El año de la oportunidad perdida

Se va 2008. Quedaron en el olvido aquellos tiempos de vacas gordas. El desafío de 2009 será ver cómo se gobierna con billeteras vacías. El cuco en Tribunales. Por Federico van Mameren - Secretario de Redacción
Las vacas gordas han empezado un régimen de adelgazamiento. Los tiempos de billeteras abultadas y Estados gordos como Papá Noel empiezan a llenar los borradores de algún historiador contemporáneo.

Hay mensajes claros de la realidad. La Presidenta se burló del “efecto jazz” metiendo el dedo en la llaga norteamericana. Predijo que la Argentina estaba lejos del crac. Una cachetada violenta sacudió a todos y obligó a Cristina a anunciar hasta los anuncios que no iba a anunciar. Fueron tantas las medidas (19 en un mes) que nadie hace nada esperando ver si le conviene adquirir la heladera, cambiar el auto, guardar la plata o comprar dólares. Hasta la inflación que no podía atrapar Moreno se mira a sí misma con desconcierto.

Argentina se despide de 2008, el año en el que se desperdició la oportunidad de crecer. Llega 2009, el año de la incertidumbre, de la división, de la confrontación y del sálvese quien pueda.

Lo peor del penúltimo año de la primera década del siglo es que la ficción ha quedado atrás. Los gobiernos nacional y provinciales han demostrado cierta capacidad para moverse en la abundancia. El desafío de las faltriqueras vacías ha comenzado.

¿Quiénes son los primeros en darse cuenta de esto? Sin dudas aquellos que husmean el poder. Y si hay alguien que tiene posgrado en poder, ese es el peronista.

Por eso 2009 llega con signos de descomposición. A los Kirchner nadie los defiende últimamente. Salvo un puñado de diputados y senadores entre los que se anota el tucumano Gerónimo Vargas Aignasse, el resto -incluidos Stella Maris Córdoba, Alberto Herrera, Beatriz Rojkés, Julio Miranda, Germán Alfaro, Juan Salim, Alfredo Dato y Susana Eladia Díaz- cumplen con levantar la mano, pero no se rasgan las vestiduras por el proyecto K. Mayor fidelidad suelen mostrar Luis D’Elía o el propio Hugo Moyano antes que los representantes kirchneristas.

Con los gobernadores pasa algo similar. En la Casa Rosada hay datos de encuestas que les ponen los pelos de punta a los funcionarios K. En la mayoría de las provincias los mandatarios locales tienen mejor imagen que Cristina. “Están haciendo todo gracias a la Nación y en los actos la Presidenta ni figura”, se oye en los pasillos porteños. Esta preocupación, sin dudas, señala también cómo ha llegado el tiempo de las vacas flacas, no sólo de fondos sino también de respaldo popular.

A la poco pensante oposición se le ha caído una idea: “cualquier voto que se le saque al oficialismo es uno menos”. Una reflexión brillante para aquellos que siempre se han preocupado por ver cómo negociaban con el partido del Estado para no quedarse en el llano, ese lugar donde el frío congela los nervios y las ideas.

Batalla estéril

Los tucumanos, además, tienen que soportar la increíble batalla que el gobernador José Alperovich decidió librar contra la Justicia. Imaginar que el mandatario vuelve y decide dar marcha atrás aceptando la integración -por ley- de un Consejo Asesor de la Magistratura y la cobertura de las vacantes en la Justicia, a partir de antecedentes que aseguren méritos y no la fuerza del dedo, es un sueño casi imposible. Sin embargo el nuevo presidente del Colegio de Abogados, Eudoro Aráoz, ha dejado abierta una ventana para que se sienten a dialogar con las autoridades del Poder Ejecutivo.

Cuando se acerca el fin de año, hasta el más soberbio y complaciente suele animarse a encarar un balance. El gobernador no puede desconocer que su sistema de toma de decisiones ha fracasado. A su alrededor hay un grupo de abogados que suele aconsejarlo y, a juzgar por los resultados obtenidos, no han acertado. Los letrados suelen interpretar la verdad o los deseos de sus representados. Alperovich tal vez necesite asesores que le digan no, o que, por lo menos, que no le tengan miedo ni le digan sólo lo que quiere oír. La política de confrontaciones sólo ha logrado dividir a una sociedad diplomada en divisiones y separaciones por su historia. Además, los embates de Alperovich han hecho crecer a figuras que nunca se les ocurrió que podrían ser referentes.

En estos días la oposición se divierte con un juego atractivo: “Péguele a Cristóbal”. En estos tiempos de debilidades cualquiera practica boxeo con el zar del juego y sus vinculaciones con Néstor, con Cristina, con Scioli, con Macri y con cuanto gobernador ha cedido a las tentaciones de los negocios que le propuso De Vido, Néstor o el propio Cristóbal López para dañar la sociedad y hacer pingües ganancias.

Increíblemente, quien quedó a salvo, pese a ser uno de los obsecuentes mayores del kirchnerismo, es Alperovich. Echó a patadas a Cristóbal. Un poco tarde, porque había sido el único empresario al que le tendió aquella famosa alfombra roja; pero luego lo sacó. Se quiso llevar todos los laureles el gobernador, pero le llovieron advertencias, reclamos, planteos de numerosos dirigentes de la oposición y de sectores de la sociedad que saben que el juego mata. Cuando tendía la alfombra roja despotricó contra los políticos que ponían palos en la rueda y contra la prensa. Luego se desdijo y hoy está disfrutando de esa decisión.

¿Podría pasar algo parecido con la Justicia? Parece difícil. Sin embargo en el entorno más íntimo del mandatario al que siempre accede Jorge Gassenbauer, cada vez tienen más en claro que el enfrentamiento con la Justicia les está tomando todo el tiempo. Las acciones de gobierno y los proyectos se amontonan y empiezan a llenarse de polvo porque lo único que importa es cómo ganar la pelea.

Tanto es así que, en la desesperación, el Ejecutivo está preocupado hasta por quiénes se van de vacaciones en la Corte para tomar decisiones. Caen en contradicciones espantosas como la de estar desesperados por apurar una decisión cuando ayer nomás buscaban medidas dilatorias. Un gobierno maduro no puede andar en estas pequeñeces. O, en todo caso, desnuda que las intenciones últimas no son la calidad institucional que se declama sino el poder omnímodo que esconde una reelección indefinida en el futuro.

Con esos fines se apelan a artilugios sorprendentes como el per saltum, figura jurídica que se asocia más a forzar mis caprichos que ha pedirle coherencia jurídica a la Corte. No falta, incluso, la amenaza de la intervención. Con ello se está subestimando a la población. Es como cuando se atemoriza a los chicos con el cuco. Como este fantasma, la intervención federal a la Justicia es impensable. El Congreso no podría abocarse a esa tarea por más órdenes kirchneristas, y menos aún cuando tanto le están costando los consensos. ¿El diputado Dato que hizo esta amenaza se animaría a presentar un proyecto sobre la intervención del Poder Judicial tucuamano?

Además la Justicia está siendo vapuleada por el Ejecutivo. Por lo tanto, la intervención podría ser un bumerán para Alperovich.

El mandatario sabe -así lo confesó y nunca pudo revertirlo- que el consumo de droga y el deterioro de la sociedad por este problema es una de las grandes deudas.

El miércoles, Walter Santana se levantó de la mesa navideña en su casa de barrio Costanera y se fue a la casa de un vecino a comprar droga. No volvió a la reunión familiar. Lo mataron. Su abuela dijo: “la pelea se armó porque le faltaban unos pesos para pagar la droga”. Los controles policiales y sociales están desbordados. La batalla parece perdida.

El jueves los vecinos hicieron justicia por mano propia y quemaron la vivienda del supuesto vendedor de droga.

La normalidad con que se toma este costado de la realidad muestra con crueldad que algo está fallando y que las discusiones de la agenda pública son cada vez más estériles ante estos dramas.

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