Otro país existe

Por Joaquín Morales Solá

Cristina y Néstor Kirchner han creado una nueva y sorprendente fórmula electoral: han sido derrotados, pero nadie los ha vencido. ¿Se puede perder sin que alguien o algo sea autor de la derrota? Ciertamente, no. Sin embargo, lo que se desprende de esa reacción es mucho más que una simple capacidad de creación. Hay algo de soberbia y mucho de obcecación cuando el adversario ni siquiera tiene nombre y cuando la indispensable autocrítica no encuentra espacio ni tiempo.

Otro país existe desde la noche del domingo, y si hay algo que los seres humanos no pueden hacer es borrar o cambiar el tiempo de las malas noticias.

Otras cosas deberían preocupar a los Kirchner. ¿Por cuánto tiempo más Guillermo Moreno seguirá siendo el virtual y obsoleto ministro de Economía de la Argentina? ¿Por cuánto tiempo más Luis D´Elía continuará fungiendo como vocero público y consejero íntimo de Kirchner? Ellos son sólo símbolos, pero son los símbolos de las peores formas derrotadas el domingo: vejez ideológica y prepotencia política para gobernar. El problema de Moreno y de D´Elía no son ellos; el principal conflicto que plantean es que expresan, mejor que nadie, la manera de entender el gobierno por parte de Néstor Kirchner, que siempre contó más con sus fuerzas que con sus razones.

Una Argentina arrasada de problemas irresueltos aguarda ahora al matrimonio presidencial. Los Kirchner lideran desde el domingo, además, el gobierno nacional más débil desde que se fue Eduardo Duhalde. Un centenar de muertos por la gripe A se produciría en los próximos días. Ya el domingo existían 8 muertos más que los 26 que se reconocían oficialmente. La información se escondió hasta después de las elecciones. La epidemia afectará, según conclusiones de las autoridades sanitarias, entre 8000 y 15.000 argentinos en el mejor de los casos.

Ningún Kirchner habló nunca de la epidemia que colocó a la Argentina entre los países más castigados del mundo y que provocó una vasta y comprobable psicosis social. Varias provincias (Santa Fe, San Luis, Chaco) comenzaron ayer a aplicar medidas, como la suspensión de clases, que el gobierno nacional se niega a tomar. Graciela Ocaña se fue clamando por cerrar las escuelas, como hizo México en el primer momento de la peste, pero los Kirchner no querían hacer nada que pusiera en riesgo el altar electoral.

Nadie ha hecho tanto como Moreno para destruir al sector agropecuario. Su política ha fracasado, pero está dejando duras secuelas: el país podría importar carne, leche y trigo en los próximos tiempos. Moreno sigue mandando. Destruyó el sistema oficial de estadísticas y ahora cerró las importaciones con ideas que se murieron hace tres décadas. Varias importantes firmas internacionales de ropa se están yendo de la Argentina porque las prendas que producen fuera del país quedan retenidas en la Aduana; cientos de empleados son despedidos. Sucederá lo mismo con muchos otros rubros; el cierre brutal y sin normas de las importaciones es forzosamente recesivo en un mundo globalizado.

Muchos empresarios se habían hecho cargo de la caída económica, conservando el empleo de su personal, hasta las elecciones. Ahora vendrá una etapa de sinceramiento que podría elevar de manera considerable el porcentaje de desempleados. La Argentina no será una excepción en el mundo actual, pero está sola como país que espera que la mera bondad de la naturaleza le resuelva sus problemas. Es el país que los Kirchner ni explican ni entienden.

¿Qué hará Kirchner cuando el Congreso, el actual y no el por venir, le entregue una nueva política agropecuaria para aplicar? ¿Cómo reaccionará cuando el Congreso llame al fantasmal ministro de Economía para que informe qué está haciendo frente a la crisis local e internacional? ¿Cómo absorberá la noticia cuando el Congreso le fije, como podría hacerlo, una nueva política, con otras formas y otros contenidos, de subsidios al desempleo?

Hay vagas pistas de cómo podría reaccionar un hombre obligado a cambiar dramáticamente cuando está más cerca de los 60 años que de los 50. Devastado su espíritu por la derrota, en la madrugada de ayer Kirchner no sólo aceptó que había perdido sin reconocer a ningún ganador; también dijo que la gobernabilidad dependía de sus adversarios, porque él no estaba dispuesto a renunciar a ninguna de sus convicciones. Con más elegancia, debe reconocerse, la Presidenta dijo ayer, más o menos, lo mismo. ¿Qué harán entonces cuando la relación de fuerzas parlamentarias les imponga las condiciones de la nueva realidad?

La nueva realidad indica que ni siquiera obtuvieron el triunfo más fácil que pudieron alcanzar: la victoria en las elecciones de todo el país. Cristina Kirchner aceptó ayer, con desgano, un empate del oficialismo con la coalición de Elisa Carrió, el radicalismo, el cobismo y el socialismo. Según Carrió, su alianza superó al oficialismo por dos puntos en los porcentajes nacionales. Tomando la versión de una o de otra, lo cierto es que ese dato reinstala a Carrió (principal arquitecta del acuerdo no peronista) entre los principales dirigentes argentinos.

El temor de la oposición, peronista o no peronista, es que la obcecación de los Kirchner la lleve a escenarios no queridos. En la coalición no peronista y en el PJ disidente no se descartaban ayer cambios en los tiempos electorales, luego de que escucharon a Kirchner y a su esposa. "Habrá que hacerlo cuanto antes si es que hay que hacerlo", dijo uno de los ganadores del domingo.

No es Mauricio Macri, pero el jefe porteño se apuró ayer mismo a hablar por teléfono con Julio Cobos y con varios gobernadores peronistas (algunos kirchneristas, como Jorge Capitanich) para analizar el curso de la crisis. Algunas de esas conversaciones lo dejaron tenso y expectante. Macri (el primero que convocó al acuerdo entre Francisco de Narváez y Felipe Solá) podría lanzar su candidatura presidencial en los próximos días.

Kirchner tiene un problema y consiste en su apego a los aparatos y a las formas vacías. Renunció ayer a la presidencia del justicialismo como si abdicara de un trono de fantasía. Actuó un pedido a Daniel Scioli (elegido de hecho su candidato a suceder al kirchnerismo) para que no asumiera como diputado.

El gobernador actuó también su aceptación de una noticia que nunca existió; Scioli jamás pensó en volver a ser diputado. El otro país estaba lejos de ellos y el Gobierno parecía abandonado en la calle.

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