En el país del agravio

Por: Carlos M. Reymundo Roberts.

Algunos quizás estén pensando en que ha llegado la hora de apagar los micrófonos.

¿Se puede, en estos tiempos del país, decir algo, aun estando muy enojado, sin mortificar el buen gusto? ¿Se puede disentir sin agraviar, criticar a alguien sin destruirlo? ¿Se puede ser explícito sin necesidad de ser escatológico?

Carlos Reutemann, Diego Maradona, Aníbal Fernández, Francisco de Narváez y muchas otras celebridades piensan que no. Que eso de cuidar la lengua es una moralina absurda. Que ha llegado el tiempo de decir lo que a uno le dé la gana. Que la palabra es libre. Que si alguno se escandaliza debe hacer zapping de celebridad y buscar otra que hable como antes, si es que la encuentra.

De Reutemann lo más fuerte que conocíamos era, en sus tiempos de piloto de Fórmula 1, aquello de que la cosa (cualquier cosa) estaba "muy difícil", y después, cuando rechazó la candidatura presidencial, su enigmática sentencia: "Vi algo que no me gustó". Eso era lo más grave que había dicho en su vida hasta que, este año, el atildado senador decidió sumarse a las huestes de los más procaces en su respuesta a la borocotización de una senadora aliada.

Maradona no se ha caracterizado por tener un cinturón de castidad en la boca, pero probablemente nunca había ido tan lejos como cuando, la semana pasada, terminó de desquiciar su verbo para vengarse de los periodistas criticones.

El jefe de Gabinete, principal vocero de un gobierno que ama la riña, no es hombre de insulto fácil, pero la forma en que denigra a los enemigos de sus jefes es todavía más hiriente que el peor de los exabruptos.

De Narváez es, como Reutemann, muy nuevo en estas lides, y hay que decir que entre su atropello de anteanoche y su pedido de disculpas de ayer (¡por fin alguien que se disculpa!) sólo pasaron unas horas. Pero también hay que preguntarse qué cosas están pasando para que alguien como él, que ha hecho de su imagen un culto, que ha invertido una millonada para instalarse como un dirigente distinto, de pronto pierda la lengua y la razón y decida bajar al submundo de los patoteros.

La primera explicación a mano -muy repetida en las últimas horas- es que este gobierno ha puesto a todo el mundo en posición de combate, lo cual llevaría a una exasperación de los ánimos, a una turbación de los espíritus, a una guerra en la que todo está permitido. En parte es cierto: como nunca antes desde la reinstalación de la democracia, hay un poder en el que las amenazas, la persecución, el espionaje, las más sórdidas operaciones y la compra de voluntades parecen haber adquirido rango de política de Estado.

Sin embargo, esta explicación no alcanza. Cualquiera que se dé un paseo por blogs, foros de lectores y todos los espacios que gracias a Dios se han creado para la gente en Internet (tan caótica en este punto, pero también tan democrática) deberá hacerlo con coraza y pies firmes. Todo el género de iniquidades se ventila allí, todo se vomita, y opiniones e intercambios notablemente lúcidos y enriquecedores (que por suerte suelen ser mayoría) parecen querer ser desplazados a los codazos por mensajes de personas que sacan a relucir lo peor de sus instintos.

No se trata sólo de los que se esconden detrás del anonimato o de los que cobran de alguna oficina pública para hacer eso. También por e-mail les llegan, a los periodistas, con nombre y apellido, las más terribles descalificaciones. No alcanza con manifestar un disenso: hay que agraviar, hay que insultar, hay que atribuirle a ese escriba las más pérfidas intenciones.

El país de los políticos o de los famosos no es distinto del país de los hombres de la calle. Hay una violencia que está dando vueltas por allí y que ya, quizá, no escandaliza demasiado a nadie.

Contra lo que se pueda pensar, Maradona tuvo una legión de gente que lo apoyó en su escarnio de Montevideo, y debe de haber millones que simpatizaron con el Reutemann grotesco, con el Aníbal Fernández orillero y con el De Narváez de sexo discursivo explícito.

Sociedades en lo que eso es moneda común y corriente pueden llegar a la conclusión de que, lamentablemente, no alcanza con apagar los micrófonos.

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