Un país condenado a la soledad internacional

Por Joaquín Morales Solá

Quizá nunca Néstor Kirchner fue tan contradictorio como en estos días. La creación teatral de un Kirchner bueno en la tribuna contrasta severamente, en efecto, con la radicalización del gobierno que conduce de hecho. El chavismo light en el que está cayendo la Argentina coincide en el tiempo, además, con los peores momentos económicos y políticos del kirchnerismo gobernante. Podría tratarse de la estrategia del temor frente a las primeras adversidades que le tocaron al ex presidente, pero nada es pasajero: lo que ha hecho ya es suficiente para agravar la situación internacional del país y para crispar aún más el clima local de la política y la economía.

La campaña oficial es teatro en estado puro. A tal punto lo es que la respetada Cámara Nacional Electoral debió preguntarles a Daniel Scioli y a Sergio Massa si son candidatos en serio o en broma. El propio Kirchner ha convertido una elección legislativa de mitad de mandato (en la que sólo importan los senadores y diputados que cada uno sumará o restará) en un plebiscito sobre su persona en la provincia de Buenos Aires.

Más simulaciones. Kirchner aceptó de hecho su fragilidad electoral cuando decidió descender del Olimpo donde estaba a una simple candidatura bonaerense. Eso no se dice. Y aceptó también que el Kirchner verídico, confrontativo y arbitrario es un Kirchner malo para el electorado cuando se transformó en un falso abate pregonero del amor y la paz. Tampoco de eso se habla.

Quien haya visitado en los últimos tiempos cualquier ciudad importante del mundo, sea Washington o una capital de Europa, ha escuchado dos noticias desalentadoras sobre la Argentina. Una: América latina será una de las zonas del mundo que más pronto se recuperarán de la actual crisis económica internacional, salvo el caso de la Argentina. La otra: resulta ya inexplicable para los protagonistas de la política mundial la "total irrelevancia" de la Argentina en el escenario internacional.

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Ambas aseveraciones merecen su explicación. En primer lugar, América latina tendrá una recuperación relativamente rápida porque el precio de los alimentos comienza a revalorizarse. También se revalorizó el precio del petróleo, lo que indicaría que la crisis global habría tocado fondo para dar comienzo a un período de rehabilitación.

Sucede, sin embargo, que la Argentina deberá recuperarse conmovedoramente sola. No tiene acceso a los mercados financieros internacionales, sigue en default con el Club de París y su gobierno no ha cesado el combate contra el Fondo Monetario Internacional. Ni siquiera permite que el Fondo aplique aquí las condiciones suaves de su artículo IV, una evaluación superficial de la economía, que consienten hasta los países que no necesitan sus créditos. No es una referencia irrelevante. Se trata de estar o de no estar en el concierto del mundo y de los organismos de la comunidad internacional.

El caso argentino se torna dramático cuando observan, desde afuera, el ajustado calendario de pagos de la deuda pública y la caída vertical de la recaudación fiscal. Un Kirchner a veces imprevisible, siempre temperamental, más radicalizado ahora que cuando era presidente, coloca a la Argentina, para la mirada internacional, en las puertas de otro festivo default.

Si, además, el amigo invalorable e inmutable es Hugo Chávez, entonces se explica fácilmente aquella irrelevancia internacional de la Argentina. Y si, para peor, los Kirchner han aceptado, como si no hubiera ocurrido nada, la expropiación de empresas argentinas con inversiones en Venezuela, la vinculación política e ideológica que se hace entre los gobiernos de Caracas y Buenos Aires se torna insoslayable.

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¿Cómo explicar en el mundo que Chávez se paseó por El Calafate, acompañado por la familia presidencial argentina, apenas cuatro días antes de pegarles el manotazo a empresas locales? ¿Les adelantó algo a los Kirchner? En tal caso, habría una dosis no menor de complicidad de los gobernantes argentinos. ¿No les dijo nada, como asegura el oficialismo? Entonces, los Kirchner se dejaron embaucar por un mal amigo. No es cierto que los países no reaccionan cuando en el exterior se perjudica a sus empresas, como deslizan voceros del Gobierno. Basta para desmentir esa afirmación con recordar los ejemplos de los Estados Unidos, Francia, España o Brasil cuando se tocó aquí a sus empresas.

Techint es, por lo demás, una multinacional demasiado conocida en el mundo como para que su caso pase inadvertido. No será ignorado Chávez ni lo será Kirchner. ¿Quién apostará una inversión en la Argentina, salvo los argentinos sin remedio, si a su gobierno le da lo mismo que una empresa tenga o no tenga seguridad jurídica? Por eso, también, la Argentina tiene un futuro de soledad.

Pero ¿no se ha convertido el propio kirchnerismo, en los últimos tiempos, en un chavismo edulcorado? Aquí todas las empresas no son estatizadas, aunque algunas sí, pero muchas de ellas debieron resignarse a la llegada de directores enviados por el Gobierno. Aquí los medios periodísticos no son censurados directamente, pero a muchos de ellos se los amenaza con una draconiana ley de radiodifusión. Aquí los periodistas no son encarcelados, pero deben sufrir la censura, la descalificación pública o la persecución judicial. Aquí los líderes opositores no son enviados al exilio, como en Venezuela, pero algunos de ellos son amenazados permanentemente por una justicia complaciente con el poder y funcional a los que mandan. Todo requiere un principio.

Con la carga de todas esas cosas se está de una manera o de otra en el mundo. Los Kirchner no le han perdonado a México ni la desgracia de una gripe, pero a Chávez le han disculpado hasta una afrenta. Es el condimento ideológico que también tiene la política exterior argentina, controlada a los bandazos por el propio Néstor Kirchner. Nada al mexicano Felipe Calderón, todo a Hugo Chávez. Y Chávez explica parte del aislamiento y gran parte de la soledad argentina.

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