Orígenes

Por Jorge Fontevecchia

Estoy muy lejos de Argentina. O más cerca que nunca. En el Parque Arqueológico de Siracusa hay un "trapito" que cobra para cuidar –y quizá no dañar– los autos que se estacionan en las calles de los alrededores. La escena es la misma que frente a la cancha de River pero estoy ante un estadio construido en el siglo VI antes de Cristo, el mayor teatro griego fuera de Grecia, donde Esquilo estrenó Prometeo encadenado (a quien los dioses castigaron por enseñarles el fuego a los hombres) y Platón dio su célebre discurso frente a todo el pueblo, que de tan bello e impracticable creó el adjetivo platónico y anticipó la utopía del rey filósofo.

Estoy muy lejos de Argentina. O más cerca que nunca. En el Parque Arqueológico de Siracusa hay un "trapito" que cobra para cuidar –y quizá no dañar– los autos que se estacionan en las calles de los alrededores. La escena es la misma que frente a la cancha de River pero estoy ante un estadio construido en el siglo VI antes de Cristo, el mayor teatro griego fuera de Grecia, donde Esquilo estrenó Prometeo encadenado (a quien los dioses castigaron por enseñarles el fuego a los hombres) y Platón dio su célebre discurso frente a todo el pueblo, que de tan bello e impracticable creó el adjetivo platónico y anticipó la utopía del rey filósofo.

Disciplinado, le pago al "trapito" los tres euros que cotiza su servicio y cuando me estoy yendo llega un patrullero de la policía de Sicilia. Desde dentro le advierten al "cuidador de autos" que lo que hace es ilegal, pero el "trapito" se corre unos metros y ya está. Hay decenas de "trapitos" custodiando la memoria de Platón y la tumba de Arquímedes en Siracusa.

Frente a la mayor obra de Arquímedes, la fortificación del Castillo de Eurialo, la situación es otra pero, a la vez, la misma. Al ser menos concurrido había pocos autos y ningún "trapito", pero en una desvencijada bileteria de Bienes Culturales de Italia había tres personas para vender una docena de tickets por día. De ellos, al que más autoridad evidenciaba le costó multiplicar ocho personas por cuatro euros cada una. Ya dentro del castillo, un ex taxista desocupado formalmente es uno de los cuidadores de las ruinas y me dice con sinceridad latina que el Estado le paga "para no hacer nada". Y cuenta con orgullo futbolero que "nuestro Arquímedes era un genio". Tiene razón: desde el Castillo de Eurialo, una punta elevada sobre el Mediterráneo, el insigne matemático, ingeniero e inventor siciliano creó un gigantesco espejo de metal que con el reflejo del sol quemaba las velas de los barcos enemigos y con su célebre palanca (durante la crisis financiera todo el mundo habló de Arquímedes por el apalancamiento de los bancos) desarrolló una especie de enorme brazo capaz de dar vuelta las naves que se acercaban. Arquímedes hizo inexpugnable a Siracusa, hasta que en el año 212 antes de Cristo lo asesinó un soldado romano mientras dibujaba fórmulas con una vara en su pizarrón de arena.

Buen ejemplo el del genio inventor de Arquímedes y los desocupados de la actual Italia, aquejada por severos problemas de productividad. El dueño de un restaurante de Taormina que trabaja sólo seis meses por año, en la temporada turística, y pasea los otros seis, y aprovechando la crisis de 2002 hasta se compró un departamento en Puerto Madero como inversión, me dice: "El problema es China, los italianos inventamos muchas cosas pero las fabricamos luego en China, donde todo cuesta el diez por ciento que en Italia; el problema es que si todos fabricamos todas las cosas en China, aquí no quedará nadie con dinero para comprarlas". También la Argentina es tierra de creativos, inventores, emprendedores y hasta premios Nobel pero fabricando no puede competir con Brasil, la China del hemisferio sur, aun con un peso muy devaluado. Como nosotros con la convertibilidad, los italianos le echan la culpa de su falta de competitividad al euro: "Antes, con la lira, se podía devaluar".

"Agréguele –continúa el dueño del restaurante– que sólo a las costas de Agrigento ingresan todos los días cien inmigrantes ilegales; le digo Agrigento como un ejemplo, porque está a sólo una hora de navegación de Africa, pero en decenas de playas sicilianas llegan naves con inmigrantes ilegales que pagan 5 mil euros cada uno a los traficantes que distribuyen la mitad entre la policía para que no patrulle esa parte de la costa (‘zonas liberadas’) en el momento del desembarco".

No por casualidad la mafia se inventó en Sicilia. Fue el resultado de la desconfianza de los sicilianos hacia sus gobiernos e instituciones. Recién en 1860, gracias a Giuseppe Garibaldi y sus Camisas Rojas, Sicilia se integró definitivamente al resto de Italia. Hasta entonces habían sido dominados –en este orden– por cartagineses, griegos, bizantinos, árabes, normandos, españoles y borbones. En el dialecto siciliano están las huellas de las lenguas de sus invasores. La fidelidad hacia la Cosa Nostra es el resultado de la desconfianza en una Justicia administrada por extraños y la preferencia por líderes locales, aunque sean ilegales. Los códigos no escritos de la ley de las villas argentinas más pobres tienen su inspiración en la misma desconfianza por la incomprensión de los "de afuera" y, desde la mirada etnocéntrica de D’Elía, los "blancos" son los invasores de los pueblos originarios que despojaron de sus tierras a los nativos de piel más oscura.

Pero hoy la mafia ya es pasado. Su defunción en 1992 obedeció, además de al paso del tiempo que la dejó obsoleta, al proceso mani pulite que llevó adelante el valiente juez Giovanni Falcone, quien terminó asesinado por la mafia remanente pero logró encarcelar a 350 de sus jefes más al capo di capi, Salvatore Toto Riina

La República de los artistas. Cruzar de Agrigento a Africa es un viaje similar al de un Buquebus a Montevideo. Pero Agrigento, además de su posición geográfica, o quizá por ella, tiene el Valle de los Templos, una de las mayores colecciones arqueológicas de la Magna Grecia. Y fue el lugar que vio nacer a Luigi Pirandello, padre del drama moderno (Seis personajes en busca de autor). Cuenta la leyenda que la extraordinaria capacidad de gesticulación de los sicilianos, capaces de transmitir una enorme cantidad de información con expresiones físicas, lo que los hace a todos parecer actores profesionales, fue potenciada por la resistencia al dominio extranjero como un sistema de comunicación alternativo.

No por casualidad en Sicilia se acuñó el tan argentino término "gatopardismo": que algo cambie para que todo continúe igual, derivado de la novela Il Gattopardo, del siciliano Giuseppe Tomassi di Lampedusa, que Luciano Visconti inmortalizó en el cine.

Se podría decir que toda Sicilia es una hermosa y seductora costa. Ulises pasó diez años de La Odisea recorriéndola mientras Penélope tejía de día y destejía de noche. Desde Taormina dominan el paisaje el mar pero también el Etna, el mayor volcán activo de Europa y sitio mitológico para los griegos. Era el lugar de Efestos (Vulcano), el dios del fuego, con cuya lava y fuego Zeus hacía sus rayos, y de Polifemo, el cíclope caníbal que encerró a Ulises en sus cuevas. Demeter, la diosa de la fertilidad y la agricultura, a la que la Argentina le debe tanto, también "es siciliana".

Quería escribir sobre un libro que leí, muy oportuno para este viaje, La comunidad inoperante, del filósofo francés contemporáneo Jean-Luc Nancy. Pero motivado por la exuberancia de Sicilia y sus connotaciones con Argentina, me quedé sin espacio. Dejo a Nancy para la contratapa de mañana, domingo.

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