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Por Alfredo Zaiat

La comprensión de los procesos económicos requiere de una paciencia extra en esta época turbulenta, debido a que la vertiginosidad de los acontecimientos y el bombardeo mediático provocan confusión. Más aún cuando el discurso dominante que fracasó se resiste a abandonar la prédica y sigue siendo hegemónico ante la indecorosa pasividad de variados interlocutores.

A la demagogia sobre la pobreza de analistas que sólo les preocupa defender los intereses del poder económico, se le suma un coro afinado de economistas de la city que reclaman el retorno a las manos del ajuste del FMI. Ese infame consejo, que refleja colonialismo y deshonestidad intelectual, se difunde con una naturalidad asombrosa, teniendo en cuenta que Argentina es el caso paradigmático de desastre por obra del Fondo. Las recientes expresiones del titular de ese organismo desprestigiado, Dominque Strauss-Khan, sobre la necesidad de expandir el gasto público para enfrentar la crisis pueden llevar a malos entendidos. Se puede suponer en forma errónea que el FMI ha cambiado, pero sigue siendo la misma burocracia con los mismos tecnócratas de concepción neoliberal de siempre. Para no caer en esa trampa basta observar a las patrullas perdidas locales de la caída del Muro de Wall Street que consideran necesaria las políticas de expansión fiscal en los países centrales, pero lo evalúan inaplicable para la Argentina. Más aún, sugieren que aquí debe bajarse el gasto público como si nada hubiese pasado en el mundo y en el país en las últimas décadas y nada se hubiese aprendido de esa experiencia traumática. En una columna de opinión publicada el domingo pasado en Clarín, uno de los economista más respetados en la city y que preparó la presentación de una multinacional en un juicio contra Argentina en el tribunal arbitral parcial del Ciadi dependiente del Banco Mundial, Ricardo Arriazu, sostuvo que “esta receta (keynesiana) no es de aplicabilidad universal ni válida para cualquier tipo de situación”. Luego, sin mencionar a la Argentina, pero haciendo la descripción conservadora del proceso económico doméstico, reclama “hacer lo posible para conseguir apoyo exterior (léase FMI)”, concluyendo que “la reducción en el nivel de gasto interno es inevitable y las políticas de expansión del gasto sólo agravarán el ajuste posterior”.

Frente al incesante batallar de ese discurso económico que se extiende facilitado por el perturbador escenario de estos meses, y que es receptivo en gran parte del poder económico, resulta fundamental estar atentos para no caer en esa celada. El mundo heterodoxo debe tratar de imponer su propia agenda y no ser el ala izquierda de ese pensamiento ortodoxo. Para ello requiere convicción y escapar de la autosatisfacción que brinda la demagogia mediática que ofrece el conservadurismo. El abordaje del fenómeno de la inflación en Argentina desde comienzos del año pasado es un ejemplo.

Desde la torpe intervención del Indec por parte de la administración kirchnerista, unos y otros han repetido la idea del desborde inflacionario como un proceso ajeno al comportamiento de los grupos económicos con poder oligopólico en el mercado. El pensamiento ortodoxo y cierta heterodoxia asignó el origen de los aumentos de precios a tradicionales estandartes del saber económico convencional: emisión monetaria excesiva asignada a la compra de dólares por parte del Banco Central, y al aumento del gasto público a un ritmo mayor que el de los ingresos. La inconsistencia de esas observaciones para explicar ese ciclo de alza de precios sólo puede entenderse como parte de las limitaciones conceptuales de esa corriente dominante, que expresa en realidad el propio desconocimiento de las fuentes de los fenómenos socioeconómicos. Además han falseado estimaciones de precios que elevaban el índice de inflación bien por encima del 20 por ciento en 2007, cuando el consenso la ubicó en el 17 por ciento, comportamiento que han repetido este año con un resultado final que es aún más bajo por la desaceleración del último trimestre. El prestigioso economista Bernardo Kliksberg rescató en una reciente exposición la precisa observación del Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz: “El fundamentalismo de mercado ha muerto definitivamente como paradigma para explicar la realidad y para actuar sobre ella. No ha muerto desde el punto de vista de los intereses que lo defienden, pero sí en su validez explicativa”.

A la vez para gran parte de la heterodoxia resultó más importante la intervención del Indec, hecho grave y preocupante para la salud del sistema de estadísticas públicas, que la dinámica de la formación de precios.

El proceso de alza de precios que se había empezado a insinuar en el último trimestre de 2006 y se consolidó a lo largo del año pasado hasta mediados de éste tuvo su origen en una tradicional puja distributiva. Esta se expresó en el objetivo del sector privado de mantener muy elevadas tasas de ganancias, conseguidas a partir de la megadevaluación con licuación de los ingresos de los trabajadores, y de la decisión empresaria de distribuir utilidades entre sus accionistas en lugar de invertir para ampliar el horizonte de producción para atender una demanda en recuperación. Los tres cuadros que acompañan este artículo, de fuentes que no pueden sospecharse de ser anti empresas (Instituto Argentino de Mercado de Capitales que depende de la Bolsa de Comercio y de la agencia de noticias financieras Reuters) son contundentes sobre esos comportamientos.

El aumento de precios aplicados por los grupos económicos dominantes de sus respectivos mercados que presentan balances en la Bolsa se tradujo en sustanciales mejoras de sus ganancias: el acumulado al tercer trimestre de este año alcanzó los 12.300,5 millones de pesos en comparación a los 8999,2 millones de igual período de 2007. Excluyendo las extraordinarias utilidades del sector petróleo y gas, las ganancias contabilizadas fueron 6893,8 y 5137,7 millones de pesos, respectivamente. En forma más directa, el alza de precios se expone en el fuerte crecimiento de los ingresos de explotación, que tuvieron una variación anual positiva del 24,8 por ciento contra el 13,9 por ciento del período anterior. En el rubro sensible de alimentos y bebidas, que impacta con intensidad en los sectores más vulnerables de la sociedad, las utilidades se elevaron de 303,5 a 362,2 millones de pesos, mientras que los ingresos de explotación treparon de 4892 a 6695 millones. Esto implica un alza del 37 por ciento, porcentaje que se acerca al ajuste de precio promedio de esos productos que castigaron los bolsillos de trabajadores y jubilados. Ese sostenido aumento de los márgenes y de las ganancias fue acompañado por un impactante suba en la distribución de utilidades vía dividendos a los accionistas. Los directivos de esas empresas pudieron destinar ese dinero a inversiones para responder a una demanda creciente, pero prefirieron repartirlo.

Analizar el proceso económico, en especial el último ciclo de alza de precios, a través de esas variables (aumento de ganancias, ingresos de explotación y de dividendos), permite comprender que el debate diario sobre la inflación es una pantalla para ocultar la persistencia de una inequitativa distribución de la riqueza y un arraigado comportamiento predatorio de la burguesía local y las multinacionales que operan en el país. A la vez, deja en evidencia la escasa efectividad en el control de esos mercados por parte de la Secretaria de Comercio Interior liderada por Guillermo Moreno. La demonización mediática de su figura, cuando se ha probado que el resultado de su accionar fue mediocre, ha sido funcional a la preservación de esas elevadas tasas de ganancias. Es cierto también que cuando la administración kirchnerista intentó un paso más audaz sobre su política deficiente de intervención en la dinámica de la formación de precios, como fue la definición de derechos de exportación móviles a cuatro cultivos claves, la reacción del poder económico fue furiosa.

Frente a un panorama que los ortodoxos y no pocos heterodoxos confunde, un rústico recurso para desmontar las falacias que ellos no se cansa de formular sobre la inflación es responder cómo pudieron realizarse ofertas con descuentos del 20 hasta el 50 por ciento en rubros diversos durante las últimas semanas. Esos precios fueron reducidos porque el alza previa había sido sustancial y la exacerbación de la sociedad del miedo por la crisis internacional habían retraído el consumo. Para volver a tentarlo aplicaron esas ofertas en un contexto donde la demanda sólo había sido afectada por el propio sector privado y defendida como pudo por el Estado. Para comprender esa estrategia empresaria basta con tirar al cesto las explicaciones que ocultan el origen de la inflación brindada por los economistas de la city y sorprenderse con que ese ajuste de precios estuvo impulsado por obscenos márgenes de ganancias.

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