Ocho ejemplos de un mal momento

Por Fernán Saguier

Hay cosas que un gobierno hace sólo cuando anda mal. Tropiezos o errores de cálculo típicos de épocas flacas, de falta de confianza o de escasa reflexión por urgencias acumuladas. Pasos en falso que atentan contra sí mismo y lo dejan en evidencia ante la opinión pública, por más esfuerzos que haga por demostrar poder o iniciativa política.

Por estos días, la actual administración llena varios casilleros de ese incómodo formulario. ¿Cuáles son? Veamos.

1) Denunciar un "plan de desestabilización" al voleo y sin identificar a nadie. Desde 2003, los Kirchner lanzaron una decena de teorías conspirativas, pero todas cayeron en el olvido sin que pudiera demostrarse nada. Primero fue el "complot" norteamericano con la aparición de la valija de los US$ 800.000 de Antonini Wilson y luego los "golpistas" del campo, confabulados con los "generales multimediáticos". Ahora se ven operaciones armadas detrás de las últimas manifestaciones callejeras que enloquecen a parte de la Capital. Al final, detrás de todo esto queda la sensación de un gobierno que acusa vagamente y sin explicaciones consistentes. Y lo único que consigue es dañarse a sí mismo al afectar la credibilidad de su palabra. Infausta credencial para la política del siglo XXI, lanzar manotazos al aire huele a la demagogia barata propia de los viejos regímenes populistas en apuros.

2) Culpar de todo a los medios: el deporte favorito de estos casi siete años. No hay discurso presidencial que no incluya una alusión despectiva a la prensa. ¿Qué da a entender un gobierno cuando ataca sistemáticamente a los comunicadores? Primero, que la realidad ofrecida no le es favorable. Segundo, que la crítica lo incomoda y lo hace sentir vulnerable. Y tercero, que ha elegido vivir en un ambiente cerrado, sin intención de rendir cuentas de lo actuado. Aquí no hay margen para ilusiones, el Gobierno acumula millas de diatribas contra el periodismo independiente con la devoción de un viajero frecuente.

3) Salir a afirmar públicamente: "No nos vamos a ir ni nos van a echar". Una enormidad del jefe de Gabinete que logra el efecto contrario al que seguramente quiso transmitir. Primero, porque no se conoce que desde sector alguno se haya siquiera sugerido tamaña posibilidad. Pero hay algo que es peor: al aceptar una cosa así, un gobierno que emplea cada minuto de su tiempo procurando mostrarse fuerte termina logrando que se hable del tema y, por lo tanto, dándole entidad. Los gobiernos fuertes nunca hablan de irse. En la batalla dialéctica de todos los días, en la que el oficialismo tanto empeño pone, el jefe de ministros trastabilló como un inocente amateur.

4) Pelearse con Marcelo Tinelli, Susana Giménez y Mirtha Legrand. Por estos días circula una ironía muy comentada que dice que el Gobierno puede darse el lujo de pelearse con el Fondo Monetario Internacional, con el campo, con la prensa, con los empresarios, con la oposición, con la Iglesia, pero nunca con Tinelli, Susana y Mirtha? ¡juntos y al mismo tiempo! Existen pocas decisiones más antipopulares que atropellar a las máximas celebridades de la pantalla por el solo hecho de que se hayan atrevido a opinar sobre aspectos de la vida cotidiana. Como bien señaló Pablo Sirvén en LA NACION el domingo pasado, Mirtha, Susana y Tinelli son personajes sumamente convocantes, sostenidos en el tiempo por la mirada de públicos masivos y heterogéneos, a los que legiones de espectadores aprecian porque han sabido desarrollar una formidable empatía con los vastos públicos que los siguen incondicionalmente. De tanto subir gente al ring, el oficialismo esta vez equivocó los invitados.

5) Ofrecer como aliados principales a los personajes más antipáticos para el común de la gente, según todos los sondeos. El kirchnerismo debería preguntarse cómo pudo permitir que Hugo Moyano y Luis D´Elía consumaran su flamante alianza con un apretón de manos y dentaduras relucientes delante de los flashes fotográficos. ¿Con esa sociedad draconiana se pretende reconquistar a la clase media urbana y rural? Resulta difícil imaginar qué pasa por las principales cabezas oficiales si creen que volverán de la derrota electoral del 28 de junio con semejante club de amigos. Curioso caso de una alarma que titila en rojo mientras todos miran enceguecidos de fascinación.

Desvelos

6) Esconder las encuestas. Si algo desveló todos estos años al poder fue difundir los altos índices de popularidad que mantuvo Néstor Kirchner durante su mandato. Pues bien, hoy estamos en las antípodas. Algunos encuestadores privados no se atreven a revelar sus números actuales por lo bajos que resultan para las autoridades (y por temor a represalias). Y, de buenas a primeras, la Casa Rosada ha perdido todo interés por hacer llegar las mediciones propias, tan insistentemente ofrecidas durante el primer período, a las redacciones. Un buen ejemplo de que, en ocasiones, el oficialismo tiene razón: en este rubro, los medios estamos, hoy, bastante desinformados.

7) El abuso de la cadena nacional. Variante que se creía perimida por falta de uso. Que retrotrae a un pasado en blanco y negro, distante en el tiempo, de monólogos graníticos que no soportan preguntas ni respuestas. Acaso el retroceso de mayor peso simbólico en la memoria ciudadana. Además, el excesivo uso del recurso todo lo que hace es quitarle efecto.

8) Que los líderes de los países vecinos sean motivo de envidia en la Argentina. Este momento del país registra otro hecho muy particular: buena parte de la población rescata las gestiones de Lula, Tabaré Vázquez y Michelle Bachelet, que ostentan similar orientación ideológica que nuestros gobernantes, pero para hacer una comparación en la que salimos perdidosos. Los tres se aprestan a dejar el poder tras exitosas gestiones económicas, impecable imagen internacional y, encima, acompañados por el afecto de sus compatriotas, casi como estadistas del Primer Mundo. Todo eso brilla por su ausencia en estas latitudes. ¿No hay algo aquí para revisar?

El Gobierno puede seguir gobernando con leyes sacadas a las apuradas y declamando a cuatro vientos que está más firme que nunca, pero al mismo tiempo queda al desnudo con otro lenguaje, tan explícito como autoincriminatorio, que habla por sí solo. En algún momento deberá empezar a leerlo.

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