Otro golpe para diluir el poder de Alberto Fernández

Bastó con que dejara su cargo en el Gobierno para que Alberto Fernández perdiera también el saludo de la Presidenta. Néstor Kirchner, quien no confía en el protocolo ni para las penalidades, prefirió desarmar el pequeño castillo montado por su antiguo colaborador en la administración y en el PJ Capital. Con la salida de Romina Picolotti, ayer, fue retirado otro ladrillo de esa arquitectura.
La última reunión entre Kirchner y Fernández quedó velada tras la ficción, consentida en Olivos, de un encuentro entre amigos. El ex jefe de Gabinete, decía el parte oficial, volvería a escena como negociador de las listas de la lejana elección de 2009. Fue el 18 de septiembre. Kirchner y Fernández no se volvieron a ver. En vez del reencuentro, había comenzado la demolición. De Fernández, claro.

Picolotti tuvo un precursor más ruidoso en su salida: Héctor Capaccioli, ex superintendente de Salud que dejó el sillón acorralado por el escándalo de la efedrina y las denuncias de Graciela Ocaña sobre corruptelas en la supervisión de las obras sociales. La situación de este funcionario fue el tema casi exclusivo de aquella charla de septiembre.

Capaccioli había sido el recaudador electoral de los Kirchner por designación de Fernández. Cuando comenzaron las acusaciones, se escudó en ese vínculo: "Yo tenía responsabilidades conjuntas con Alberto", dijo a LA NACION. La misma estrategia de José Salvatierra, investigado por los descalabros del Hospital Francés, quien rememora a diario las reuniones de financiamiento de campaña ante prominentes secretarios de Estado y caudillos del PJ Capital.

También de ese feudo Kirchner se ha propuesto expulsar al ex jefe de Gabinete, quien ni siquiera es invitado a las reuniones del partido que preside. En cambio, adversarios del ex jefe de Gabinete, como Ginés González García y Rafael Bielsa, volvieron al redil porteño. Y un aliado crucial, como el sindicalista Víctor Santa María, vive pegado a la Casa Rosada, sobre todo desde que obtuvo la llave de una radio AM en el distrito.

Telerman y Lavagna

El esposo de la Presidenta hizo sondear, hace apenas horas, a dos dirigentes que -supone- podrían representar al Gobierno en 2009 en la ciudad de Buenos Aires: Jorge Telerman y Roberto Lavagna. No se sabe cuál de los dos se lleva peor con Fernández.

¿A qué se debe esta inquina de los Kirchner? La versión más superficial es que interpretaron como una amenaza la ocurrencia de su ex subordinado de publicar un libro. "Néstor sabe que es una veleidad, que no diría nada inconveniente", refuta un experto en estos arcanos. Otros creen que el vínculo se quebró el día en que Aníbal Ibarra abandonó el oficialismo: "A Ibarra le toleramos de todo por pedido de Alberto", despotrica el esposo de la Presidenta. El último entredicho fue hace un mes, cuando Vilma Ibarra -quien se caracterizó siempre, en las buenas y en las malas, por una inusual autonomía legislativa- tuvo un cruce de palabras con Sergio Massa, en Diputados. ¿Hay otras razones para el castigo? ¿Tendrán algo que ver las recientes idas y venidas -sobre todo venidas- del ex jefe de Gabinete con el apóstata Felipe Solá?

Acaso Fernández no sepa del todo qué culpa está pagando. Su ignorancia se advierte en los esfuerzos por conseguir clemencia a través de trabajosas declaraciones de un amor no correspondido. Rara ceguera: nadie más indicado que él para atestiguar que el sistema de poder que lo expulsa no registra matices. Que los Kirchner sólo reconocen lealtades absolutas. Amigos o enemigos

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