Un país sin ley

Por Federico Pinedo

Los Kirchner decidieron convertir nuestro país, la Argentina, en un país sin ley. El motivo para ejecutar esa decisión tremenda para todos nuestros compatriotas es uno solo: poder apropiarse indebidamente y poder gastarse en este año la suma de 25.000 millones de pesos. Ni más ni menos. Se trata de que ellos puedan gastarse a su antojo 25.000 veces un millón de pesos. Alrededor de 3 millones de pesos por hora por encima de lo que ellos le pidieron al Congreso que aprobara como límite de gasto en la ley de presupuesto para 2010.

No es verdad que hayan querido esa plata para saldar deuda, cuyo pago ya estaba previsto en el presupuesto. La verdad es la que dijo el viceministro de Economía, Feletti: quieren liberar recursos del presupuesto para gastar 3 millones de pesos por hora más de lo autorizado por los representantes del pueblo y de las provincias en el Congreso. Quieren hacer con los recursos de la Argentina lo que hicieron con los fondos de Santa Cruz: usarlos como propios.

Cuando un presidente pasa por encima de la institución creada por el Congreso para cuidar el valor de la moneda, de los billetes, de los salarios, de las jubilaciones y de la propiedad de la gente, ése es un país sin ley. Un país sin ley es el país de la decisión arbitraria de los poderosos, donde en última instancia lo único que vale es la violencia de la fuerza o del dinero. Un país sin ley es donde no se puede invertir, generar trabajo, educar a los hijos. Con Banco Central, la Argentina tenía cierta garantía de que no se iban a hacer disparates enormes. Ahora estamos con Moreno y sin Banco Central. Todo es posible.

Es la primera vez que Kirchner pasa la frontera de la lucha política y se zambulle en la generación de inseguridad extrema, si no pánico, en los mercados financieros. Las peleas políticas se procesan lentamente, al ritmo de las instituciones y del trabajoso acuerdo de voluntades. Los desbandes financieros se pueden llevar todo puesto en un rato, cuando millones de personas aprietan sus botones en las computadoras. Esto es de una incalculable irresponsabilidad. Tanto que da miedo hasta decirlo. Pero no cumplir con el deber sabemos que nos lleva a males mayores, como cuando se aceptaba en silencio que se destituyera a la Corte o se ampliara su número de miembros o se derrocara a un presidente constitucional. La democracia exige el precio de que se la respete.

El autor es presidente del bloque de diputados de Pro

Comentá la nota