El Pacto Argentino

Por Rodolfo Terragno

Para refundar la Argentina no necesitamos copiar pactos ajenos. La organización nacional se realizó, como lo dice el preámbulo de la Constitución de 1853, "en cumplimiento de pactos preexistentes".

El Pacto Federal de 1831, el Acuerdo de San Nicolás, el Pacto de San José de Flores, son los cimientos sobre los cuales se levantó el edificio constitucional argentino. En vísperas del Bicentenario de Mayo, y pensando ya en el Bicentenario de la Independencia -dos celebraciones que exaltan el sentimiento patriótico-, creo que debemos buscar inspiración en nuestra propia Historia.

Fue la continua búsqueda de consenso lo que llevó a la unión nacional y a la Constitución. Ahora, necesitamos una voluntad semejante para lograr el desarrollo económico y social. Podemos hablar de un Pacto Argentino.

No de un acuerdo electoral ni de una fusión de partidos, sino de un acuerdo que fije políticas de Estado.

Ese acuerdo debe ser discutido, a la luz pública, entre todas las fuerzas que tienen o pueden tener -en el futuro previsible- cuotas de poder.

El propósito no es borrar las diferencias entre los distintos partidos. Así como hay puntos que claman por la coincidencia, hay muchas cosas en las que el disenso no sólo es inevitable sino positivo.

¿Cuáles son las políticas que deben permanece inalterables, gobierne quien gobierne? Aquellas que, si no se ponen en marcha, o se interrumpen, impedirán que alcancemos el desarrollo económico y social.

Conviene precisar, de antemano, cuáles son tales políticas. Es muy fácil llegar a un acuerdo sobre títulos vagos.

Si se dice que la educación es fundamental, nadie pondrá objeciones. Si se propone luchar contra la pobreza, nadie dirá que la pobreza es buena. Todo el mundo está a favor del desarrollo económico, la calidad institucional y una justicia confiable. Lo importante es acordar sobre el "cómo".

Si las distintas fuerzas políticas firmamos un acuerdo "lavado", que consigne aspiraciones comunes pero no dice cómo alcanzarlas, la Argentina marchará hacia otra frustración.

Todo lo que debemos para "curar" a la Argentina tiene -como cualquier remedio- contraindicaciones y efectos colaterales:

* Para lograr la indispensable cohesión social, se debe redistribuir ingresos. Pero eso hará que "los de abajo" ganen más y "los de arriba", menos. Si la redistribución se hace gravando desmedidamente las ganancias, desalentará la inversión, y ésto afectará a la economía. Será un boomerang.

* Un modo de redistribuir consiste en reducir los impuestos a la producción y el consumo (retenciones, IVA, cheque), que no distinguen entre ricos y pobres. Pero implantar un nuevo régimen tributario, centrado en los impuestos que se ajustan a la capacidad contributiva de cada uno, puede desfinanciar, durante un período, al Estado.

* Para aumentar la productividad, hace falta más tecnología. Pero máquinas y software reemplazan personal. Esto puede causar, al menos transitoriamente, desempleo.

* Para tener una economía fuertemente exportadora, se requiere un tipo de cambio competitivo. Pero un "dólar caro" puede provocar inflación.

Por eso, mi "Plan 10/16" plantea ideas bien definidas, que buscan evitar los efectos adversos, y que están orientadas a lograr:

1. Una sociedad más justa.

2. Un Estado eficiente.

3. Educación de excelencia.

4. Alta productividad.

5. Energía para el desarrollo.

6. Federalismo económico.

7. Un modelo exportador.

8. Ecologismo racional.

El plan, que es muy detallado, puede bajarse de www.terragno.org.ar

Ahora bien, yo no pretendo (ni podría pretender) que las distintas fuerzas políticas firmen al pie de mis propuestas.

Aspiro, sí, a que mi plan despierte y guíe un debate, al cabo del cual bien podría ocurrir que mis ideas quedaran modificadas, ampliadas o superadas por otras.

Aspiro, también, a que las iniciativas que hipotéticamente sustituyan a las mías -y a las cuales adheriré si son resultado de ese debate que propongo- tengan el mismo grado de definición y el mismo sentido práctico que el "Plan 10/16".

El Bicentenario no puede ser apenas una efemérides. Tiene que ser el inicio de un proyecto audaz; tan audaz como el de 1810.

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