Un país lleno de incrédulos

Por Martín Rodríguez Yebra

Néstor Kirchner perdió el domingo algo más que un millón de votos de la provincia de Buenos Aires. En la sangría de la peor noche de su vida política empezó a esfumarse el arma que usó para gobernar durante seis años: el poder de asustar.

La caja se seca y los votos están en otras manos. Sólo una rápida y drástica reacción ante el resultado adverso del domingo hubiera podido tal vez contener la catarata de reproches de sus propios aliados y las exigencias de sus rivales políticos y del mundo empresario.

Pero el matrimonio presidencial decidió enfrentar el fracaso con la misma receta que lo llevó hasta él.

Kirchner resolvió en la máxima soledad su salida del PJ y la continuidad de Daniel Scioli como gobernador y como máxima autoridad de partido. Les negó a sus rivales el reconocimiento del éxito ("perdimos por unos votitos", dijo) y rechazó el diálogo como método, amparado en la "defensa de las convicciones".

La Presidenta completó el cuadro con una clase de matemática creativa -digna de Guillermo Moreno- en la que contó que el Gobierno en realidad había ganado. No hubo indicios de cómo piensan gobernar un país que se les dio vuelta, que tiene la economía estancada y que, para colmo, sufre una epidemia inquietante.

Hasta en la Casa Rosada se oían susurros de preocupación ante esa displicencia ante la crisis.

Como otras veces, Kirchner jugará a salir de escena y la Presidenta, a mostrarse activa y en control.

La ficción del kirchnerismo sin Néstor funcionó en la campaña de 2007, cuando dirigentes de variado origen se abrazaron a la idea de "la continuidad del cambio" que implicaba el enroque en la pareja presidencial. La economía en alza y un proyecto político sólido hacían fácil creerse, por ejemplo, que los precios no subían. O aceptar la intervención por la fuerza en la cadena de producción.

En aquel entonces, Kirchner reclamó su lugar enseguida, apenas estalló la crisis por el caso Antonini.

La derrota en el conflicto con el campo llevó a Kirchner a otro exilio en Olivos. Igual que ahora, aquella vez, la Presidenta dio una conferencia de prensa para explicar que nada había ocurrido y que no se requerían cambios de rumbo. Empezó a encabezar actos compulsivamente y sumó millas aéreas como nunca.

El miedo ya era menos efectivo. El peronismo empezó a desgajarse. Pero con una caja todavía pródiga y mucho poder en el Congreso la maquinaria kirchnerista retomó la marcha. Pasaron sólo unos días hasta que Kirchner volvió a escena y empezó a diseñar el plan que lo convertiría en candidato bonaerense. Todavía muchos gobernadores, sindicalistas, empresarios e intendentes podían decir que creían, por ejemplo, que la crisis económica era "culpa del mundo".

Eso era antes. La brutal derrota del domingo expuso a los Kirchner a un país lleno de incrédulos.

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