El orgasmo de la política

Por Luis Bruschtein

Tensa calma, pero el músculo no duerme ni la ambición descansa. Largó la campaña y en el mundo de la política todo se trastorna. Las curvas de las encuestas son más curvas, ya están todos los candidatos en el juego. Morituri te salutant dicen los gladiadores en la arena a los ciudadanos en las gradas. Pero aquí no muere nadie, sólo habrá que esperar hasta la próxima vez. Esos son los tiempos de estos tiempos.

Es la salsa de la política, como un superfestival para los rockeros o los juegos olímpicos para los atletas, es el orgasmo del músculo de la política. Los candidatos se estudian, bajaron los decibeles en el afán común de no asustar por confrontativos. Hablan engolados como estadistas, aunque la mayoría todavía no se probó esos zapatos. Y hasta bajaron las operaciones mediáticas porque cualquier cosa que se diga será atravesada por la duda o la seguridad de que es para ganar votos o restárselos al contrario.

Como ceniza de ayer arrastrada por el viento quedó dando vueltas la polémica por los tres llamados al rey de la efedrina hechos desde un celular de Francisco de Narváez, el cabeza de lista bonaerense de Unión-Pro. No es el mejor momento para hacer operaciones porque la sospecha es inevitable. De Narváez usó a su favor esa sospecha y acusó al juez Federico Faggionatto Márquez de orquestar una confabulación en su contra.

Si las cosas hubieran quedado ahí, seguramente hacían la plancha porque no es la herramienta más oportuna para utilizar en plena campaña. Después de los primeros chispazos parecía que el tema iba a transcurrir por ámbitos más judiciales que políticos. Hasta que el mismo rey de la efedrina, a través de su abogado, Mariano Cúneo Libarona, presentó una denuncia contra el juez donde aseguraba que Faggionatto Márquez había presionado a su defendido para involucrar a De Narváez aprovechando las indiscutibles y misteriosas tres llamadas.

La forma en que se dio vuelta la acusación contra el juez recuerda dos casos anteriores. Uno fue el del jarrón de cocaína del Guillote Cóppola, que mágicamente terminó con el juez de la causa preso. Y el otro, cuando se intentó sacar al juez de la causa AMIA haciendo circular un video por los medios. En los dos casos, el abogado fue Cúneo Libarona, un especialista en los malabares mediáticos, el mismo que ahora defiende al llamado rey de la efedrina.

Cúneo Libarona coincide con De Narváez en la acusación contra el juez, o sea contra el Gobierno en última instancia, lo que no ayuda mucho a la posición del candidato del centroderecha, quien a su vez no parece preocupado por un tema que le puede estallar en las manos. Cuando su aliado, el ex gobernador Felipe Solá, le echó en cara el lío en que los había metido, De Narváez respondió que el tema no era importante y que al Gobierno ya no le cree nadie. Sin embargo, la lectura que queda es que, indirectamente, el rey de la efedrina salió a respaldarlo. Cuanto más tiempo permanezca el nombre del candidato de Unión-Pro ligado a esta supercausa de narcotráfico –aunque esa ligazón haya sido meramente circunstancial, como alega–, más afectará su campaña.

Para De Narváez, la campaña había sido hasta ahora un paseo sin competencia porque empezó hace más de un año, antes que nadie, y sin medir gastos. A la performance que alcanzó en el 2007 le fue sumando algunos puntos en las encuestas por primerear y logró una ventaja sobre sus competidores de la Coalición y el radicalismo. La alianza con Felipe Solá delineó un perfil más peronista que no tenía y le sumó otros puntos hasta llegar a colocarlo a tiro de piedra de una lista oficialista que todavía no existía. Estaba compitiendo con un papel en blanco o con la sola presunción de que el candidato sería Néstor Kirchner.

Apenas se confirmó la lista del peronismo encabezada por Kirchner y Scioli, los números del oficialismo saltaron hacia adelante y le sacaron otra vez bastante ventaja. Y como para el peronismo la campaña real recién empieza, mientras que la de De Narváez ya lleva más de un año, en teoría es Kirchner ahora el que tiene más terreno para crecer.

La Coalición Cívica y la UCR fueron los más perjudicados por el anticipo de De Narváez porque la ventaja que les sacó en un primer momento logró ubicarlo como el antikirchnerista más claro. Los encuestadores aseguraban que Kirchner candidato polariza con De Narváez-Macri y que en cambio Scioli hubiera polarizado con la alianza panradical de Margarita Stolbizer y Ricardo Alfonsín. La fórmula Kirchner-Scioli polariza con De Narváez, pero le resta votos. O sea que tanto la estrategia del oficialismo como la del panradicalismo bonaerense será morder las simpatías que atesoró De Narváez a costa de una fortuna y la campaña se le pondrá difícil. Los que más usaron el escándalo de la efedrina en las consignas de sus actos, o en las declaraciones de sus dirigentes, no han sido los kirchneristas, sino la alianza de la Coalición y los radicales, porque ellos disputan esa franja de votos.

La afirmación de Kirchner de que están en juego dos modelos es cierta, tanto que un modelo donde el Estado interviene como regulador en la economía se gana el encono de los sectores que se sienten afectados por esa intervención. No es un modelo que la alianza panradical o el macrismo estén dispuestos a continuar, pero eluden ese debate haciendo hincapié en otras cuestiones como el republicanismo o la seguridad.

Además de Kirchner, el único de los demás candidatos que se refiere a esa polémica es Martín Sabbatella. Reconoce los logros de ese modelo, pero los considera un piso del que hay que partir. En ese panorama de movidas fuertes, campañas costosas, estructuras políticas con cierta tradición y desarrollo y en una de las provincias más extensa y poblada, la candidatura de Sabbatella navega como una anchoa en un mar de tiburones. El ex intendente de Morón ganó su prestigio como administrador progresista y eficiente y, sobre todo, honesto. Es imbatible en su distrito, donde tiene más del 60 por ciento de los votos, incluyendo muchos votos peronistas, con lo que tendría chance de entrar como diputado y hasta de incorporar a su segunda en la lista, Graciela Iturraspe, por los porcentajes del D’Hont. Es una candidatura fuerte para el electorado progresista y para los peronistas que cuestionan la estructura del PJ bonaerense, pero no es tan conocido fuera de su distrito y no tiene los recursos de sus competidores. Y además corre el riego de que la fuerte polarización tiente a una parte de su voto peronista hacia el kirchnerismo. En una elección legislativa común competiría con más chances, pero la polarización de esta campaña tiende a perjudicar a las fuerzas más pequeñas.

Frente a la alternativa que plantea el oficialismo sobre el modelo económico y social, el panradicalismo prefiere hacer eje en una plataforma republicana de defensa de las instituciones y funcionamiento de la democracia. La discusión económica está soslayada, pero su posición en el choque por las retenciones, la incorporación de dirigentes rurales a sus listas o su oposición a la reestatización de las AFJP aportan luz sobre el debate que se elude. De esta manera, el panradicalismo reincide con los mismos ejes que lo llevaron al desastre, más cerca de Fernando de la Rúa que de Raúl Alfonsín, aunque su hijo Ricardo figure segundo en la lista bonaerense. El alineamiento del macrismo en este tema también es claro, pero son posicionamientos que acercan pocos votos en una campaña y por lo tanto no se exhiben más que en alusiones difusas, de la misma manera que hacía Menem en sus primeras campañas.

En el discurso kirchnerista parece un reduccionismo cuando alude a sus competidores como la "Alianza residual" o como los seguidores de los ‘90, o "los que llevaron al desastre al país", por el panradicalismo y De Narváez, respectivamente. Pero la capacidad de reacción de la oposición frente a la crisis del 2001 y el comienzo de un nuevo ciclo en el país, en la región y en el mundo ha sido pobre. Y sus propuestas ciertamente son regresivas, sin incorporar ni un solo aspecto del nuevo escenario, de las nuevas situaciones que se han planteado en el mundo, de las discusiones globales sobre el rol del Estado, por lo que ceden alegremente al oficialismo el único discurso que se hace cargo de lo nuevo. En ese cuadro Sabbatella, desde su modesta campaña, es el otro candidato que habla sobre el presente y el futuro y no plantea el regreso a un pasado desastroso.

Comentá la nota