¿Y si la oposición comenzara a dialogar?

Por Fernando Laborda

El sorpresivo encuentro entre el vicepresidente Julio Cobos y el candidato Francisco de Narváez conmovió al mundo político. Para dirigentes de Unión Pro, la foto que logró su principal postulante en la provincia de Buenos Aires equivalió al "espaldarazo" que necesitaban para asegurarse los votos necesarios para ganarle a Néstor Kirchner. En cambio, a dirigentes del radicalismo y de la Coalición Cívica poco les faltó para tildar la actitud de Cobos como una traición.

La suerte de las elecciones bonaerenses parece atada al grado de polarización que logre De Narváez con el kirchnerismo y, obviamente, al desempeño del Acuerdo Cívico y Social, que lideran Margarita Stolbizer y Ricardo Alfonsín. Todo indica que cuanto peor sea la performance electoral de este último sector, mejor será la de la Unión Pro.

¿Hubo detrás de la decisión de Cobos de recibir en su despacho del Senado a De Narváez un gesto de despecho con sus aliados bonaerenses del Acuerdo Cívico y Social, tras la exclusión de las listas de candidatos de dirigentes del cobismo? No se lo puede descartar. Como tampoco puede dejar de advertirse un hecho no menor: si algo ha exhibido el vicepresidente de la Nación en los últimos tiempos es una especial capacidad para interpretar a la opinión pública.

Que gran parte de la sociedad argentina reclama diálogo y un estilo de gestión alejado de la crispación kirchnerista es un dato que proviene de muchas encuestas.

Los dirigentes de los principales sectores en que se divide la oposición no han sido capaces de gestar una coalición electoral amplia. Tampoco se los puede forzar a eso: el ánimo societario no puede ser generado artificialmente. Pero en las presentes circunstancias políticas, y ante la posibilidad de que, desde el 10 de diciembre, la oposición supere en número de diputados al oficialismo -perdería alrededor de 15 bancas, según proyecciones privadas- es un deber de sus dirigentes hallar coincidencias programáticas que puedan traducirse en una agenda legislativa común y, luego, en políticas de Estado.

Resultaría penoso que, en medio del fragor de la campaña electoral, los dirigentes opositores abandonaran la búsqueda de aquello que el gobierno de los Kirchner les ha negado: el diálogo.

No hay verdadera democracia sin diálogo. Por eso no deja de ser vital que la oposición debata entre sí, con una mirada que vaya más allá de las elecciones y de cualquier carrera personal. El consenso puede construirse a partir del disenso y jamás mediante imposiciones. Si la oposición pretende diferenciarse del actual Gobierno, debería empezar por ese principio.

El 19 de mayo, en el Club del Progreso, legisladores de varios partidos opositores firmaron un acta en la cual se comprometían a fortalecer principios republicanos, cuya violación consideraban la causa de la "profunda decadencia" del país. Nunca se supo que tal acta fuera ratificada por los cuerpos orgánicos partidarios. Tampoco hubo entre las fuerzas opositoras acuerdos concretos explícitos para fiscalizar los comicios bonaerenses: hoy todos desconfían de casi todos.

La reunión Cobos-De Narváez, más allá de toda especulación política, es una buena noticia para la democracia y no debería quedar en un hecho extraordinario. Los encuentros públicos de esta clase deberían multiplicarse, ya no con el fin de apreciar las diferencias que separan a unos de otros, sino para que alguna vez se construya desde las coincidencias.

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