El Olimpo, 30 años después.

Por Jorge Fontevecchia.

Anteayer, por primera vez en la historia de este diario, llamé al jefe de Redacción para decirle que no podía escribir la contratapa (de la edición del sábado); que empezaba un tema y lo abandonaba, porque no me gustaba lo que salía. Comenzaba con otro, y lo mismo. Mi desconcentración era un síntoma. Al día siguiente –ayer– vencía el plazo para escribir sobre mi visita al ex centro clandestino de detención El Olimpo, donde estuve detenido durante la última dictadura. Ya habían pasado tres días desde la visita y, como tantas otras veces con el mismo tema, lo dejé encapsulado en algún lugar de mi mente, sin pensar en él hasta que no me quedara otra alternativa que hacerlo.

ALLA ESTUVISTE. Isabel Ferutti, quien también estuvo en el mismo ex centro de detención clandestina que el director de PERFIL, señala cada uno de los lugares que compartieron. .

Anteayer, por primera vez en la historia de este diario, llamé al jefe de Redacción para decirle que no podía escribir la contratapa (de la edición del sábado); que empezaba un tema y lo abandonaba, porque no me gustaba lo que salía. Comenzaba con otro, y lo mismo. Mi desconcentración era un síntoma. Al día siguiente –ayer– vencía el plazo para escribir sobre mi visita al ex centro clandestino de detención El Olimpo, donde estuve detenido durante la última dictadura. Ya habían pasado tres días desde la visita y, como tantas otras veces con el mismo tema, lo dejé encapsulado en algún lugar de mi mente, sin pensar en él hasta que no me quedara otra alternativa que hacerlo.

Estuve allí el pasado martes 6 de enero, el mismo día que se cumplían los 30 años de mi detención, que fue en la madrugada de Reyes de 1979. El 8 de enero de 1979, mis padres presentaron el hábeas corpus en el Juzgado Federal Nº 1, al día siguiente publicó la noticia el diario The Buenos Aires Herald, y al siguiente se hicieron eco varios diarios de todo el mundo. Eso me salvó la vida, pero no me evitó la experiencia, que traté siempre de olvidar a pesar de que me la evocaran algunos pequeños rastros psicológicos, como estar pendiente de los espejos retrovisores de los autos.

Pero al entrar al Olimpo, los recuerdos renacen. Digo: “Yo escuchaba siempre una música litoraleña de una radio que tenía encendida un guardia con acento correntino”. “Claro, era el guardia al que le decíamos el Paraguayo”, me responde Isabel Ferruti (conmigo en la foto que ilustra esta columna), miembro de la mesa de trabajo y consenso del ex Olimpo, también detenida allí en la fecha que yo estuve, y miembro del proyecto de recuperación del ex Olimpo Area Educación, quien solidariamente me acompañó en el recorrido. “Le decíamos Paraguayo –concluye– por la música, pero se trataba de un gendarme correntino”.

“Recuerdo también –agrego yo– un calor abrasador, algo similar al de hoy (la máxima este martes fue de 36º), pero mucho más fuerte a pesar de que estaba desnudo.” E Isabel agrega: “Era un horno en verano y una heladera en invierno, por los techos de chapa que estaban por arriba de todo lo construido. Al principio, para aumentar la sensación de vejación, todos estábamos desnudos, pero luego, cuando pasabas del área de incomunicados, donde vos estuviste, a la normal, ahí ya nos dejaban vestir ropa y conversar entre nosotros”.

“Yo creo haber estado solo en el área de incomunicados, y (viendo el plano) de las cinco celdas, ocupaba esta del medio porque las paredes, todas de cemento, comenzaban donde terminaba el camastro, también de cemento, salvo donde estaba la puerta, que quedaba apenas el espacio para que pudiera abrirse. Y sólo escuchaba gritos cuando me llevaban al baño que quedaba aquí, pegado a la sala de interrogatorio y tortura.”

“En enero de 1979 –me dice Isabel– quedábamos alrededor de cuarenta detenidos, dos por celda ocupando los dos camastros, pero cuando hubo más detenidos alguno dormía en el piso.”

“Pero mi celda tenía un solo camastro”, e Isabel confirma: “Las de incomunicados sí tenían un solo camastro por celda”.

“También recuerdo –dije– que una vez me llevaron a bañarme de noche y una vez que cerraron la puerta del lugar donde me trasladaron me saqué la capucha y era una gran sala de baño, para decenas de personas, con el techo lleno de caños con agujeros por donde salía agua”. “Claro –dice Isabel–, era acá (muestra en el mapa) donde nos bañaron a todos: a los incomunicados los llevaban de noche mientras los demás dormían”.

“Estando en la celda –le cuento–, y cuando no sentía ruido, me levantaba la capucha para mirar por el pequeño agujero que hacía de mirilla en la puerta toda compacta de hierro. Lo único que veía era, frente a las celdas, unas muy altas ventanas que remataban en forma de arco con un semicírculo superior por donde entraba la luz”. Mientras estábamos recorriendo, Isabel abre una puerta que comunica con lo que fue el sector incomunicados y dice: “Ahí tenés las ventanas que mirabas, tapiadas con material hasta el semicírculo superior”. A lo que respondo: “Cuando las veía desde la mirilla de mi celda me parecían enormes, proporcionalmente gigantescas y ahora que las veo desde otra perspectiva emocional, siguen siendo grandes, pero me parecen mucho más chicas”. E Isabel, mucho más experta que yo en el tema porque antes de El Olimpo había estado detenida ilegalmente en el centro clandestino de detención El Banco, me explica: “Todos veíamos todo más grande de lo que era porque nuestro yo estaba empequeñecido, ellos se preocupaban de hacernos sentir tan miserables y nuestra capacidad de autonomía era tan insignificante, que lo exterior resultaba engrandecido desde la posición que mirábamos”.

El caso de Isabel no fue una excepción. A El Olimpo, que se encuentra en la manzana que forman las calles Ramón Falcón, Lacarra, Fernández, Rafaela y Olivera, del barrio de Floresta, trasladaron a los últimos detenidos ilegales que quedaban cuando desmantelaron El Banco, en Autopista Richieri y Camino de Cintura, que previamente había recibido los detenidos de Club Atlético, el centro clandestino de detención que funcionaba en la Avenida Paseo Colón entre Cochabamba y Avenida San Juan, también desmantelado cuando se construyó la autopista 25 de Mayo. Hubo más de 520 centros de detención clandestina, y 46 de ellos en Buenos Aires

El Olimpo fue abierto el 16 de agosto de 1978 para ser el último centro clandestino de detención de la Ciudad de Buenos Aires (a excepción de la marina que continuó con la ESMA activa) y cerró en enero de 1979. De los 40 detenidos que llegaron a su desmantelamiento, la mitad fueron liberados y el resto asesinados, uno de los métodos habituales de exterminio era llevarlos a la Base Aérea El Palomar, subirlos a aviones y luego los arrojaban al mar. Cuando a mí me detuvieron, yo tenía 23 años, muchos para un dirigente estudiantil pero muy pocos para un periodista que recién había comenzado su carrera. Mis padres siempre recuerdan que un día les dije que si me hubieran hecho nacer dos años antes, hoy estaría en el fondo del mar como varios de mis colegas de mayor edad. En 1979, la práctica de los secuestros y alojamiento en campos de detención, tortura y extermino estaba siendo abandonada por la dictadura porque le era insustentable por la presión de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU y la Comisión de Derechos Humanos de la OEA, que visitó la Argentina en misión oficial en 1979, y la creciente resistencia interna.

El Olimpo fue construido para mantener simultáneamente 150 personas y se estima que pasaron por él alrededor de mil quinientas. Para dar una idea de lo dificultoso que resultó reconstruir los rastros del ocultamiento, sólo hay identificados alrededor de ochenta asesinados y ochenta liberados, por ejemplo mi caso está registrado con el número 6.570 en la Comisión Nacional de Desaparición de Personas (Conadep).

Los grupos de tareas, así se autodenominaba el personal represivo, que actuaron en El Olimpo estaban integrados por miembros de Policía Federal (entre ellos el subcomisario Samuel Miara, apropiador de los mellizos Tolosa) y Bonaerense, Ejército, Servicio Penitenciario y Gendarmería, pero todos dependían del Primer Cuerpo de Ejército a cargo del general Guillermo Suárez Mason, apodado “el Carnicero del Olimpo”. Olimpo porque “era el lugar de los dioses”.

Originariamente, el lugar pertenecía a la División Automotores de la Policía Federal que lo había utilizado como garaje de sus vehículos, décadas antes de la última dictadura. Por eso la película más premiada sobre un ex centro clandestino de detención, se llamó Garaje Olimpo. Estrenada en 1999, obtuvo decenas de distinciones; entre ellas, los premios del Festival de Cannes, de Cartagena, de La Habana, de Huelva y de Santa Bárbara. Curiosamente, la dirigió un chileno: Marco Bechis, quien también estuvo detenido en un campo de concentración en su país.

Después de haber sido el garaje de los Ford Falcon verdes más grande del país, en 2004 Néstor Kirchner traspasa el edificio del Ministerio de Interior al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, la Policía Federal abandona el lugar el 8 de junio de 2005 y en noviembre de 2005 se abrió al público.

Fue por entonces que pude visitar por primera vez El Olimpo, coincidiendo con pocos meses de diferencia con la primera condena a quienes estuvieron amparados por las leyes de Obediencia Debida y Punto Final; justamente al jefe de interrogatorios del Olimpo, el “Turco Julián”. Esa vez me acompañó a recorrer El Olimpo la entonces subsecretaria de Derechos Humanos de la Ciudad de Buenos Aires, Susana Caride, quien al igual que Isabel Ferruti, había sido detenida a mediados de 1978; estuvo en El Olimpo cuando yo pasé por él y tuvo la fortuna de integrar la lista de liberadas a fines de enero de 1979.

En esta visita me recibió también el actual subsecretario de Derechos Humanos, Helio Rebot, junto a otros funcionarios de su dependencia. E Isabel Ferutti estaba acompañada por Marcelo López del Proyecto de recuperación del ex Olimpo, Area Comunicación; Joan Manuel Portos del Proyecto de recuperación del ex Olimpo, Area Educación; y Ariel Korsin del Proyecto de recuperación del ex Olimpo, Area Biblioteca; estos tres últimos de poco más de veinte años. Con todos ellos se generó espontáneamente una mesa redonda (ver segunda foto de la página siguiente) donde las diferencias generacionales, entre quienes vivieron la dictadura y pueden colocar los hechos dentro de su contexto y los más jóvenes, que tienen una visión caricaturizada de aquellos años, potenciada por la utilización política que se hace de su rememorización.

Traté de ampliar sus perspectivas con mi testimonio e, inicialmente, coseché incredulidad y resistencia a mi relato entre los más jóvenes. Espero que al final los gestos de mayor aprobación hayan sido sinceras expresiones de que el testimonio compartido fue útil.

Puse énfasis en contar cómo era aquella dictadura que yo cubrí como periodista y lo mediocres y hasta a veces estúpidas que me resultaron aquellas dirigencias militares. Usé el ejemplo de Ana Arendt con su famosa descripción de la banalidad del mal cuando en 1963, le tocó cubrir el juicio Eichmann en Jerusalén. Puse un ejemplo, mi estada en El Olimpo coincidió con el fin de la tensión con Chile gracias a la mediación de Juan Pablo II y el cardenal Samoré, dije que en la sesiones de tortura-aleccionamiento-catequesis a la que me sometían, continuamente se referían a la guerra con Chile como algo necesario y criticaban a los “blandos” del Ejército por acceder a la paz. Los “blandos” eran nada menos que los ex comandantes del Ejército y ex presidentes de facto Jorge Rafael Videla y Roberto Viola, y los duros eran precisamente el ex general Suárez Mason, de quien dependía El Olimpo, su camarada del Tercer Cuerpo de Ejército, el ex general Luciano Benjamín Menéndez y el oscilantemente peronista, comandante de la Armada, el ex almirante Emilio Eduardo Massera quien había sido elegido por Juan Domingo Perón para conducir la Marina y, pocos días después de su muerte, puesto en el cargo por su esposa. Si no hubiera existido la exitosa mediación del Vaticano, la Argentina hubiera ido a la guerra con Chile con la misma confianza que fue a la de Malvinas y muy probablemente con el mismo resultado porque las fuerzas armadas chilenas estaban mejor organizadas y Pinochet, un asesino aún más cínico, los superaba en estrategia y capacidad de mando como también se demostró en el terreno económico. Tan obcecada era esa dirigencia, que al no poder hacer una guerra con Chile decidió hacerla contra Inglaterra e indirectamente contra toda la OTAN, la organización militar más poderosa del planeta, colocando al frente nada menos que a un conductor probadamente borracho como el ex general Leopoldo Galtieri.

La economía es otro ejemplo: las dictaduras de Brasil, con su modelo más keynesiano, o la chilena, con su modelo neoliberal, cada una con su estilo, lograron que sus países no perdieran el rumbo del progreso, mientras que la Argentina ingresó en un período de decadencia sistémica. Asumiendo que los golpes militares en Latinoamérica fueron una política establecida por los Estados Unidos para frenar la expansión del comunismo en la región, y los desaparecidos junto al Plan Cóndor una herramienta copiada por el Pentágono a los franceses en Argelia para destruir la resistencia local, aún así no se puede dejar de mencionar que en Brasil y Chile se asesinó a mucho menos gente y la economía marchó mucho mejor que en la dictadura argentina. Como decía Napoleón: “Fue peor que un crimen, fue un error”.

En Brasil y Chile no se dieron casos de robo de bebés o disputas por botines de guerra de los secuestrados, convirtiendo a las fuerzas de seguridad en una banda de delincuentes comunes donde la ideología quedaba en un segundo plano. Nos cuesta reconocer que se trataba de un grupo de asesinos mediocres porque nos aleja del –un poco menos incómodo– lugar de víctimas de una mal superior, sometidos sin alternativa por un poder diabólico. Hiere el humano mínimo narcisismo de los familiares de las principales y verdaderas víctimas, los asesinados por la represión, que sienten el doble dolor de que el asesino no sea alguien, aunque sea en el mal sentido, extraordinario, sino vulgar.

¿El equivalente a Firmenich de Chile habría quedado con vida en la dictadura de Pinochet? La dictadura argentina fue brutal pero muy torpe, adelantando en su torpeza el deterioro dirigencial que también continuaría tras ellos. ¿Resulta lógico que la sala de torturas del sector de incomunicados de El Olimpo, el quirófano, diera contra la calle desde donde yo recuerdo escuchar el ruido de los colectivos y donde se podían escuchar también los gritos de los torturados? Peor aún: ¿resulta lógico que el principal centro clandestino de detención tortura y exterminio estuviera emplazado en la Escuela de Mecánica de la Armada, el principal edificio de esa institución en la capital del país? Antes de mi detención yo mismo escribí una columna descreyendo que pudiera haber un centro clandestino en plena Avenida del Libertador. El propio Hitler llevaba sus principales campos de concentración y exterminio fuera de sus fronteras, en Polonia por ejemplo, lo que imitó Bush con la prisión de Guantánamo, alejada de su territorio. Si la soberbia les hizo creer a los represores argentinos que cualquier acción, sin límite alguno, podía quedar impune, eran, además de malvados, unos necios.

Pero que los represores hayan sido burros no resta a nuestro recuerdo sino que le suma matices porque, como dice el editorial de Memoria V, la publicación producida por el Instituto Espacio para la Memoria, dedicado exclusivamente a El Olimpo: “Este lugar nos ha sido legado como nuestra sede por la muerte y la tortura de los que aquí sufrieron. Pero que esto no nos convierta ni en héroes, ni en modelos. Aprovechemos estas circunstancias para establecer fecundas corrientes de comunicación en la tarea de promover el reconocimiento y ejercicio de los derechos elementales. Debemos investigar, promover, desarrollar, impulsar acciones que tiendan a perfeccionar el conocimiento de los derechos y obligaciones como personas y como ciudadanos, procurando evitar que nuestra acción favorezca introducir entre nosotros competencia entre líneas políticas”.

Lamentablemente, junto con lo mucho que hizo Néstor Kirchner en favor de quienes vieron atacados sus derechos humanos durante la última dictadura y sus familiares, que merece eterno reconocimiento, está la degradación de una causa que tendría que haberse mantenido como patrimonio de todos los partidos y la democracia en su conjunto, en una herramienta de uso político en favor de las conveniencias y los aliados del presente. La anulación de las leyes de Obediciencia Debida y Punto Final fue votada por todo el arco político y promovida por más legisladores del ARI de Elisa Carrió que de ninguna otra fuerza. Esto permitió que fueran encarcelados y juzgados además del citado comisario Miara y el “Turco Julián”, Scifo Módica, alias “Alacrán”, quien increíblemente estaba al frente del Centro de Atención a la Víctima de la Policía Federal; el comisario Raúl González, miembro de la banda de los comisarios, que secuestró –entro otros– a Mauricio Macri, Karina Werthein, Sergio Meller y Osvaldo Sivak; y el subprefecto Juan Carlos Avena, alias “Centeno”, quien tras El Olimpo fue director de la cárcel de Esquel y subdirector de la Unidad 16 de Caseros.

Resulta importante comprender también que las víctimas no fueron sólo militantes de Montoneros o la JP sino también radicales y hasta liberales, como es mi caso, que siempre me manifesté contra la guerrilla. Se podría decir que en la resistencia hicieron más los radicales como Alfonsín, presidente y primero fundador de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) junto a la doctora Alicia Moreau de Justo, Oscar Alende y Alfredo Bravo, que la JP o Montoneros porque en su mayoría estos últimos se encontraban muertos, detenidos, exiliados o escondidos. Y lo mismo sucedía con la prensa: los medios netamente combativos dejaron de editarse por idénticas razones. La revista La Semana, predecesora de la revista Noticias, como otros medios, al defender derechos básicos de las personas, fue clausurada y previamente prohibida la circulación de seis ediciones.

En síntesis, ningún sector tiene el derecho de arrogarse el mérito de la recuperación de la democracia, ni el de exhibirse como única víctima de la dictadura. Los juicios a las juntas de ex comandantes y los actuales son el resultado del aporte de muchas personas que provienen de muchas corrientes políticas. Simplificar la historia e ideologizarla oscurece en lugar de aclarar el panorama de la memoria.

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