En el país, no va a la escuela el 25% de los chicos que trabajan

Mendoza es una de las zonas más afectadas por esta realidad, superando al Norte y al Gran Buenos Aires.
La adolescencia, y por lo tanto los adolescentes, tienen distintas expectativas respecto a su trayectoria educativa pues están atravesadas por las condiciones de vida y por el lugar que ocupa ésta en la escala de prioridades de determinadas familias y comunidades.

Así como en los sectores medios y altos es esperable que los adolescentes terminen el secundario para continuar en la universidad, en los estratos más bajos se espera que el joven trabaje, por sobre la expectativa de terminar los estudios medios. Respecto a ello, es necesario destacar que tanto la Ley de Contrato de trabajo como la Ley de Protección Integral de Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes reconocen el derecho a trabajar de los adolescentes, bajo determinadas condiciones, a partir de los 14 años.

Ahora bien, aún reconocido este derecho, no es lo mismo terminar o no la educación media. En el informe sobre la Encuesta de Actividades Económicas de Niños, Niñas y Adolescentes de la Argentina (EANNA 2006) surgen algunos elementos que es importante considerar para el asunto en cuestión. Lo primero que se advierte es que el 25% de los adolescentes trabajadores de entre 14 y 17 años no asiste a la escuela, lo cual constituye ya un problema grave. Más aún, si comparamos la población urbana con la rural, la disparidad profundiza la brecha, pues el 21,4% de los adolescentes de la primera no asiste a la escuela, frente al 62% de la segunda. Es decir que el problema se triplica para los adolescentes rurales.

De acuerdo a la EANNA de 2006, Mendoza se encuentra en la situación más desfavorable respecto a los adolescentes trabajadores que no concurren a la escuela (40,8 %) frente al Noroeste Argentino (36%), Nordeste Argentino (39,9%) y Gran Buenos Aires (14,9%). Las causas que explican estos datos son las dificultades económicas para continuar los estudios (50%); la segunda razón en importancia es la referida a problemas familiares o de salud (14,7%). Cabe destacar que no solo estamos frente a trabajo remunerado, sino que también incluye el trabajo doméstico, invisibilizado culturalmente.

Otra variable, y un indicador educativo importante que antecede al abandono es el ausentismo y frecuentes inasistencias. Es llamativo cómo la primera causa de inasistencia está vinculada a “no tener ganas de ir a la escuela” (26,1%). Esto implica preguntarse qué es lo que sucede, además de la falta de motivación familiar, en las escuelas: ¿se instrumentan estrategias para trabajar en la retención de los jóvenes y al mismo tiempo velar por la calidad educativa?

Siguiendo con los factores de inasistencia, el quedarse dormido, cuidar a miembros del hogar y acompañar a un integrante de la familia en su trabajo completan el diagnóstico. Sabido es que si bien podemos hacer referencia a las crisis por la que atraviesa el sistema educativo, sobre su calidad, sobre sus políticas, cierto es que a medida que se avanza en el nivel de educación, mayores son las posibilidades de encontrar trabajo de mejores condiciones y con mejores ingresos. Es decir, la educación no garantiza inserción laboral por sí misma, pero sí amplia el espectro y las oportunidades para el trabajo.

En este sentido, el Informe sobre Panorama Laboral América Latina y El Caribe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), para el 2000, da cuenta que a medida que los trabajadores avanzan en el nivel de estudio, incrementan sus ingresos. Por ejemplo, los que tienen el secundario completo reciben un promedio de ingresos de un 46,3% más que los que tienen sólo la educación primaria. Siguiendo el ritmo, en el caso de los trabajadores con educación superior (13 y más años de escolaridad) supera en 4,6 veces a los que tienen educación primaria. Estos datos son contundentes a la hora de medir el impacto de la educación en la calidad de vida de las personas en el mediano y largo plazo.

La Ley de Educación Nacional impone un desafío para las políticas públicas elevando la obligatoriedad hasta el nivel secundario. Ello contribuiría a alcanzar condiciones mínimas para el ingreso al mundo laboral, a su debido momento, y a un empleo decente y con mejores ingresos. Y no son pocos los organismos que aseveran que ésta es la ecuación que permitirá superar la pobreza y la exclusión social. Permitámonos comenzar juntos este debate.

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