Otro muro para la discordia

Por: Ricardo Roa

Los muros no son nuevos. Existen desde que existen las ciudades. Las antiguas se consideraban tales porque estaban precisamente amuralladas. Eran fortalezas con vigías armados para repeler cualquier visita no autorizada. Lo que estaba fuera de los muros se temía por hostil.

Ahora en San Isidro se ha decidido la construcción de un muro contra la inseguridad, en una zona que limita con San Fernando. Se presume que de un lado hay hostiles y del otro gente que proteger. Es una confesión de impotencia y de claudicación del Estado. De creer que es posible manejar la seguridad dentro de un perímetro o de muchos, y no más allá. Los que quedan afuera, que los cuide otro intendente.

Hay antecedentes, como las favelas cercadas en Brasil. Verdaderas ciudades dentro de la ciudad. Pero ¿qué protección efectiva puede dar una pared de dos metros, si la inseguridad que hay afuera sigue existiendo? Algo quizá ayude. Pero será sobre todo un biombo que ocultará la pobreza ajena y todos sus dramas.

San Isidro es uno de los partidos más ricos del Gran Buenos Aires. Un polo de atracción para la delincuencia, como lo prueba la seguidilla de violentos asaltos de los últimos meses. Es lógico que los vecinos pidan y exijan seguridad. Y hasta que muchos otros imaginen a esa muralla como un recurso útil, según los resultados de la encuesta hecha por Clarín.com.

El intendente Posse que impulsa la idea del muro es un radical ex K, ahora alineado con Cobos. Ha estado siempre muy activo en estos temas. Urbanizó villas y fue de los pioneros en coordinar con vecinos y recurrir al uso de cámaras y la Gendarmería. Pero una cosa bien distinta es apostar al aislamiento y a la exclusión. Por este camino no habrá un lugar del país donde no haya un muro.

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