Onza de oro

Por Alfredo Zaiat.

El oro ejerce una fascinación en toda época y lugar. Ha sido venerado, mitificado y utilizado como medio de pago y reserva de valor. Más de la mitad de lo que se extrae de las minas en la actualidad es utilizado en la industria de la joyería, pero también como opción de inversiones financieras e insumo relevante en la electrónica y en instrumentales médicos.

En la historia de la economía, el oro, como depositario de valor, ha permitido establecer relaciones entre los precios de los bienes, organizando un sistema de intercambio en el comercio internacional, estableciendo además las bases de un sistema monetario internacional moderno. Actuó así como reserva y medida de valor. Esas dos cualidades fueron reunidas a comienzos de 1700 por Inglaterra, la entonces potencia hegemónica, reinando en el comercio mundial y cuna de la Revolución Industrial, cuando mantuvo invariable el precio del oro (21 shillings por cada moneda "Guinea de oro", que equivalía a 77 shillings y 10,5 peniques por cada onza) durante 200 años, hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial. Esa fusión de la carga simbólica del oro como metal precioso y de unidad de cuenta en monedas elaboradas en oro fue un elemento esencial del proceso económico moderno. Las finanzas y el comercio internacional comenzaron a girar alrededor del oro. El estallido de la primera Gran Guerra y luego de la Segunda alteraron ese funcionamiento, desplazando el cetro de la hegemonía económica mundial de Inglaterra a Estados Unidos. Entonces el papel moneda denominado dólar se convirtió en el medio de cambio aceptado a nivel internacional. Hasta 1972, el dólar, en teoría, estaba respaldado por el oro acumulado en la Reserva Federal en una relación de cambio fija. Desde ese año, Estados Unidos, para enfrentar sus crecientes desequilibrios macroeconómicos (déficit de comercio exterior), declaró la inconvertibilidad del dólar. La potencia económica estableció de ese modo que su moneda era la medida de equivalencia para las transacciones internacionales. Desapareció así el patrón oro, y emergió uno dominado por el dólar. La cuestión más fascinante y llena de incertidumbres, que surge de la actual crisis global, reside en que ese patrón dólar está tambaleando. Los principales actores económicos de la Argentina pueden estar tranquilos con su obsesión patológica por el billete verde puesto que los procesos de decadencia no son automáticos. Son con final abierto en un escenario futuro que hoy es desconocido. Pero eso no significa ignorar lo que está pasando. Por lo pronto, el Nobel Joseph Stiglitz afirmó que "el sistema de reserva global basado en el dólar ya está desgastado: el dólar demostró no ser una buena fuente de almacenamiento de valor". En ese panorama reaparece el oro, con todo su brillo y seducción, superando los 1000 dólares la onza, como refugio de valor ante un esquema monetario global incierto.

Los profundos desequilibrios provocados por los déficit gemelos de Estados Unidos (fiscal y comercial) fueron financiados desde la década del ’70 por el resto del mundo. La emisión de dólares billetes y deuda fue absorbida por los países superavitarios, especialmente Japón y China, acumulando millonarias reservas en esa moneda. La actual crisis global agudizó esa situación de la economía estadounidense porque, además del desequilibrio estructural de esas cuentas, se sumó la instrumentación de inmensos paquetes de auxilio para bancos, compañías de seguro (AIG) y automotrices (General Motors). A la emisión para cubrir esos déficit se le agregó la destinada a salvar empresas símbolos del capitalismo global. Esos billones de dólares adicionales en circulación, que hoy se traduce en una elevada liquidez que está alimentando una nueva burbuja bursátil internacional, plantea interrogantes acerca de esa moneda de referencia. Los principales tenedores de dólares fuera de Estados Unidos se enfrentan a un dilema de supervivencia: gran parte de sus reservas está colocada en una moneda que se debilita, pero no pueden desprenderse de ella sin provocarse un daño mayor. En ese inestable equilibrio de la arquitectura financiera internacional comienza a desarrollarse una lenta pero persistente diversificación de activos. Y el oro aparece como uno estratégico, de refugio frente a un contexto mundial que está transitando un pausado sendero de decadencia del reinado de la actual moneda hegemónica.

Esto se traduce en alzas de commodities y de ciertos bienes-refugio. De todos modos, esa tendencia positiva tiene implícito lo que se denomina "ilusión monetaria". La suba de precios de esos activos ofrece a los vendedores un estado de satisfacción porque reciben más dólares por sus productos entregados. Pero, en realidad, esa mayor cantidad de billetes tiene un menor valor por el retroceso de esa moneda de referencia. En ese contexto se tienen que entender ciertos movimientos de países petroleros que proponen abandonar al dólar como unidad de valor para sus barriles.

En ese turbulento escenario monetario, economías periféricas tienen la oportunidad, pero también la responsabilidad, de diseñar estrategias que les permita adaptarse de la mejor manera posible a esa situación. En ese sentido se inscriben iniciativas como la diversificación de reservas, los acuerdos de intercambio de monedas (como los swaps definidos por el Banco Central de Argentina con los de Brasil y China), la compensación de transacciones comerciales excluyendo al dólar y el proyecto de una moneda regional. En esa tendencia no se está incluyendo como aspecto estratégico la acumulación de oro como activo de reservas, ni la preservación de la riqueza en oro que se encuentra en la cuenca minera. En un artículo publicado en el suplemento Cash el 15 de marzo pasado, el especialista Federico Bernal explica que "vista la tendencia de varios bancos centrales de países OCDE de preservar, y en algunos casos incrementar, el oro metálico de sus reservas oficiales, y suponiendo que la Argentina se vuelque por igual decisión, dos podrían ser los caminos para avanzar en esa dirección". Señala que "el primero, acopiando el oro nacional al ritmo que la producción local lo permita. El segundo, comprando oro extranjero". Bernal detalla que la Argentina es el segundo productor de oro de Sudamérica y decimocuarto a nivel global, lo que presenta como absurdo la última opción. Se pregunta entonces cómo acopiar el oro propio. Y plantea dos vías posibles: la primera, establecer una ley que obligue a las empresas mineras que operan en el país a vender el oro extraído al Banco Central. La segunda vía más extrema indicada por Bernal sería la expropiación (con indemnización, previa deducción de los pasivos ambientales) de los emprendimientos auríferos cuya producción supere las 50.000 onzas troy anuales. "El Estado recuperaría así una producción equivalente a las 2.500.000 onzas de oro, equivalente a casi 2500 millones de dólares."

Un antecedente reciente que también dilapidó reservas en oro tuvo como protagonistas a la dupla de economistas del CEMA, Roque Fernández y Pedro Pou, durante sus respectivas gestiones al frente del Banco Central en la década del ’90. A principios de diciembre de 1997, Pou se mostró orgulloso de haber liquidado toda la existencia de oro que había en las bóvedas de la autoridad monetaria. En total vendió 4 millones de onzas a un precio promedio de 370,22 dólares. El BC recibió entonces 1480,9 millones de dólares por esas operaciones. El proceso de venta del oro se había iniciado en la última etapa de Roque Fernández al frente del Central y se aceleró durante 1997. Entusiasmado por lo que percibió como un excelente negocio, Pou llevó la ola vendedora hasta sus últimas consecuencias. En octubre de 1998 liquidó monedas del siglo XIX por 100 millones de dólares, que fueron ofertadas en la casa de remates Sotheby’s. Eran monedas emitidas durante los gobiernos de Julio Argentino Roca, Miguel Juárez Celman y Carlos Pellegrini. Se cerraba así una historia de acumulación de oro, que había sido característica del desarrollo de la Argentina y que había tenido su mejor momento durante el primer gobierno de Juan Domingo Perón, cuando, según el relato-leyenda, los lingotes ocupaban los pasillos del Banco Central.

Algunas decisiones estratégicas de los economistas, presentadas como verdades absolutas en su momento, se definen con el paso del tiempo si fueron acertadas. La de Fernández-Pou definitivamente no lo fue: esas 4 millones de onzas liquidadas tendrían hoy un valor de 4280 millones de dólares. Fueron vendidas a 1480,9 millones. El resultado es una pérdida financiera de las reservas equivalente a 2799,1 millones de dólares a la última cotización de cierre de 1070 dólares la onza.

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