Otra vez apostando al viento de cola

Por Juan José Llach

La economía global despega con claro liderazgo de Asia. Africa y América latina empiezan a mostrar números positivos que se irán afianzando. Más lentamente, lo propio ocurre en casi todo el mundo desarrollado, por lo que ya en 2010 la economía global puede crecer un 3,5 por ciento, no tan rápido como el 5 por ciento de 2004-2007, pero claramente mejor que lo previsto.

Por suerte, los optimistas no nos hemos equivocado. Los emergentes aportarán en 2010 cerca del 60 por ciento del crecimiento global en dólares y su liderazgo beneficiará a nuestras economías regionales, si no se las sigue hostigando, porque de ellos vendrá el aumento de la demanda de sus productos.

Aunque con menor brío, el viento de cola vuelve así a empujar a la Argentina. ¿Lo aprovecharemos bien esta vez?

Se advierten algunos efectos positivos, con la gente menos asustada, cierto freno a la salida de capitales, los depósitos creciendo, el BCRA comprando dólares, el consumo en suave recuperación y fuertes subas de las cotizaciones de los bonos argentinos que dejan claras lecciones.

Ellas se deben, por un lado, al renovado apetito global por activos de países emergentes, pero también a señales de la voluntad del Gobierno de volver a los mercados financieros y acercarse a sus acreedores y al Fondo Monetario Internacional.

Pese a su tibieza, estas señales han logrado mucho, lo que revela claramente el tiempo, la producción, la riqueza y los empleos perdidos de balde por la Argentina al haber extraviado el rumbo, por lo menos desde enero de 2007, cuando su riesgo país era igual que el de Brasil.

A la suave reactivación en curso, algo aportarán las mezquinas medidas sobre el trigo y el maíz y, parece ser, también la meteorología. Hoy puede preverse un aumento del PBI del orden del 3,5 por ciento en 2010, para recuperar algo más que la caída de 2009. Sin embargo, con muy poco más, se podría crecer cerca del 6 por ciento.

No es sorprendente que haya un consenso amplio sobre lo que habría que hacer para lograrlo, porque sólo se trata de volver a la sensatez. Ordenar ya mismo que el Indec diga la verdad, sin esperar dictámenes de una comisión que ya muestra disensos; concretar cuanto antes los reiterados amagues de hacer lo necesario para acceder al mercado de capitales; alentar con medidas y confianza la producción, sobre todo la del campo, la industria y la de energía; reducir gradualmente la insostenible maraña de subsidios y aun revisar estatizaciones deficitarias, para generar así recursos fiscales necesarios por doquier, por ejemplo para la imprescindible asignación universal por hijo.

Aun en un contexto de reactivación, la fiscal seguirá siendo la pata más débil, lo que limitará a su vez la recuperación del castigado Interior. Por eso, es un error presentar un presupuesto con una meta ridícula del 6,6 por ciento de inflación, al subestimar así una vez más los recursos fiscales.

Mirando el pasado, aun un listado tan obvio no puede leerse, sino con escepticismo. Por ello es muy poco probable que la recuperación que se inicia sea un crecimiento sostenible o un desarrollo integral. Con un gobierno que, no obstante correcciones recientes, sigue mucho más concentrado en su agenda política autista y conflictiva, y no en el bien común, la inversión y el empleo apenas se recuperarán.

La Argentina sigue siendo un país sin agenda estratégica -gran carencia, de larga data- y continúa consumiéndose las reservas de petróleo y gas, el ganado y parte de la infraestructura, mientras inversores nacionales y extranjeros hacen cola para apostar a nuestros socios del Mercosur, a Chile, a Perú.

Quizás algo de esto empiece a subsanarse cuando, conocidos en 2010 los candidatos presidenciales de 2011, seguramente más sensatos, propios y extraños vuelvan a mirar con interés a la Argentina.

Profesor del IAE-Universidad Austral y titular del Estudio Llach

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