Un país entre urgencias y fragilidades

Por: Eduardo van der Kooy

La crisis avanza en la Argentina en medio de una enorme volatilidad política. El conflicto con el campo perdura. El clima público sigue enrarecido. El Gobierno no pierde ocasión para confrontar. La oposición no se une, aunque el PJ disidente plantea un desafío a los Kirchner.

Todo parece trastocarse en la Argentina durante el fugaz tránsito entre una noche y una mañana. La política oscila entre la ausencia, la fragilidad y la sorpresa. Cristina y Néstor Kirchner gobiernan por espasmo y denotan una llamativa atrofia para resolver problemas que se tornan crónicos. A los dirigentes del campo parece habérseles agotado la imaginación para conducir un conflicto que desde hace un año repite sólo escenas de paros y protestas. La oposición anda a los saltos: una semana después de haber insinuado como nunca destellos de cohesión, vuelve a exhibirse fragmentada para encarar las elecciones de junio.

El vértigo no es en estos tiempos patrimonio de nuestro país. Hay un mundo en crisis que va mutando cada día y nadie sabe bien hacia dónde. ¿Era pensable hace apenas seis meses que Estados Unidos debiera salir a defender el dólar como divisa de reserva global? ¿Era pensable el desafío abierto de China que propugna otra moneda con el aval del FMI?

Quizás el problema no radique en aquel vértigo.

El problema verdadero en la Argentina es que la velocidad de los cambios se produce en el aire, sin anclaje serio en la política, en las instituciones y en el sistema de partidos. El mismo fenómeno sucede en otras naciones, pero en ninguna se instala la sensación de vacío y precariedad que impera aquí. No vale mencionar a los más poderosos: Lula sobrelleva el vendaval en Brasil enfundado en su popularidad; Michelle Bachelet transcurre su último año en el Palacio de la Moneda con el castigo de la crisis, pero con una imagen recompuesta frente a los chilenos; Tabaré Vázquez no tendrá reelección en noviembre aunque la puja en Uruguay por su sucesión continúa con razonabilidad en el Frente Amplio, los colorados y los blancos. Ni siquiera el clima de intemperancia es comparable con el que sucede en otras latitudes. Francia, entre varios países, fue en las últimas semanas teatro de capítulos violentos protagonizados entre obreros y patrones a raíz de las secuelas sociales de la crisis. En la Argentina, el arrebato suele proceder del poder y desde su clase dirigente provocando una enorme mancha en toda la sociedad y su cultura.

Abruma la práctica cotidiana de los piquetes y el escrache que fue consentida durante años por los Kirchner. Inquieta la hostilidad de las palabras entre el Gobierno y la oposición en una instancia donde debiera prevalecer alguna compostura. Alarma la obsesiva confrontación oficial con la prensa. Ocurrió en los últimas días una interferencia a señales de radio y televisión (Canal 13, TN y Radio Mitre). No hay pruebas de que esa interferencia pueda tener que ver con aquella confrontación. El Gobierno se comprometió, aunque con demora, a una investigación. Sería prudente desterrar cualquier sospecha y reponer calma en un ambiente político-social tenso y sensibilizado. Ni siquiera el Gobierno supo contenerse ante la declaración de la Conferencia Episcopal. Aníbal Fernández, el ministro de Justicia y Seguridad, pudo haber evitado la ironía para replicar la advertencia de los obispos sobre el inconveniente clima de confrontación que se percibe en el país. El Gobierno no se ocupó de averiguar, antes de responder, la trama de esa declaración.

Existieron dos secuencias nítidas. El vocero de la Conferencia afirmó el martes 24 que "la paz social está alterada" en el país. Ligó sus palabras al conflicto con el campo y a los problemas de la inseguridad. El plenario terminó difundiendo un texto igualmente certero aunque menos inflamado luego de un debate y cierto disgusto de algunos obispos.

Los reparos corrieron por cuenta, sobre todo, de monseñor Jorge Casaretto y de Agustín Radrizzani, titular de la Comisión de Comunicación Social de la Conferencia. ¿Reparos por qué? Porque habrían considerado inoportuno el momento de la intervención del vocero. Los Kirchner, sin embargo, no perdieron tiempo en recoger ese guante.Cristina tiene hipotecada su relación con la Iglesia. Esa relación no podrá superar en los años de mandato que le quedan la distancia y la frialdad. Su asistencia a la misa en la Basílica de Luján que ofreció el cardenal Jorge Bergoglio por el aniversario de la mediación por el Beagle y la designación de Juan Pablo Cafiero como embajador en el Vaticano fueron paliativos. Pero la inconsistencia del vínculo no varió.

No es aquella la única hipoteca que acecha a la Presidenta. El pleito con el campo tampoco concluirá antes de que se vote el 28 de junio. La coparticipación de la soja no fue de parte del Gobierno sólo una improvisación. También quizás un error de cálculo: los gobernadores adhirieron a la decisión pero no han logrado incidir en el rumbo del conflicto. El paro que concluyó el viernes fue comercialmente impactante aunque sin el marco popular del año pasado. Consiguieron los Kirchner, en cambio, que algunos gobernadores peronistas lograran aplazar posturas críticas explícitas de diputados y senadores que militan aún en el bando oficial.Tal vez la maniobra impida que la oposición logre número en el Congreso para tratar el proyecto de una baja de las retenciones. Hubo esfuerzos que naufragaron la semana anterior y la pasada. Pero se plantea una nueva pulseada para el miércoles aunque la Mesa de Enlace preferiría más tiempo para evitar un paso en falso. Los opositores necesitan reunir a 129 legisladores y están todavía lejos de ese número. Pero la inestabilidad política en el propio peronismo obliga a levantar las defensas del Gobierno: Agustín Rossi, el jefe del bloque del PJ en Diputados, iba a acompañar a Cristina a Londres a la Cumbre del G-20. Desarmó sus planes y permanecerá en vigilia.

También los opositores suelen tropezar con piedras que ellos desperdigan en el camino. La semana anterior lograron reunir a 108 legisladores. Había otros del ARI disidente y del propio peronismo que permanecían en ciernes. Pero Alfredo De Angeli hizo lo que no debió hacer: prepeó en su despacho a la diputada entrerriana, Cristina Cremer, autora en el oficialismo de un proyecto sobre baja de retenciones. Ese gesto de pésimo gusto abroqueló a un montón de diputados. También despertó la indignación del ex gobernador Jorge Busti, cercano a De Angeli. Busti está enfrentado en la provincia a Sergio Uribarri, el mandatario que responde férreamente a los Kirchner.Uribarri tiene una comunión política con el matrimonio. Entre Ríos ha recibido favores económicos que se verán ahora reforzados con la coparticipación de la soja. Los Kirchner tuvieron un vínculo político nivelado con Fabiana Ríos. Pero la gobernadora de Tierra del Fuego vive asfixiada por una tenaza desde que llegó al poder: en un lado el descalabro provincial, donde el PJ y el sistema estatal y policial influyen; en otro, la endeblez de su partido, el ARI, alejado hace mucho de los dictados de Elisa Carrió.

Esa realidad explicaría, en parte, la decisión de dos senadores fueguinos de votar junto al kirchnerismo en el Senado el adelantamiento electoral para junio. Una sorpresa: esos mismos legisladores habían votado el año pasado en contra de la resolución 125. Una realidad: el kirchnerismo tenía los votos indispensables, como quedó demostrado en la sesión, para aprobar el proyecto de los Kirchner. Pero el aporte de los fueguinos le otorgó otra contundencia (42 a 26) y otra legitimidad.Carrió no sufrió solamente con el desgajamiento en la provincia de mayor afinidad. Recibió también un golpe en Capital con el desaire de Gabriela Michetti para compartir un espacio político común. No debe haber sido para ella tampoco una buena noticia el acuerdo de Francisco De Narvaez y Felipé Solá en Buenos Aires para encabezar, en ese orden, el peronismo disidente. En Capital y Buenos Aires se afincan las ilusiones del proyecto presidencial de la líder de la Coalición.

Solá no resignó su ambición presidencial aunque haya aceptado el papel de ladero de De Narváez. El diputado tiene una frase que justifica toda la estrategia: "Hay que ganarle a Kirchner", repite. Ese hipotético triunfo, a juicio suyo, abriría el horizonte político. Los postulantes llegaron antes del pacto a una conclusión: aquel triunfo sólo sería posible con la participación de ambos. De Narvaez apunta un electorado más heterogéneo y neoperonista. Solá trataría de seducir al peronismo duro. Si así fuese, habría problemas para Margarita Stolbizer y Carrió. También los podría tener el matrimonio. Su suerte depende de Buenos Aires. El adelantamiento electoral signifique, tal vez, el anticipo del largo crepúsculo de los Kirchner.

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