Un país de desconfianzas y discordias

Por: Eduardo van der Kooy

La reforma electoral y la asignación a la niñez han desatado la polémica. El estilo imperativo de Cristina y Néstor Kirchner condiciona cualquier reacción opositora. La palabra oficial parece siempre bajo sospecha. La oposición arma un plan para diciembre. Crece el espionaje.

Cristina y Néstor Kirchner siguen gastando lo que no tienen. El Gobierno del matrimonio enhebra todas las semanas una ristra de anuncios vanidosos. Los últimos fueron el proyecto de reforma política que deberá debatir el Congreso y el decreto que impone la asignación universal por hijo para padres desocupados o subocupados.

Ninguna de esas decisiones, como sí lo fueron otras, podrían considerarse descomedidas. Figuran, incluso, en la agenda opositora y boyaban también en el ambiente con forma de demanda social. Pero las palabras y los gestos de los Kirchner, desde hace rato, sirven sólo para devaluar hasta las intenciones nobles. Pareciera existir hacia ellos una desconfianza profundizada desde la derrota electoral, que le imposibilitaría remontar cualquier cuesta.

Aquella desconfianza no sería el producto de ningún suceso mágico e inexplicable. Los Kirchner recorrieron un largo camino, por ejemplo, para ganarse la mirada escéptica e indiferente del mundo. Hace algunas semanas un grupo de empresarios estadounidenses pasó por aquí y dejó un augurio poco alentador: "En los próximos dos años podrían llegar inversiones en el área de turismo. Otra cosa no. No es éste un país que ofrezca garantías", explicaron.

El tránsito doméstico de los Kirchner resultó, en cambio, mucho más breve. La confianza se evaporó desde que Cristina llegó al poder, soplada por dos razones briosas: las expectativas que defraudó la Presidenta y el protagonismo destructor que le cupo como ex presidente a Kirchner.

El matrimonio presidencial quedó desencantado con la ácida reacción opositora frente a la presentación de la reforma política. O de la reforma electoral, para ser precisos. ¿No fue ése, acaso, un viejo caballito de batalla de la dirigencia? ¿No fueron los líderes de la oposición, excepto Elisa Carrió y Fernando Solanas, los que aceptaron conversar el tema después de las elecciones de junio?, preguntaron.

En esos interrogantes no habría ninguna ingenuidad. La oposición aceptó hablar de aquella reforma cuando el Gobierno simuló comprender el mensaje de la derrota. Cuando dejó de simular volvieron los palos a diestra y siniestra. El kirchnerismo no concedió en el Congreso ni una de las cuestiones que reclamaba la oposición. Impuso como quiso las facultades delegadas. Sancionó con un trámite plagado de turbulencias y rarezas la ley de medios. Hizo votar en Diputados, a libro cerrado, el Presupuesto para el 2010.

La oposición cambió porque el principal cambio de actitud provino de los Kirchner. Ningún clima de diálogo se construye de un día para el otro. La confianza no se recupera con engaños. El matrimonio nunca creyó en aquel mecanismo y basta para corroborarlo con repasar su historia. Las determinaciones de Kirchner y Cristina, buenas y malas, acertadas o erróneas, siempre prescindieron de la opinión opositora e, incluso, de la de su propio Gobierno. ¿Cuántas veces los ministros se enteraron de las novedades por los medios de comunicación o, en el mejor de los casos, minutos antes de ser anunciadas?

Los Kirchner, además, acostumbran a confundir, deliberadamente o no, ciertas cosas. Cristina se suele empalagar aludiendo a las supuestas mejoras institucionales o democráticas por las medidas que anuncia, entre ellas la reforma política. Pero no habrá mejora súbita por el peso de ninguna ley, más allá de que pudieran descubrirse aspectos positivos en las internas abiertas y simultáneas. Los antecedentes en la Argentina lo demuestran: ¿Cuál fue la mejora auténtica que deparó la reforma constitucional de 1994? Ninguno de los resguardos institucionales y políticos allí plasmados -la creación de la figura del jefe de Gabinete, entre varios- alcanzaron para evitar la crisis estructural del 2001.

Lo que deberían cambiar previamente -o al menos en simultáneo- serían las nociones medulares sobre la democracia y también muchas conductas y valores públicos de la clase dirigente. El concepto de acuerdo, diálogo y convivencia ha sido vaciado de los manuales oficialistas y opositores. Los Kirchner se han encargado estos años de dejar esas páginas en blanco.

¿Hacía falta imponer también por decreto la asignación universal a la niñez? ¿No hubiera resultado más sensato someterlo a una discusión generosa con la oposición? ¿No podría haberse encontrado en ese punto, como exige la Iglesia y pide la oposición, una base mínima de convergencia? No existe convergencia que pueda seducir a los Kirchner más que el oportunismo político.

El ex presidente asomó en medio de la crisis del 2003 con la promesa de modificar el avejentado sistema de partidos. Bordeó la transversalidad y la concertación. Pues bien, en el último tramo de su carrera termina impulsando una reforma política que pareciera favorecer, en principio, sólo a peronistas y radicales. Los dos grandes serían los únicos capaces de amoldarse a las exigencias que plantearía la ley sobre afiliaciones y base de voto electoral para ser reconocidos como partidos. El centroizquierda se vería en figurillas. El PRO, la Coalición y hasta los socialistas quedarían sobre un peligroso límite.

Está claro que, así las cosas, Kirchner forzaría a todos los peronistas desencantados a luchar desde adentro de un PJ que mantiene ordenado con el puño de hierro y la caja. Estaría claro, además, que en esas condiciones construir una alternativa al ex presidente no resultaría tarea sencilla.

El mayor riesgo para Kirchner sería el de siempre, el mismo que padeció en junio último: el voto popular. Las internas serían obligatorias para todos los ciudadanos, afiliados o no a un partido. El encono que han generado los Kirchner podría disparar otro fenómeno, como sucedió con la victoria de Francisco De Narváez en Buenos Aires. Una fuerte corriente de votos, tal vez, a favor de su opositor interno, si lo hubiera. O un inesperado empinamiento de algún candidato opositor.

Eduardo Duhalde navega ahora entre sus sueños de un gran acuerdo político que ofrezca seguridades a la Argentina para después del 2011 y el deseo íntimo, que tomó estado público, de volver al ruedo presidencial.

Duhalde explicaría que hace lo que hace para despabilar a un peronismo sometido a Kirchner. Trataría de atizar la voluntad de algunos dirigentes para que se atrevan a colarse en la pelea. "Si aparece uno, yo me correría", promete.

Ha empezado a conversar con viejos conocidos. No fue una casualidad el respaldo que Roberto Lavagna brindó a su candidatura. Consumió casi una batería de su celular en un diálogo con Alberto Fernández mientras viajaba a Mar del Plata.

Le pidió al ex jefe de gabinete de Kirchner que tenga trato más frecuente con Lavagna. "No hay problemas", contestó Alberto Fernández. Pero no existiría entre ellos una visión parecida del presente y del futuro. Alberto Fernández supondría dos cosas: que Kirchner, por su impopularidad, no podrá ser candidato en el 2011 y que todo lo que ahora deja circular, en ese sentido, apuntaría a preservar los dos años que le restan a Cristina; tampoco estima factible el retorno de Duhalde. "Si las alternativas fueran esas, Cobos será el próximo presidente", pronostica.

La ecuación no parece tan lineal. El vicepresidente tiene hechas las paces con los jerarcas radicales. Su regreso al partido es un hecho. Pero la UCR está en una alianza política cuya estabilidad vacila con demasiada frecuencia. Los problemas no nacen sólo por la vehemencia habitual de Carrió: los socialistas se han vuelto allí adentro un incordio. Se apartaron de los radicales y de la Coalición cuando se votó la ley de medios. Volvieron a surgir dudas por la reforma política del Gobierno.

Hermes Binner la avaló como avaló además la asignación universal por hijo. Rubén Giustiniani, que preside el PS, fijó en cambio una postura crítica. El senador está cerca de Carrió en el armado de la estrategia que la oposición urde para cuando cambien las mayorías parlamentarias en diciembre. Carrió suele mirar de reojo al gobernador de Santa Fe. Para ahuyentar, quizás, cualquier suspicacia, Binner proclamó que jamás compartiría un proyecto político con los Kirchner.

Carrió se ha vuelto a colocar como abanderada en la confrontación política con el matrimonio presidencial. Pero escamotea cualquier vaticinio apocalíptico y parece dispuesta a tender puentes y no a pulverizarlos. Su solidaridad con Graciela Ocaña así parecería indicarlo.

La ex ministra de Salud no la está pasando bien. Denunció ante la Justicia que es amenazada. Sufrió un incidente callejero. Tiene filtrados sus teléfonos y sus mails. Aunque no es, en ese aspecto, una víctima solitaria en la Argentina.

Las escuchas telefónicas ya causan alarma entre políticos, jueces, empresarios y periodistas. Esas conversaciones, aseguran, llegan siempre hasta las oficinas de Kirchner en Olivos. Se sabe que el ex presidente conoce, entre tantas cosas, cada palabra que pronuncian Agustín Rossi, el jefe de diputados oficialistas, Miguel Pichetto, el jefe de senadores y José Pampuro, vicepresidente del Senado.

Nada lo detiene. Aníbal Fernández, el jefe de Gabinete, obedeció la orden de retirar policías en la Capital por la deuda impaga del gobierno de Mauricio Macri. Importa más la riña política que la seguridad ciudadana.

¿Valdría una reforma política y una ayuda a la niñez en medio de un incipiente estado policial? ¿Podría una sociedad despegar en una Nación acechada por decisiones degradadas?

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