Otra vez, Kirchner apeló a Moreno

Por Joaquín Morales solá

Néstor Kirchner no está cómodo ni alegre ni seguro. El discurso en Tres de Febrero, el lunes, reflejó mejor que nada sus incertidumbres. Hosco, amenazador y enfurecido, la emprendió con políticos opositores, funcionarios innominados y medios de comunicación.

El problema se hubiera terminado ahí si no existieran síntomas de que la propia administración se ha radicalizado en las últimas horas. Ayer, los dirigentes agropecuarios dejaron a un lado las formas elegantes, que practican desde que reanudaron el diálogo con el Gobierno, para retomar un discurso duro y apremiante. ¿Qué pasó? Volvió Guillermo Moreno, como ya la hizo el año último durante el conflicto con el campo. Moreno se ha convertido en el verdugo de los productores rurales, después de destruir las ciencias sociales en la Argentina al privarlas de estadísticas serias tras el desastre del Indec.

Una resolución que plasmaba los acuerdos sobre la leche, publicada en el Boletín Oficial, apareció condimentada con una disposición sobre la harina, que nada tenía que ver con los acuerdos ni con las negociaciones previas. Una reproducción de lo que sucedió durante el anterior conflicto se dio en el Mercado de Liniers. Hasta allí fue Moreno para presionar a los frigoríficos por una cartelización que bajara los precios de la carne en detrimento de los ganaderos. Es la segunda vez que Moreno rompe acuerdos hechos en la cima directamente desde Liniers. Moreno no es sólo un secretario de Estado; es Néstor Kirchner en su versión más limpia y transparente.

El ex presidente y algunos de sus voceros más confiables se quejaron (es una manera suave de decirlo) de los medios en general por el tratamiento de la elección en Catamarca. Más allá de esa trajinada elección, vale la pena detenerse en la lógica oficial sobre el periodismo. El disgusto se refiere a que los medios no compararon las elecciones recientes con las de 2007 y 2005 y a que subrayaron una alianza de Kirchner con Luis Barrionuevo y Ramón Saadi, que el Gobierno niega ahora.

En síntesis, el periodismo debió decir el lunes que el Gobierno ganó en Catamarca. Ganó en supuestas estadísticas, no en las urnas, pero ¿no es ésa la manera como el Gobierno enfrentó también la inflación? Lo que importa no es lo que es, en fin, sino lo que parece ser. Según esa lógica, los medios de comunicación pueden ser tan útiles como perversos.

Durante mucho tiempo se habló públicamente de aquella extraña alianza de Kirchner en Catamarca y ningún vocero oficial la desmintió hasta el lunes fatídico. Por lo demás, Saadi estuvo en el acto de cierre de campaña en Catamarca, que el jueves último tuvo como protagonista central al ex presidente, y Barrionuevo metió seis legisladores propios en las listas apadrinadas por Kirchner. ¿Cómo que no hubo alianza entre ellos? "No hubo ninguna reunión de los tres", argumenta el oficialismo. Las apariencias, otra vez.

El lunes, en Tres de Febrero, Kirchner habló exclusivamente del diario Clarín , pero otras veces tomó de la solapa a otros medios de comunicación. Meneó de nuevo un proyecto de ley de radiodifusión que supuestamente afectaría a Clarín . La actual ley es perfectible, como lo es toda ley, pero las comunicaciones y el papel oficial en ellas es una cuestión de Estado, porque la heredarán gobiernos que ya no serán de los Kirchner.

Cualquier modificación de esa ley, en síntesis, debería hacerse en un marco consensual con sectores políticos, sociales y empresarios. Kirchner no sabe hacer eso. De todos modos, esos eventuales cambios, o una nueva ley, nunca deberían ser una herramienta de revanchas y amenazas. Es más amenaza que otra cosa: es improbable que salga aprobado del Congreso un proyecto manchado por tales particularidades. ¿Cuántos senadores y diputados lo seguirían a Kirchner, en las actuales condiciones políticas, en una cruzada personal contra medios de comunicación?

Los políticos maltratados por él en las tribunas de furia del Gran Buenos Aires pertenecen a otra esfera. No hay ahora mejor salvoconducto electoral que un certificado de político opositor firmado por el propio Kirchner. Mauricio Macri, Elisa Carrió o Felipe Solá, los políticos que más frecuentan sus rabietas, deberían enviarle un telegrama de gratitud. Agradecer el favor hecho es una saludable costumbre de las buenas personas.

Un lugar distinto ocupan, en cambio, los funcionarios aludidos, sin ser nombrados, por el ex presidente. Les reprocha -ahora y no antes- que no se hayan ocupado del flagelo incontrolable de la inseguridad, que ya existía cuando el ex presidente era presidente. Cualquier receta para combatir la inseguridad es mejor que andar retando a los funcionarios desde los palcos electorales. Esos sermones no hacen más que desestabilizar a los funcionarios sin aportar ninguna solución. La culpa de la inseguridad, según distintas versiones oficiales de los últimos días, la tienen los jueces o funcionarios anónimos, pero nada se dice sobre la responsabilidad de quienes debieron, y deben, fijar políticas y prioridades.

Tampoco esos destratos son una novedad. Hace poco, Kirchner le ordenó al gobernador Daniel Scioli, desde una tribuna pública, que tomara decisiones urgentes para combatir la inseguridad en Buenos Aires. Scioli, que estaba al lado del ex presidente, acababa de comentarle que había decidido el relevo del jefe de la policía bonaerense y hasta le deslizó el nombre del nuevo jefe. Kirchner usó esa información previa para adjudicarse él mismo los méritos de los cambios inminentes. Scioli tiene una paciencia oceánica.

Crear una realidad virtual, cuando se trata de una situación colectiva de la que participan millones de personas, no es una tarea indolora, ni el sistema de derecho y garantías puede resultar indemne. Amenazar públicamente a medios de comunicación, a empresarios y a entidades agropecuarias, como Kirchner lo ha hecho habitualmente, puede reinstalar el miedo en la Argentina.

Ya ha sucedido que detrás de sus palabras aparece la acción directa de sindicalistas amigos o de los piqueteros de Luis D´Elía. Son más eficaces, hay que reconocerlo, que eventuales proyectos de leyes o los reales aprietes de Moreno. La cruzada para construir una realidad artificial conlleva el riesgo, en definitiva, de sacrificar una porción importante de la libertad o de convertir a ésta en una nostalgia.

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