Ojos que da pánico soñar

Los talibanes parecen poco dispuestos a verse reducidos a un mero adjetivo que reúna todo lo extremoso de una posición que no admite ni razones ni fuerzas. En Pakistán y en Afganistán, siguen dando una batalla cuyo resultado queda aún por decidirse.
En tierra afgana, las próximas elecciones del 20 enfrentarán al aliado de Occidente, Hamid Karzai, con una serie de partidos y facciones que sólo varían en sus grados y motivos de belicosidad. Si el país invadido en 2001 por una coalición liderada por los norteamericanos que esperaban encontrar allí la guarida de Osama bin Laden sigue siendo tan musulmán como entonces, también ha reaparecido un supremacismo étnico de los pashtunes, que quieren gobernar sin tayikos ni otros pueblos.

CARAS Y VELOS. Las imágenes de las burqas, que cubrían por entero el rostro de las mujeres afganas, fueron una de las predilectas que los fotógrafos trajeron de la invasión de la OTAN. El país agredido que invadía, sin embargo, sólo puede enorgullecerse de haber tenido tres mujeres en su Corte Suprema. Ayer sábado la puertorriqueña Sonia Sotomayor pudo asumir en Washington como jueza suprema. Su madre, que la había educado en el gueto hispano del Bronx, le sostuvo una Biblia negra, menos lucida que la ancha pulsera de oro con reloj sobre la que el presidente de la Corte, el católico John Roberts, le tomó juramento.

LAS FALLAS DEL PARTIDO. Sólo los demócratas estuvieron a favor de que por primera vez, en la Corte Suprema de Estados Unidos, uno de los nueve integrantes sea latino. En un país donde los presidentes se cambian cada seis años, los jueces del máximo tribunal duran teóricamente hasta su muerte o su retiro voluntario, e influyen más, y de forma más indeleble, en el futuro nacional. Muy pocos senadores republicanos cruzaron la línea del bipartidismo, y votaron por fuera de sus lealtades partidarias. La mayoría de los republicanos, sin embargo, piensa que Sotomayor introducirá en la mayor instancia judicial norteamericana los prejuicios de su sexo y de su origen étnico y cultural.

QUIETISMO Y ACTIVISMO. El mayor reproche republicano para Sotomayor viene de una cita única, pero repetida hasta el agotamiento, extraída de una charla que como jueza ofreció, puntualmente en 2001, a un grupo de estudiantes. Allí dijo que como "juiciosa latina" (wise latina) que ella era, sentenciaba mejor que tantos varones blancos. Para la prensa norteamericana, la puertorriqueña es una mujer "de color". Esto daba que pensar a los republicanos que la mujer, una vez jueza, incurriría en el mayor vicio a sus ojos: el activismo judicial, la extensión, por vía jurisprudencial, de derechos cuya enunciación en la Constitución y en las leyes era hasta ahora más restrictiva. Algunos de los republicanos más independientes en su partido, como el ex desafiador de Obama y precandidato presidencial John McCain, votaron en contra. No fueron pocos los que entendieron que el Partido Republicano se había alienado al voto hispano, acaso irreparablemente en el corto plazo.

LOCUACIDAD SIN PALABRAS. Con un golpe de Estado en Honduras cuya resolución peculiar está cada día menos a la vista, explicar que se ampliarán los lazos militares con unos Estados Unidos menos mal dispuestos de lo que gustan mostrarse a homologar el frente afgano-paquistaní con el de su viejo patio trasero requiere de mucha elocuencia en la América Latina de hoy. El presidente colombiano, Álvaro Uribe, cree contar con ella. Inició el martes, y concluyó con su fastidiosa puntualidad de jurista, una gira por Sudamérica que lo llevó a la Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Perú, Paraguay y Uruguay, donde trató temas relacionados con el narcoterrorismo, o con lo que él entiende por esto, y aspectos de la Unión de Naciones Suramericana (Unasur), que se reunirá en Quito mañana, y a cuya cita faltará con menos impuntualidad que con cálculo. Uribe habló cara a cara sus pares, pero calló programáticamente ante la prensa. Se anticipó así a la cumbre ecuatoriana, en la que Ecuador tomará la presidencia del bloque, y que coincidirá con la asunción de Rafael Correa a su segundo mandato presidencial. Uribe busca aislar a este país y a Venezuela del resto del continente: los sabe opuestos a lo que fue motivo de su viaje, que es justificar la extensión de las facultades norteamericanas para operar con y en hasta siete bases militares en su territorio. Resulta anticipable que Quito y Caracas expondrán motivos para repudiar el aumento de la presencia militar de Estados Unidos en la región: nadie ignora que Washington siempre usó el tráfico de drogas como excusa favorita para actuar en América Latina. En Estados Unidos, mientras tanto, los diarios prefieren recordar el 40 aniversario de Woodstock: que en un concierto de medio millón de personas no haya muerto nadie se convierte en uno de los motivos centrales de la nostalgia evocativa.

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