El pacto irrepetible de 1983

Por Daniel Larriqueta

En los diálogos públicos celebrantes de los veinticinco años de democracia, me han preguntado los más jóvenes si el fracaso parlamentario de la llamada ley Mucci, que debía reformar la vida sindical y a la que le faltó un voto en el Senado, no fue un traspié crucial para la fundación democrática de 1983. Fue una derrota de la democracia, fue una derrota del gobierno y nos condenó a todos a seguir teniendo un sindicalismo de las conductas y las calidades que seguimos padeciendo.

¿Hubiera sido posible otra cosa entonces? ¿Formaba parte el sindicalismo del pacto democrático que se había expresado en Raúl Alfonsín y que nos había devuelto las libertades y las esperanzas?

Es vital recordar y subrayar ahora que la fundación democrática de hace 25 años se apoyó en un amplio y sólido pacto social con una columna vertebral en la clase media urbana y rural, y una dinámica convergencia de argentinos de todas las condiciones que deseaban terminar con la muerte, con el miedo, con la censura, con la desesperanza, con la prepotencia, con la miseria y con el fracaso.

"Somos la vida, somos la paz", cantaban los jóvenes en los centenares de actos políticos que presidieron Raúl Alfonsín y su compañero de fórmula, Víctor Martínez, en todo el país. Y los equipos del nuevo presidente portaban decenas de iniciativas de cambio en lo político, en lo cultural, en lo económico y en lo social. Se había construido una legión popular alrededor de un conjunto de ideas que daban carnadura al pacto social puesto en obra.

Pero el pacto para el cambio tenía sus enemigos, que no son los adversarios políticos dentro de la democracia, sino quienes se resistían a su instalación. Y esto no es contingente: todo proceso de cambio verdadero levanta resistencias. Si no hay resistencia es porque no hay cambio.

Aunque ahora nos duela recordarlo, es saludable tener presente que los gobiernos dictatoriales o turbulentos que se sucedieron de 1966 a 1983 contaron en distintos momentos con el respaldo de amplios sectores sociales, sin cuyo concurso activo o pasivo no hubieran podido instalarse y permanecer en el poder. Las esquirlas de esas alianzas estaban todavía en el aire, en aquel año 1983, y sus principales figurantes se resistían al viento democrático del cambio.

Lo más visible de esas esquirlas es el pacto militar-sindical que articularon los jefes derrotados del Ejército en busca de impunidad con los jefes sindicales enviciados en el poder autoritario y los beneficios personales. Mis contemporáneos recuerdan aquella combinación que he vuelto a señalar, con nombres y contenidos, en mi reciente libro Cómo empezamos la democracia . Y esos pactistas trabajaron para la derrota de Raúl Alfonsín y por la permanencia de sus intereses. El pacto social de la democracia enfrentaba a un pacto de poder del autoritarismo.

El gobierno democrático tuvo conciencia inmediata de los peligros e impulsó las políticas de cambio que tenía a su alcance, destinadas no a destruir las organizaciones que servían de amparo a los autoritarios -militares y sindicales-, sino a apartar a los responsables al promover la democratización de esos ámbitos. Y supo que las batallas serían varias y de larga duración. Y que para tener éxito debía seguir ampliando la base social de origen, con un proceso de apertura del peronismo que sólo más adelante concretarían figuras, como Antonio Cafiero y Carlos Menem, por mencionar a los más notorios de la historia siguiente.

La democratización de las Fuerzas Armadas llevó varios años y debió pasar por pruebas durísimas, pero ningún traspié logró interrumpirla, con los resultados felices que tenemos ahora, cuando la República tiene Fuerzas Armadas de la Constitución. La democratización del sindicalismo no prosperó. No sólo la ley Mucci fue derrotada, sino que a continuación los dirigentes sindicales formaron un frente de oposición al gobierno, que promovió una abrumadora campaña de paros generales. Ellos no pueden ser leídos en el proceso histórico, sino como iniciativas contra la democracia, porque esas medidas de extrema gravedad económica y política no estaban en ningún caso legitimadas por problemas sindicales proporcionales al daño que causaron. Ahora, con la experiencia de los tiempos sucesivos, podemos comprender que no se trataba sólo de la ley Mucci, sino de un proceso de democratización de la vida sindical que necesitaba mucho más que una ley y que aún no hemos podido concretar.

A pesar de los fracasos parciales, el pacto social democrático de 1983 funcionó, y gracias a su enorme base de ideas y compromisos la democracia fundada entonces ha sobrevivido no sólo en el tiempo, sino que ha aguantado pruebas dolorosas y ha tomado conciencia de los faltantes. Y hasta es posible observar que lo que parecían aspiraciones difíciles en aquel comienzo se han realizado, hasta el punto de que los grandes principios de la libertad, la democracia, los derechos y la tolerancia se han incorporado a nuestro acervo político. Digo más: se han incorporado a la identidad argentina de tal modo que los jóvenes que nacieron y crecieron con la democracia consideran que este estilo de vida es lo normal, lo irreversible.

En 2008, sentimos que nuestra democracia veinteañera necesita un nuevo empuje. Es necesario terminar las tareas inconclusas, como lo ha señalado recientemente la Suprema Corte de Justicia con su fallo significativo sobre la libertad sindical. Y debemos recuperar la primacía del interés general sobre los muchos vicios corporativos que han subsistido o, incluso, se han tonificado.

Que esto es urgente lo indica esa sensación colectiva de que los poderes del Estado son inoperantes, ya porque la voluntad política no está presente o porque, si la hay, los instrumentos políticos para el cambio no están en acción. De este desaliento se nutre la abigarrada literatura política que en estos días apela al fácil recurso de pedir a "la oposición" que haga un frente o una alianza que sea una alternativa al modelo autoritario y encapsulado que encarna el matrimonio presidencial.

Pero muchos sentimos, simultáneamente, que se trata de un reclamo estéril. Que si las cúpulas de los distintos partidos opositores se pusieran de acuerdo para armar listas electorales y hasta conformar un frente capaz de ganar las próximas elecciones parciales o las presidenciales de 2011, esa articulación estaría vacía. Algo de eso sucedió ya en 2007, cuando dos frentes opositores con figuras respetables no sólo no pudieron torcer el resultado electoral, sino que no han sido capaces de sobrevivir a la derrota. Y entonces, todo se vuelve remolino y podemos, con razón, temer que si la situación política, económica y social del país se degrada, no sepamos bajo qué alero cobijarnos.

La experiencia de 1983 debe venir en nuestro auxilio. Ahí tenemos la lección más reciente (porque hay muchas otras en la historia de más atrás del país) de que los cambios profundos, eficaces y duraderos sólo pueden ser emprendidos y sostenidos por pactos de poder inteligentes y abarcadores. No son las listas electorales, que parecen desvelar a algunos dirigentes y no pocos periodistas, las que pueden definir un cambio. Necesitamos, como entonces, pactos en serio, que recojan con franqueza los anhelos de amplias capas de la población y estén dotados de los medios políticos para gobernar en profundidad. De los otros artificios, los arreglos de cúpula, con nombres sonoros y mucha televisión también tenemos experiencia, una experiencia desalentadora y hasta desastrosa.

El pacto de 1983 fue exitoso, pero es irrepetible, simplemente porque muchos de sus mandatos fueron cumplidos y ahora son patrimonio común. Pero el principio político de que un pacto de poder, un pacto social genuino, es la única alternativa verdadera para cambiar es lo que debemos rescatar de ese momento. Es la lección de alta política que repiten en el mundo de hoy algunos de los otros grandes países, como lo hemos visto en Francia hace un año y lo estamos viendo ahora en los Estados Unidos.

El verdadero trabajo político de los dirigentes y los partidos de hoy es aguzar la mirada, comprender las necesidades reales detrás del barullo mediático y dejar las combinaciones electorales para el final. Para cuando hayan encontrado esos pactos en los que el pueblo sí se reconocerá, para refundar la representación democrática que es la base de la República. Y entonces, aparecerán también las resistencias. Pero ahora podremos encuadrarlas en la democracia, gracias a los exitosos trabajos de estos últimos veinticinco años.

El autor es economista y ensayista. Fue funcionario en el área de Cultura en el gobierno de Alfonsín. www.pormasdemocracia.org

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