El olor de los terremotos

Por Federico Kukso.

A la ciudad de Pisco, Perú, le tomó 3.007 años levantarse y tan sólo 210 segundos desaparecer.

A la ciudad de Pisco, Perú, le tomó 3.007 años levantarse y tan sólo 210 segundos desaparecer. Así, de una y sin prólogo, un terremoto de 7,9 grados clavó el reloj en las 18.40 con 57 segundos del 15 de agosto de 2007. O sea, 0,9 grados más que el sismo que sacudió a Haití. Fue hace mucho y hace poco: tres minutos y 30 segundos que parecieron (y fueron) eternos en los que, literalmente, las escuelas, la plaza central con su estatua de San Martín, la parroquia San Clemente y el cementerio –con todos sus muertos y féretros– se tambalearon como si estuvieran encima del Samba.

Lo que hasta entonces era una ciudad pesquera de 50 mil habitantes más conocida en el mundo por su creación etílica –aquel trago dulzón hecho con azúcar, jugo de limón, licor y clara de huevo– se transformó con el crujido silencioso que acompaña todo movimiento telúrico en una "no ciudad", un agujero negro en el mapa.

Destruida de día e invisible de noche. Tal vez por eso, ninguno de los cinco delegados de Cascos Blancos, tres médicos especialistas en catástrofes, militares varios y periodistas –figurettis unos y anónimos otros– nos dimos cuenta de que al fin habíamos llegado al epicentro de la tragedia, después de un vuelo ensordecedor de unas ocho horas infinitas encima del avión Hércules de la Fuerza Aérea Argentina –una lata de sardinas con alas– repleto de carpas, colchones y medicina para potabilizar agua.

Fogatas y ecos de disparos a lo lejos fueron las dos únicas compañías durante la noche en un campamento improvisado en el aeropuerto, rodeado por un cerco policial: ahí llegaba la ayuda humanitaria internacional, ahí estaba el lugar a saquear.

"Tengan mucho cuidado. La gente está desesperada, no come desde hace dos días", fueron las palabras de bienvenida de un militar de 23 años con fusil en mano y cara que delataba su hartazgo de ver tanto muerto. La misión era simple: recorrer, ver, escuchar, escribir unos, grabar otros, en lo que parecía sin exageración una zona de guerra con muchos "sin": sin agua, sin electricidad, sin internet, sin sonrisas, sin vida.

El viaje a bordo de la camioneta blanca que nos llevó al epicentro de la tragedia, la Plaza de Armas, fue como una piña en el medio del mentón. Postes de electricidad caídos y chispeantes, grietas en el piso, los muros y las caras, botes con algas en medio de la calle, chicos huérfanos que deambulaban como zombies y mucho polvo sobre un fondo gris y silencioso.

Después nos enteraríamos de que 17 mil casas de adobe se habían derrumbado, que hubo 510 muertos, 1.500 heridos y más de 300 personas desaparecidas. En definitiva, cifras abstractas y lejanas, de aquellas que se olvidan al cambiar de canal y al dejar atrás el "último momento" en voz compungida del locutor televisivo de turno.

Es el repetido carácter anulador de la tele: así como mata distancias, la imagen televisiva anula dimensiones de la realidad. Porque las cámaras de TV pueden capturar milimétricamente la lágrima que recorre la mejilla de una mujer que perdió todo, los féretros abiertos en un cementerio desbaratado o la iglesia fracturada al medio. Pero al mismo tiempo son incapaces de encapsular en su cinta digital el elemento clave que fogonea la tragedia: el olor a muerte –una sensación indescriptible, sólo vivenciable– desprendido por aquellos cuerpos aplastados de cara desfigurada que se apilaban en un cementerio improvisado en la plaza, corazón de la no ciudad, a centímetros de vos. "Eso" era un muerto. "Eso" había sido una persona. Ni un maniquí ni un truco. La muerte estaba ahí y en todas partes. Tanto se repitieron las escenas que lo peor finalmente sucedió: la gente empezó a caminar sin ver. La muerte se había naturalizado; se había hecho parte del paisaje.

Los años pasaron pero el recuerdo del olor a muerto perdura y se revitaliza cada vez que escucho la palabra terremoto y cada vez que veo, huelo y tomo un pisco sour. Y ahí reflota también el sentimiento de impotencia, el de no haber podido salvar a nadie ni con un paquete de galletitas también destrozado, como todo en Pisco. Una botella de agua entregada a un chico era la desilusión de otros diez, cincuenta, cien. Una más que se sumaba al saber que pasaban las horas y la comida no llegaba por el caos, los robos, la burocracia latinoamericana.

Ahora sólo quedan entradas lejanas en Wikipedia, fotos de archivo, notas escritas a las apuradas con la pulsión instintiva de contar lo que uno ve, sabiendo que en unas horas tanta muerte y olor a muerto iban a quedar atrás. Como un recuerdo lejano, casi fantasmal para reflotar en charlas de café y contratapas como ésta.

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