Otro sistema político, otra cultura

Por Joaquín Morales Solá

Estados Unidos ha comenzado la reconstrucción de su liderazgo político y moral, su más notoria carencia en los últimos años. Esta es la primera lección de los resultados de anteanoche.

Liderazgo, por otro lado, indispensable para enfrentar las inevitables consecuencias de la actual crisis financiera y económica internacional. Si algo es evidente entre los estragos de la crisis, es que el mundo actual carece de los fuertes liderazgos políticos de otrora.

Las comparaciones resultan inevitables. La Argentina también está entrando en el largo túnel de una fuerte crisis económica. Hace un año, cuando Cristina Kirchner ganó las elecciones presidenciales, tuvo la oportunidad de reconstruir un liderazgo político. No lo hizo. Podría intentarlo todavía, si la Presidenta decidiera un drástico cambio de políticas y de personas en su gobierno. El pronóstico es forzosamente escéptico: se la ve demasiado cómoda en el papel de comunicadora de las políticas que establece su esposo.

No sólo no se ha reconstruido aquí un liderazgo, cuyos rasgos de autoritarismo y mesianismo (las dos cosas vienen siempre juntas) estaban ya siendo cuestionados por amplios sectores sociales. Por el contrario, el método del viejo liderazgo de Néstor Kirchner se ha profundizado. Antes se debatía sobre la renta con las confiscatorias retenciones a la soja; ahora se discute sobre el poder del Estado en su incesante avance sobre la propiedad privada con la estatización de los fondos de pensión.

La Argentina vive en democracia. No hay dudas sobre eso. Pero el deterioro de la calidad de su democracia es una novedad implacable. La oposición es un estorbo y no el componente indispensable del sistema democrático. Ningún diálogo se ha trabado en los últimos cinco años con los dirigentes opositores; sólo existió la permanente descalificación de ellos en atriles del Estado y a través de medios del Estado.

Un ejemplo actual puede resultar ilustrativo: si no existe política de Estado sobre las jubilaciones, entonces esa buena práctica de la democracia no existe para nada. Las jubilaciones tendrán vigencia en muchos casos para personas que recurrirán a ella cuando hasta la historia se haya olvidado de los Kirchner. No importa. Importa sólo la perentoria matemática parlamentaria.

Cualquier funcionario relacionado con el Estado, aun los que cumplen funciones en el exterior, tienen prohibido hablar con el vicepresidente de la Nación, Julio Cobos. La represalia es furiosa cuando se desobedece esa orden. Cobos debe viajar en aviones de línea porque el matrimonio gobernante le sacó la posibilidad de hacerlo en aviones oficiales. Paga así el pecado de haber disentido.

* * *

Según la formación de los viejos caudillos provinciales, escuela a la que Néstor Kirchner pertenece en cuerpo y alma, el Estado es una propiedad casi personal del líder en funciones. El propio gabinete está integrado por ministros asustadizos y desinformados, que sólo aspiran a actuar de la mejor manera la enorme disciplina que imponen los Kirchner.

Nada es producto de la nada. La elección norteamericana ha sido también una lección permanente de prácticas democráticas. Barack Obama hablaba bien de la persona de su contrincante, John McCain, un día antes de los comicios, no sólo después de ellos. Resaltó, desde ya, sus diferencias con las ideas del republicano, pero no escondió ningún reconocimiento a la historia de McCain. Lo hizo ante una multitud en Florida y, sorprendente para cualquier argentino, la multitud que escuchaba a Obama no hizo ni dijo nada agresivo contra el candidato del otro partido.

El propio McCain no se quedó atrás cuando le tocó el momento de aceptar la derrota y hasta aseguró sentirse orgulloso de su país, que por primera vez elegía a un hombre de color para comandar la Casa Blanca. En ese instante dramático de cualquier carrera política se supo por qué McCain es un senador respetado hasta por los demócratas y por qué, también, Obama había elogiado su persona un día antes.

Obama ha llegado a la presidencia con un largo y notable esfuerzo para ganar primero su candidatura y, después, la contienda presidencial de anteayer. Debió competir con una de las dinastías gobernantes norteamericanas de la últimas décadas, los Clinton. Se los vio tanto a Obama como a Hillary Clinton (la mujer más poderosa de los Estados Unidos durante ocho años e influyente senadora en los últimos seis años) reclamar el voto en los pueblos más remotos y pequeños de la amplia geografía norteamericana. Mostraban una democracia vibrante.

Las comparaciones son siempre odiosas, pero algunas cosas deben subrayarse. Aquellas prácticas democráticas en los Estados Unidos están respaldadas en una determinada cultura política.

La Argentina tiene otra cultura. Cristina Kirchner fue elegida candidata del peronismo por decisión exclusiva del matrimonio presidencial. No hubo elecciones internas en el justicialismo. Ni siquiera hubo, que se sepa al menos, un debate con los principales dirigentes del partido gobernante. Fue el resultado de las conversaciones habituales de un matrimonio en sus reflexiones después de la cena.

Obama renunció a los fondos estatales que le correspondían para financiar su campaña electoral (cerca de 100 millones de dólares) y prefirió un sistema de aportes voluntarios e individuales que se hicieron a través de Internet. En cambio, los argentinos no saben todavía cómo y quiénes aportaron a la campaña de la actual presidenta, manchada por muchas denuncias sobre recursos cuyos orígenes son difíciles de comprobar.

* * *

La sociedad argentina vivía hace un año en medio de lo que creía una eterna bonanza económica. Digámoslo de una buena vez: tampoco a una mayoría de los argentinos le importó cómo había sido elegida la candidata que ganó las elecciones. Las cosas se pueden decir de mejor manera, pero no de otra manera.

Cristina Kirchner le mandó ayer una larga carta a Obama, demasiada larga para ser una más entre muchas felicitaciones de jefes de Estado. Comparó impunemente sus ideas con las del presidente electo norteamericano y las encontró muy parecidas.

Algunos trazos de la literatura política de la presidenta argentina y del presidente electo norteamericano pueden ser parecidos. Pero es distinto el sistema político en el que los dos se sostienen y son más distintas aún las prácticas democráticas de uno y otro. Son diferentes también las sensibilidades sociales que les toca gobernar. En esta última constatación podría esconderse, tal vez, la explicación de todo lo que es y fue.

Comentá la nota