El otro Ciccone que no se sabe cuánto costará

El otro Ciccone que no se sabe cuánto costará

Aún no tiene final la increíble historia de Kirchner para quedarse con el control de YPF.

YPF fue un calco a gran escala de Ciccone. Un negocio pensado por Kirchner para adueñarse de la primera empresa del país. Su muerte frustró las dos operaciones: Cristina no pudo o no quiso seguirlas. Pensó que con estatizarlas zafaba. Le está costando zafar.

En 2008, la familia Eskenazi ingresó a la entonces Repsol-YPF mediante una maquinación de república bananera que inició el Corcho Rodríguez, enviado por Kirchner a seducir a Antonio Brufau. No fueron las salidas nocturnas del Corcho y Brufau las que convencieron al presidente de Repsol de entregar parte de las acciones y todo el gerenciamiento, sino una oferta que no podía rechazar: precios para garantizar ganancias y sobre todo piedra libre para repatriar el 90% de las utilidades, algo vedado para las otras multinacionales.

Cristina autorizó el desembarco, al que bautizó con nombre chavista: Argentinizar YPF. Los Eskenazi compraron primero un 15% por US$ 2.235 millones. Más de la mitad se la prestó la propia Repsol. El resto, un club de bancos. ¿Cómo lo devolvieron? ¡Con las utilidades de la misma YPF! Milagros de la era K: comprar empresas sin plata o con la plata de las propias empresas.

Kirchner era un especialista en hacer cosas que no se podían hacer. Brufau y los Eskenazi firmaron un acuerdo de accionistas para la distribución extraordinaria de dividendos anteriores. Brufau cobró US$ 800 millones que se los dio a los Eskenazi para que los Eskenazi se lo dieran por las acciones. Bingo. También acordaron retirar en adelante el 90% de los beneficios. A Kirchner no le importó su consecuencia: la descapitalización de la empresa. Según Kicillof, ministro de Cristina y director de YPF, en cuatro años se repartieron más plata de la que ganó la compañía: unos $ 24 mil millones.

Sin dinero para invertir, la producción de gas y petróleo colapsó. La Argentina perdió el autoabastecimiento y el país empezó a importar combustibles a lo bruto. Cristina cargó a la cuenta de los españoles la crisis que ella y su esposo habían provocado. Decidió reestatizar YPF y presentarla como otra gesta antiimperialista al Congreso, que la aplaudió como al default de Rodríguez Saá.

Un capítulo previo de esta historia vergonzosa fue cuando Kirchner mandó a comprar otro 10% de las acciones. El método, una réplica de la maniobra inicial: a través de Petersen Energía y Petersen Inversora, las dos firmas que los Eskenazi habían armado en Madrid y con plata prestada por Repsol y un club de bancos.

El juez Lijo investiga el vaciamiento y la secuencia final del vaciamiento: Brufau embolsó US$ 5000 millones, los Eskenazi ni un peso. Los Eskenazi concursaron sus empresas en Madrid y el juzgado vendió al fondo Burford lo único que a ellos les quedaba: el derecho a reclamar a la Argentina. La demanda está en la Corte norteamericana, que mañana decidirá si nos da una mano o rechaza el caso y el juicio sigue, con viento a favor de Burford y los que están detrás. Al Gobierno le queda una carta: pedir el discovery, que es descubrir algo más de la increíble trama que puede costar al país otros US$ 3 mil millones. No es sólo una cifra: es corrupción.

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