Otra globalización es posible

La crisis económica mundial puso en cuestión las desregulaciones que permitieron el libre movimiento de los capitales y las consecuentes operaciones especulativas. Los analistas formulan propuestas para pensar una organización alternativa sin caer en la "globalifobia".
Contra el capitalismo

Por Julio C. Gambina *

Aun cuando algunos señalan el fin de la crisis de la economía mundial, existen evidencias de la gravedad económica social de la coyuntura, puesta de manifiesto en el crecimiento de la miseria, la pobreza, el desempleo. No hay dudas de que la crisis la pagan los trabajadores y los pueblos. ¿Es posible otra realidad? El movimiento de resistencia a la globalización capitalista sustenta un programa alternativo y hace esfuerzos por constituir un sujeto popular mundial que otorgue materialidad consciente a sus propósitos. La lucha es por otra globalización. Contrario a lo que muchos le endilgan, el movimiento no es "globalifóbico". No hay fobia a la mundialización, sólo al contenido capitalista de la misma.

El orden mundial promovió la transnacionalización de la economía, alentando un proceso de libre movimiento de los capitales. Este es un programa empujado por los capitales más concentrados del mundo y sustentado en el poder político, diplomático y militar de los principales Estados capitalistas y los organismos internacionales que pretenden ordenar y legislar sobre el sistema mundial. Es una tendencia continua asumida como respuesta a la crisis de rentabilidad del capital a fines de los ‘60 y comienzos de los ’70. El terrorismo de Estado en el Cono Sur de América es inseparable de este proceso, del mismo modo que opera hoy, con la complacencia del sistema mundial, el militarismo estadounidense.

Junto al programa de máxima del capital surgió la resistencia popular que se desplegó por distintos carriles y se manifiesta actualmente en un sujeto diverso que reconoce distintos aportes. Uno de ellos es el movimiento mundial contra la liberalización de la economía, puesto de manifiesto en campañas contra el Libre comercio (como el ALCA); contra la OMC; por el no pago de la deuda externa y contra la militarización, ahora enfocada en el rechazo a la instalación de bases militares estadounidenses en Colombia. Otra manifestación proviene de la organización de un movimiento popular global, cuyo máximo exponente es la saga del Foro Social Mundial cuya primera reunión se realizó en 2001 en Porto Alegre, Brasil. Un tercer componente se asienta en gobiernos surgidos de la dinámica de resistencia popular y que animan la lucha contra la crisis capitalista intentando nuevas y creativas formas de articulación global. Es el camino del ALBA y su banco, los acuerdos para establecer una nueva arquitectura financiera al interior y más allá de ese proceso de integración, tal el caso del Banco del Sur, los acuerdos de cancelación de intercambio comercial con monedas locales y las experiencias de articulación productiva para asegurar la soberanía alimentaria, energética y financiera.

El orden mundial de 2010 es muy distinto del de 1990. En dos décadas se pasó de la ofensiva del capital, el Consenso de Washington y la liberalización de la economía mundial, a la crisis del orden capitalista. Además, se presenta un contradictor al orden social vigente. Hasta 1990 la contradicción se manifestaba como socialismo versus capitalismo, para dar paso con el colapso soviético a la unilateralidad del capitalismo. Se abrió camino el pensamiento de "fin de la historia" y ahora con la crisis se habilitó nuevamente el debate sobre el orden mundial. Esto se puso de manifiesto en Copenhague, donde unos en el Norte (liderados por Obama) quisieron mantener el statu quo de un desarrollo capitalista destructor de la naturaleza –con compensaciones menores a los subdesarrollados del Sur–, y otros pretendieron discutir el derecho al desarrollo capitalista del Sur (China, India, Sudáfrica, Brasil). Sólo una minoría asentó el problema en el capitalismo: los países que integran el ALBA. El presidente venezolano llevó al recinto oficial del debate, el sentimiento popular de quienes luchaban desde afuera del cónclave de los gobiernos, al señalar que "si la crisis medioambiental fuera un banco, ya la habrían salvado".

La crisis capitalista es un hecho y una oportunidad. Existen dos sujetos en pugna por ordenar el sistema y superar la crisis. De un lado, el poder económico que articula desde la centralidad de las transnacionales el poder mayoritario de los Estados capitalistas y los organismos internacionales y otros ámbitos de articulación, como el G-20. Del otro, se presenta un conglomerado diverso y no articulado de movimientos populares y gobiernos que aún fragmentadamente levantan un programa contra el orden en crisis y sus instituciones. Por eso se sustentan auditorías de la Deuda Externa; se levantan rechazos a tribunales del estilo Ciadi; se propone eliminación de Tratados Bilaterales de Inversión y Tratados de Libre Comercio.

Constituye una discusión abierta el decurso que asuma la lucha para salir de la crisis. El interrogante es cuál de los contradictores se impondrá. El papel del poder apunta al logro de los consensos para la continuidad de la depredación de la naturaleza y la explotación. ¿Qué papel asumirán los pueblos para afirmar un proyecto emancipador?

* Profesor de la Universidad Nacional de Rosario. Presidente de la Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas, Fisyp. Integrante del Comité Directivo de Clacso. Miembro fundador de Attac-Argentina.

Dilema del prisionero

Por Martín Bergel *

El fracaso rutilante de la Cumbre de Copenhague ofrece un testimonio inapelable de la radical inoperancia de una lógica política ordenada bajo el principio de Estado-nación para afrontar la dramática cuestión del cambio climático. En un típico caso de "dilema del prisionero" –en el que la ciega persecución de los beneficios de cada uno termina perjudicando los del conjunto–, los líderes reunidos en la capital de Dinamarca dieron una patética muestra de los resultados a los que necesariamente arriba, en el tratamiento de problemas globales, una política aún encuadrada en la defensa particular de respectivos "intereses nacionales". Para lidiar con el desafío civilizatorio mayúsculo que supone el asunto del calentamiento planetario, así como con otros desarreglos inherentes a la dinámica del capitalismo global, es indispensable contar con la presencia de otro tipo de actores. En Copenhague volvió a hacerse presente uno clave, que hizo su aparición sobre el filo del siglo pasado.

Hace exactos diez años, el milenio amanecía con aires renovados para una porción significativa de jóvenes, intelectuales críticos y militantes de movimientos sociales de todo el mundo. El 30 de noviembre de 1999, una década después de que la caída del Muro de Berlín sancionase la clausura de una época, una coalición variopinta de grupos y movimientos no solamente hacía descarrilar, mediante formas heterodoxas y flexibles de desobediencia civil, la Ronda del Milenio de la Organización Mundial del Comercio que se llevaba a cabo en la ciudad de Seattle, en Estados Unidos: en ese acto inauguraba un ciclo histórico preñado de un nuevo entusiasmo que embargó a decenas de miles de personas de todo el globo. En un célebre artículo en el diario Le Monde, el filósofo francés Edgar Morin no dudaba en afirmar entonces que "el siglo XXI ha comenzado en Seattle".

Es que ese acontecimiento daba a luz una nueva forma política que en los años subsiguientes reveló una notable capacidad de irradiación: el llamado movimiento global. Su fuerza, como había ocurrido con el alzamiento zapatista de 1994 con el que buscaba enlazarse, provenía de una épica en la cual personas comunes y silvestres, apenas en uso de sus facultades de coordinación con semejantes, podían poner en entredicho y hacer tambalear a los poderosos de la tierra. Pero ella se derivaba también del gesto vanguardista que, al tiempo que afirmaba el agotamiento de las concepciones hegemónicas en las izquierdas del siglo XX –en sus versiones leninista, nacional-populista y socialdemócrata–, anunciaba una nueva praxis emancipatoria, desplegada en clave de relevo generacional, basada en la descentralización, la horizontalidad, la autonomía y el respeto de la pluralidad de tácticas y filosofías de acción. Ese constructo, popularizado en los lenguajes periodísticos a través del equívoco nombre de "movimiento antiglobalización", recogía en su conformación el eco soterrado de las antiguas Internacionales. Sin embargo, se separaba de ellas en cuanto no aspiraba a constituirse en una organización rígida y burocrática a la vieja usanza, sino apenas en una subjetividad, un difuso "movimiento de movimientos" que fluidamente trascendía fronteras agrupando personas con inquietudes y problemas semejantes (y fue uno de sus rasgos distintivos, también entonces innovadores, la experimentación con nuevas tecnologías y con las primeras redes sociales virtuales).

En los años que siguieron a Seattle, el movimiento global se expandió, socavando la legitimidad de las corporaciones económicas y demás poderes fácticos planetarios. Luego fue diluyéndose, en parte por ser uno de los objetivos inconfesados de la "guerra contra el terrorismo" desatada luego del 11 de septiembre de 2001, en parte porque su mismo carácter difuso se reveló frágil en tiempos de "modernidad líquida". Sin embargo, nunca se extinguió completamente. En Copenhague, diversos grupos que acompañaron su trayectoria volvieron a hacerse presentes a través de una miríada de acciones, mientras la Cumbre de los Pueblos –que funcionó en paralelo al cónclave oficial– en su declaración final volvió a apelar a la constitución de un "movimiento mundial de movimientos".

Y es que aún con sus errores y limitaciones, la insistencia del movimiento global responde a una imperiosa necesidad. Sólo un proceso poderoso de movilización global ciudadana, apelando a un amplio repertorio de prácticas –del lobby a la acción directa, de la comunicación alternativa a las alianzas con algunos líderes mundiales–, parece capaz de trascender los egoísmos nacional-estatales para favorecer cambios estructurales de la magnitud que la marcha civilizatoria requiere.

* Historiador.

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