Otra vez el "factor K" a pleno

Por: Néstor O. Scibona.

Hasta no hace mucho, los avisos de la profusa publicidad oficial de la Presidencia de la Nación llevaban invariablemente como remate una leyenda: "Argentina, un país en serio". Quizá por pudor, o como implícita admisión de la realidad, dejaron de incluirla.

La Argentina sigue siendo un país con enorme potencial, pero buena parte de los argentinos no lo cree. La razón es que nadie sabe cuál es el rumbo; comenzando por el propio gobierno kirchnerista, que ha hecho de la improvisación y el factor sorpresa su modus operandi . Un país en serio no vive cambiando las reglas a cada rato, para luego aplicarlas selectivamente; no falsifica las estadísticas oficiales por razones políticas; no se dedica a dividir a los actores sociales entre aliados y enemigos, sin categorías intermedias, para premiarlos o penalizarlos. Los países en serio tienen gobiernos en serio que respetan su palabra y la división de poderes; buscan acuerdos políticos duraderos para hacer reformas; corrigen errores cuando se equivocan; o promueven políticas de Estado para que los gobiernos que los sucedan puedan continuar el recorrido, sin necesidad retroceder o cambiar de dirección con cada recambio presidencial. La discreta supresión de aquella frase engañosa de la propaganda oficial debe considerarse, en este contexto, casi como una confesión de parte.

El abandono de la seriedad institucional y la pluralidad política no sólo se manifiestan en este detalle. En el ambiente económico y empresario ha comenzado a utilizarse una definición más amplia, bautizada como "factor K". Esta denominación alude tanto a la imprevisibilidad de las acciones del gobierno kirchnerista como factor de riesgo, cuanto a su obsesión por hacerse de caja para aumentar el gasto público, pero monopolizando discrecionalmente su manejo y distribución. No hay semana en que las decisiones oficiales no lo corroboren.

Martín Redrado lo sufrió en carne propia hace pocos días. Aunque desde la presidencia del Banco Central hizo un culto del concepto de previsibilidad, debió enterarse por la cadena nacional de que el Gobierno echaba mano a US$ 6569 millones de las reservas de libre disponibilidad para garantizar los pagos en moneda extranjera de 2010, a través de un decreto de necesidad y urgencia. Los mercados festejaron esta garantía de cortísimo plazo, que apunta a mejorar la adhesión al canje de deuda y reabrir las puertas del financiamiento externo. Pero detrás de su pomposa denominación, el "Fondo del Bicentenario para el Desendeudamiento y la Estabilidad" oculta que el Estado se quedó sin superávit primario para comprar divisas y que también agotó sus fuentes de financiamiento dentro del propio sector público. No sólo eso. Los especialistas sospechan que la intención de esta medida es liberar recursos para seguir aumentando en 2010 el gasto público, que en noviembre y diciembre está batiendo récords. Otro objetivo de Néstor Kirchner es colocar deuda voluntaria a tasas de un dígito (9% anual) para financiarlo: un típico caso de viaje ahora y pague después. A cambio, el Gobierno avanza otra vez sobre la autonomía del BCRA y deteriora la calidad de sus activos, ya que canjea divisas de libre disponibilidad por un pagaré en dólares con vencimiento a 10 años. Según la consultora Finsoport, tras la instrumentación del Fondo la participación de títulos de deuda pública pasará a representar 44% de los activos del BCRA, e irá disminuyendo en la medida en que recupere reservas.

Alarmas privadas

El "factor K" también está omnipresente en el sector privado y afecta a empresas locales y extranjeras. No fue un descuido que Arturo Valenzuela cuestionara, en nombre de compañías estadounidenses, la seguridad jurídica de la Argentina y rompiera los códigos diplomáticos cuando reivindicó la demonizada década de los 90. Ambas definiciones le sirvieron al Gobierno para marcar distancias con Washington y para dividir el arco político interno.

Muchos empresarios pensaron que detrás de estas declaraciones se ocultó el malestar diplomático por el zigzagueante manejo oficial del conflicto en Kraft Foods. Pero no es el único caso. Otra compañía de capitales estadounidenses, AGCO Argentina, que desde hace tres años fabrica tractores en el país, advirtió que está decidiendo si mantiene o no la operación que en su momento mudó desde Brasil. La razón es que no logró obtener hasta ahora los incentivos fiscales que se otorgan a los fabricantes nacionales, a pesar de que más de 60% de sus componentes (incluyendo los motores Deutz, de fabricación propia) son de producción local, como lo exige un decreto que rige desde 2001.

En un terreno aún más insólito se ubica la resolución de la Secretaría de Comercio que suspendió por 60 días la fusión de CableVisión y Multicanal, y que se enmarca en el actual enfrentamiento entre el gobierno y el Grupo Clarín. No sólo porque Guillermo Moreno dejó transitoriamente sin efecto uno de los últimos decretos que firmó el propio Néstor Kirchner a fin de 2007, antes de traspasarle la banda presidencial a su esposa. También porque entre los argumentos utilizados hay algunos que no tienen que ver con la realidad. Por ejemplo, se afirma que la empresa de cable incumplió su compromiso de "pluralidad informativa" por no incluir en su grilla al canal América TV, cuando es público y notorio que forma parte de su servicio. O que no brinda conexiones gratuitas de televisión y banda ancha a escuelas de Florencio Varela, un partido que no está cubierto por su red. Según directivos de la compañía, nunca hubo siquiera una consulta oficial sobre estos cuestionamientos oficiales. Lo mismo podrían decir los accionistas privados de Papel Prensa, otra empresa víctima del "factor K".

A medida que estos casos trascienden, también aumenta la desconfianza en otras compañías, por más que estén fuera de la mira del Gobierno. Nadie puede estar seguro que, de un día para el otro, no pasen a la antesala de las presiones oficiales. En estos días lo pueden atestiguar los frigoríficos, que han vuelto a recibir llamados de Moreno a raíz del aumento en los precios de la carne y ven peligrar sus restringidas exportaciones.

Este clima receloso seguramente formará parte de la cena que, organizada por el ministro Julio De Vido, compartirá esta semana la presidenta Cristina Kirchner con los titulares de los principales grupos empresarios. Entre ellos figuran aliados y otros que dejaron de serlo sin saber muy bien por qué. Más difícil resulta suponer si en Olivos se plantearán las consecuencias macroeconómicas que provoca el denominado "factor K": si bien el Gobierno bombea la demanda, al mismo tiempo desalienta por desconfianza inversiones necesarias para aumentar la oferta. Esto frena la posibilidad de que la economía se recupere más vigorosamente en 2010 y acelera presiones inflacionarias. Por las dudas, y debido al "factor K", muchas empresas están archivando proyectos de envergadura para desempolvarlos después de 2011.

Comentá la nota