Opus nigrum

Por Martín Caparrós.

La elección del doctor Obama fue el gran acto de expiación colectiva de un país religioso. También habían caído demasiado y quisieron revivir sus viejos mitos: que en los EE.UU. todo es posible.

Un americano negro que no es un negro americano enraizado en la tradición negra americana sino el hijo de un inmigrante keniata y una blanca americana, criado en Indonesia y en Hawaii. Un gran predicador del cambio que nunca dijo en qué consistía el gran cambio que predicaba y que, en cambio, predica medidas que no cambian nada grande. Un opositor a la guerra contra Irak que, cuando debe gobernar para acabarla, nombra como ministro de Defensa al mismo señor que lleva dos años dirigiéndola como ministro de Defensa de Bush. Un outsider crítico de los políticos de Washington que cuando llega a Washington se rodea de cantidad de políticos de Washington, empezando por la superinsider de Washington, la doctora Clinton. Un representante de las distintas minorías, de la tolerancia y la diversidad que invita a sermonear en su asunción a un reverendo perseguidor de homosexuales. Y así de seguido: el doctor Obama es un hombre que podríamos llamar complejo y matizado –o confuso y contradictorio, según cómo.

El doctor Obama es un hombre inteligente, culto, contemporáneo, que parece haber conseguido el milagro de ciertos políticos excepcionales: ser todo para todos –y que cada cual pueda atribuirle las características que quiera. Pero ninguna le resultó más útil que su módica negritud, que unió a su habilidad para estar en el lugar preciso en el momento indicado: ahí, en carrera, justo cuando los Estados Unidos empezaron a odiarse a sí mismos demasiado.

La elección del doctor Obama fue el gran acto de expiación colectiva de un país religioso: perdónanos señor nuestros pecados. Básicamente dos: uno pequeño, inmediato –la presidencia Bush– y otro enorme, incesante: la esclavitud. No había entendido la fuerza de la culpa americana hacia los negros hasta estos días: tienen por qué tenerla –tuvieron a los ancestros de todos estos negros como esclavos, los marginaron muchos años, todavía– pero nunca imaginé que fuera tanta.

Como siempre, la culpa sobreactúa: si tu marido se aparece con dos docenas de rosas te imaginás que hizo alguna cagada. Así que, para mostrar que ya no son aquellos turros, millones de americanos eligieron como presidente a un –supuesto– representante de una minoría absoluta: los negros americanos no son más del 13 por ciento de la población total y no merecían, según la aritmética democrática, semejante espacio. El número no siempre importa, y menos en la democracia: lo que sí importa es que esa minoría funciona como el símbolo de los oprimidos, de la crueldad de los que mandan, de la injusticia permanente y, en estos días de expiación, los americanos eligieron a uno de ellos para decir que quieren ser distintos a lo que fueron en las últimas décadas. Como cuando la Argentina eligió a Kirchner para que las cosas no fueran como hasta 2001.

Así que millones de americanos arrepentidos votaron por sí mismos: querían volver a ser lo que solían creer que eran. Lo cual estaba en duda: en los últimos años Estados Unidos se había vuelto un país que ya no podía creer en sus propios mitos fundacionales, un país gobernado por dinastías con clases cada vez más definidas y cerradas, un país que mentía y torturaba, un país cuestionado por sus antiguos aliados que iba perdiendo su lugar en el mundo. Habían caído demasiado y quisieron revivir sus viejos mitos: que en los Estados Unidos todo es posible, que cualquiera puede llegar a cualquier lado, que cada hombre es arquitecto de su destino. Obama les dio un boleto directo a su autoestima. En los últimos días he escuchado y leído infinitas variantes de una idea: si América es un país que puede elegir a un presidente negro, América todavía vale la pena.

Así que lo votaron para que Estados Unidos vuelva a ser el que fue: ese país potente, emprendedor, cambiante y lleno de oportunidades que –en nombre de la libertad– conquistó el mundo.

Quieren que sea el doctor Obama –negro, compasivo, desculpabilizador– quien les devuelva su brillo pasado, su confianza en sí mismos, su relumbre imperial. Y el doctor les ofreció algo así en el único párrafo sobre el mundo exterior de su largo discurso de victoria: “A todos los que hoy nos miran desde más allá de nuestras playas, desde parlamentos y palacios o a los que se reúnen alrededor de una radio en los rincones más olvidados del mundo, quiero decirles que nuestras historias son singulares pero nuestros destinos son compartidos, y un nuevo amanecer del liderazgo americano está llegando”. Un “nuevo amanecer del liderazgo americano”: la versión corregida y aumentada de lo que ya nos dieron Wilson, Roosevelt, Eisenhower, Kennedy, Nixon, Reagan, Clinton, Bush, de la superpotencia que dominó el mundo en uno de sus siglos más violentos, que influyó más que ninguna para que todo esto sea lo que es. Pero lo va a hacer con más cariño porque sabe lo que es ser negro y pobre. Como el obrero Lula, el socialista Tabaré, las variadas mujeres. Para cambios así, quién necesita a los conservadores.

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