La oposición al kirchnerismo, por primera vez, insinúa gobernabilidad

Por: Julio Blanck

De las torpezas y sinrazones con que el kirchnerismo edifica su acción política se ha hablado generosamente. Pero quizás sea oportuno señalar que tampoco en la oposición abundan los grandes diseños tácticos. Las dos vertientes opositoras principales han decidido actuar, más que con iniciativas propias, en respuesta simétrica a los desaciertos del Gobierno, sin tratar de modificar la agenda oficial sino insertándose en ella.

Desde que hace un año empezó la larga pelea por las retenciones, lo sustancial de la apuesta opositora se remitió a montarse sobre el escenario de desgaste que los Kirchner se fabricaron en su pelea con el campo. Esto no les da la propiedad de la iniciativa política a los opositores, por el contrario, consolida esa capacidad en los dos contendientes centrales: el Gobierno y el campo. Pero les deja a ellos la posibilidad de cosechar las abundantes pérdidas políticas del oficialismo.

Tanto la conjunción de radicales y socialistas que por ahora marchan a la cola de Elisa Carrió, como los peronistas disidentes que se arriman al liberalismo populista de Mauricio Macri, tienen la suerte atada, por propia decisión, a cuánto de mal le vaya al kirchnerismo en su pretendido Armagedón contra el campo. Esa batalla reconoce en estas horas una tregua y hasta un pequeño armisticio, aunque sigue bullendo como destino inevitable en la sangre de uno y otro contendiente.

Pero la tregua alcanzada esta semana, por precaria que sea, le borronea el libreto a la oposición. Si el Gobierno consigue, aún parcialmente, taponar su brutal vía de desgaste, la táctica opositora se queda vacía. Por eso corrieron todos a subirle la apuesta al acuerdo entre la Presidenta y la Mesa de Enlace, reclamando un debate urgente en el Congreso sobre la baja a las retenciones. La respuesta negativa del Gobierno estaba escrita de antemano, pero para la oposición se trataba de una cuestión de supervivencia mediática y política, sin mella de su conocida preocupación por atender y mejorar la situación de los productores rurales.

Por cierto, la Mesa de Enlace afronta sus propios entuertos y las internas en las entidades del campo no son menos enconadas que muchas de las reyertas entre políticos.

Eduardo Buzzi tiene un sector que lo corre por izquierda en la Federación Agraria y tiene como mascarón de proa a Alfredo de Angeli. Casi en espejo, el jefe de Confederaciones Rurales, Mario Llambías, es corrido por derecha desde la poderosa CARBAP. Desde los dos extremos se fogonea para volver al conflicto abierto: paro y a las rutas. Esa postura encontró en Carrió una aliada quizás inesperada. La jefa de la Coalición Cívica derramó alguna sospecha sobre la Mesa de Enlace después del acuerdo con el Gobierno. No está claro si lo hizo desde la izquierda o desde la derecha: ella siempre fue hábil para escurrirse del encasillamiento.

Las entidades del campo hacen juego político y lo hacen fuerte, como quedó largamente demostrado. Pero para ellos lo primero es la rentabilidad, no la política tradicional. Por eso no tienen empacho en acordar con Cristina, seguir negociando y seguir reclamando. El de la oposición es otro juego: necesitan la crispación, tanto como la ejerce el kirchnerismo.

Pero aunque la austeridad de ideas en cierto modo las empareja, las dos vertientes opositoras no son iguales, más allá de las diferencias obvias de origen y de historias.

La reunión radical-socialista, con Carrió como emblema y voz de mando, y el vicepresidente Julio Cobos tratando de ver cómo se acomoda para entrar en la foto, tiene un tinte más testimonial. Un talante de control del poder que es imprescindible para el buen funcionamiento democrático. Pero que no es el poder, sino su necesario límite. Todavía les cuesta a Carrió y sus compañeros de ruta dar ese salto cualitativo que transforma a las fuerzas políticas en fuerzas de gobierno. Pero están en esa búsqueda.

Para el kirchnerismo hoy aparece como un desafío mayor la disidencia peronista asociada de manera provisional con Macri. Que es menos orgánica y organizada. Que atraviesa disputas internas durísimas en las que no hay reglas de juego y parece que vale todo, enconos personales donde lo que menos se discute es ideología y que los protagonistas apenas alcanzan a disimular con sus buenas maneras públicas. Pero que incluye una promesa tácita de gobernabilidad -esto es, la capacidad de negociar, contener y controlar al aparato peronista- que podría desarticular la ecuación "nosotros o el caos" con que se ha venido gobernando desde el derrumbe del gobierno de la Alianza y la gran crisis de principios de siglo.

Esa disposición que empezó a transmitir el trípode Macri-Felipe Solá-De Narváez se refuerza, y mucho, con el aporte de Carlos Reutemann, que ya no niega su potencial condición de candidato presidencial.

Por cierto, hay allí tres que podrían correr la misma carrera hacia la candidatura: Reutemann, Macri y Solá. Y uno solo será el ganador. Es una cuestión que deberán resolver entre ellos, si es que pueden.

Solá parece más decidido a dar pelea por la Presidencia como única opción. Macri y Reutemann se desconfían mutuamente, son cautos en la política, dudan, prefieren arriesgar menos, pero son los que quizás encarnen mejor -y más todavía Reutemann que Macri-- aquella promesa de gobernabilidad que puede pesar en el ánimo social, y en el del peronismo, cuando llegue el tiempo del recambio presidencial.

El crecimiento de esta opción también dependerá de cómo el Gobierno pueda sobrellevar su doble conflicto con la sociedad urbana y el campo. Pero la señal está dada: en el peronismo y sus inmediaciones se instaló una oposición que aspira más al poder que a la revancha. Y que no transita por la periferia de la política como los opositores internos originales que tuvo Néstor Kirchner, que fueron tan funcionales a su formidable proceso inicial de concentración de poder.

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