña argumentativa, esa que hizo famosa a la senadora Cristina Fernández, cuando parecía estar de la misma vereda que Carrió. Es decir, construyendo el mismo relato de los hechos.

Ése es el problema: los hechos. Así como la "victoria" del campo en la votación del Congreso nunca se concretó, el Gobierno tiene como tarea para 2010 el desafío de hacer realidad la aparente derrota de Clarín a manos de los legisladores que votaron la ley de medios. Si pasa la reforma electoral kirchnerista, nada garantiza que Kirchner (o Cristina) queden habilitados para pelear la elección de 2011. La pobreza argentina se ha demostrado hasta hoy bastante resistente a la presunta redistribución kirchnerista del ingreso. Y todavía queda por encontrar –en la retórica K– una manera convincente de explicarles a los argentinos por qué el fútbol gratis pronto habrá que pagarlo.

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