Operativo Sui Generis.

Operativo Sui Generis.
Alberto Fernández le vende a Kirchner la vuelta a “un tiempo que fue hermoso”. También la oposición mira el pasado para encontrar un modelo exitoso. Y Scioli trata de volver a ser Daniel.
Como cantaban Charly García y Nito Mestre, Alberto Fernández le endulza los oídos a Néstor Kirchner con la idea de que “hubo un tiempo que fue hermoso”. La reconciliación con el ex jefe de Gabinete es un maratón de charlas en Olivos, que versan sobre política hasta que Néstor se ofusca, y entonces Alberto debe pasar a temas frívolos. Habrá que esperar a la próxima cita para seguir con la discusión sobre cómo recuperar la época de oro del kirchnerismo. Cuando Alberto le dijo que le convenía invitar con un café a Felipe Solá para persuadirlo de que abandone su aventura disidente, Néstor le contestó que sí, a su manera: “Primero que vuelva al bloque, y después lo recibo”. Alberto se impacientó: “No creo que estés como para imponer condiciones, Néstor”. Volver al pasado, sin retroceder: ésa es la cuestión. Por momentos, Néstor se deja ganar por la nostalgia y cede para recuperar a su gran espada transversal. En una de esas tardecitas de revival en Olivos, el presidente en ejercicio le ofreció a su ex jefe de Gabinete la reincorporación de toda su tropa de funcionarios. Alberto le dijo que, además, para darle credibilidad ideológica a la movida, Néstor debía comprometerse a tolerar críticas constructivas del albertismo: así se construiría el “kirchnerismo crítico”, que, según Alberto, le permitiría al Gobierno recomponer la luna de miel con los sectores medios. Kirchner retrucó que sólo se las aceptaría al propio Alberto, pero nunca a una manada de albertistas.

Y en eso están. Cuando el futuro político se llena de sombras, la luz al final del túnel se descubre mirando hacia atrás. No sólo en Olivos evocan “un tiempo que fue hermoso” para encontrar certezas. La brújula enloqueció para todos, oficialistas, opositores y hermafroditas políticos. Todos vuelven a las fuentes. Duhalde saborea de nuevo sus épocas de Gran Elector; Carrió no se achica cuando la acusan de gestar “otra Alianza”, quizá porque recuerda que precisamente en la oposición parlamentaria la Alianza fue una topadora; y las caras bonitas de la centroderecha parida en el menemismo vuelven a sonar como alternativas potables: Reutemann, Macri, Solá y De Narváez. Falta uno.

¿SCIOLI O DANIEL? En el despacho del gobernador bonaerense retumba la consigna: “No dejes de ser vos, Scioli tiene que volver a ser Daniel”. Sus íntimos buscan la cuadratura del círculo, probando tácticas para no quedar atrapados en la dinámica electoral, justo en el distrito donde se libra “la madre de todas la batallas”. Scioli apuesta a bajar la cabeza, ponerse anteojeras y trotar a paso sostenido hasta el final de su gestión. Está convencido de que, si hace bien los deberes de la provincia, será recompensado. Por quien sea: si está Kirchner, será un presidenciable K; si Néstor ya fue, los que vengan después sabrán apreciar su dedicación administrativa. Y confía en que nadie lo castigará por haber sido aliado kirchnerista, como tampoco lo castigaron por su pasado menemista y luego duhaldista. Sin embargo, Kirchner le complica esa estrategia diariamente. En plena batalla territorial, el jefe del PJ no puede darse el lujo de tener un gobernador bonaerense aparentemente neutral, sobre todo si ese gobernador mantiene una imagen alta. Pero ese capital simbólico hay que alimentarlo. “Cuando Daniel habló a favor del campo, subió diez puntos en las encuestas”, señala un hombre clave de su gobierno, quien también reconoce que ése fue un lujo que Kirchner no le dejará darse de nuevo hasta las elecciones de octubre. Cada vez que Daniel se despega un milímetro del discurso K, Néstor lo llama para una foto y le da el abrazo del pingüino. Duhalde también lo “protege”, declarando que Scioli es un rehén de la Casa Rosada. En esa tenaza, Scioli añora los tiempos en que podía pasear su sonrisa deportiva por cualquier lugar público: hoy debe esquivar las aglomeraciones chacareras, consciente de que el conflicto del campo no admite su tradicional rol conciliador. Pero también sabe que debe hacer lo imposible por no quedar pegado al lenguaje de barricada kirchnerista: “Ése no es el Daniel que la gente quiere”, explican en su entorno. Tampoco es el Daniel que el establishment aprendió a querer: la simpatía que gozó entre los empresarios –que lo valoraban como un interlocutor infiltrado en el kirchnerismo– comienza a desdibujarse, mientras el espectro opositor multiplica la oferta business-friendly. Su ambigua esperanza es que la crisis política en el campo se ahogue en un mar de conflictos sociales y sindicales que impongan otra agenda de prioridades a la opinión pública, lejos de la pulseada Gobierno-agro. Lejos de hoy.

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