Ocaña resiste una operación muy fuerte para echarla del Gobierno

Hay en marcha un plan para expulsar del Gobierno a la ministra de Salud, Graciela Ocaña. Las operaciones de desgaste mediático recrudecieron durante esta semana. Dos factores fuertes confluyen en este propósito. Por un lado, la embestida de sectores sindicales y empresariales, afectados por decisiones de la ministra sobre métodos y montos de compras y contrataciones del Estado. Y articulándose en fácil armonía, están las voces del oficialismo que reclaman alineamiento absoluto y renuevan su cruzada contra cualquier forma de kirchnerismo crítico.
En el entorno de Ocaña admiten que la operación existe y que es vigorosa. Y dicen que la permanencia de la ministra depende, ahora, pura y exclusivamente de Cristina Kirchner.

"Si alguien quiere que me vaya, no tiene más que levantar el teléfono y pedírmelo", les dijo Ocaña ayer a un muy reducido grupo de colaboradores. Ante ellos, aseguró que "si hay alguien con quien me identifico en el Gobierno, y en quien confío, es Cristina". Así y todo sabe que corre alto riesgo político, porque el clima de renuncia se está generando objetivamente. Y hasta ahora nadie con suficiente poder ha hecho nada tajante para remediarlo.

La carga mediática más reciente fue notable. El martes se difundieron supuestas declaraciones de Ocaña durante una visita a La Plata, en la que aparecían reiterados algunos conceptos suavemente críticos respecto de Néstor Kirchner y del oficialismo, que ella había formulado el domingo en el diario La Nación. Tales declaraciones en La Plata no existieron. Sobre sus críticas, ella misma había hablado con el ministro del Interior, Florencio Randazzo, que había salido a cuestionarlas, para explicarle su tenor y alcance. Nadie de la Casa Rosada ni de Olivos la llamó para hacerle reproches. Tampoco para darle tranquilidades.

El miércoles, entre las 20.30 y las 23.15, en varias redacciones se recibió la versión acerca de que Ocaña estaba despidiéndose de su equipo, decidida a renunciar. Algunos periodistas, de Clarín y de otros medios, prefirieron confirmar la información antes de publicarla. No era cierta. Pero la operación estaba lanzada sin tapujos. La versión envenenada, y falsa, provino de fuentes kirchneristas.

Es curioso, pero Ocaña tiene buena relación con dos hombres que no son justamente fáciles de llevar: el camionero Hugo Moyano y el turbulento secretario de Comercio Guillermo Moreno. Curioso, porque su visión sobre la política y el Gobierno tiene notorias diferencias con las de Moyano y Moreno. Pero encontró en ellos aliados eficaces para cuestiones puntuales: la distribución más o menos equitativa de reintegros a las obras sociales sindicales, en el caso de Moyano: la rebaja en el precio de medicamentos para planes de salud, en el caso de Moreno.

Sin embargo, en este año de gestión en Salud, Ocaña cosechó muchos enemigos, y algunos de ellos poderosos. Con varios ya se había topado durante su paso anterior por el PAMI. Por ejemplo, la sociedad entre sindicalistas y políticos, peronistas y de otros palos, que manejó discrecionalmente los negocios de la salud durante muchos años.

Ocaña gusta decir que está dispuesta a patear todos los nidos de corrupción que encuentre. Y lo ha hecho en más de una ocasión. "Cuando Cristina me ofreció el cargo sabía lo que yo iba a hacer: nadie me frenó ni me dijo que no hiciera lo que hice", comentó algún tiempo atrás, cuando vino la primera oleada fuerte en su contra.

Pero esta vez parece haber interesado membranas más sensibles del andamiaje político. Entre sus enemigos predilectos están los patrones de droguerías y provisión farmacéutica, cuyos lazos con el Estado viene tratando de cortar. Varios de esos personajes, y sus empresas, figuran como aportantes fuertes a la campaña electoral de Cristina, el año pasado. Por cierto, son gente que tiene manera de hacerse oír. Tanto como los sindicalistas cuyas operaciones pueden haber sido recortadas por las medidas que fue tomando Ocaña.

Hay quienes aseguran que una oreja sobre la que estos personajes corren a derramar sus penas y sus odios es la de Julio De Vido. El siempre influyente ministro de Planificación no tiene relación funcional directa con ellos, pero parece haberse propuesto borrar de la faz del Gobierno a todo aquel que haya tenido que ver alguna vez con Alberto Fernández. Ocaña llegó al kirchnerismo de la mano del ex jefe de Gabinete, aunque al final la relación entre ellos se había deteriorado mucho.

No se conoce todavía cuál es la opinión de Néstor Kirchner sobre la situación de Ocaña y sobre las operaciones lanzadas en su contra. En todo caso, los enemigos de la ministra parecen estar reuniendo masa crítica para tratar de influir, cuanto antes, en una decisión final suya.

Ocaña recibió con alivio, en estos días, declaraciones públicas de respaldo por parte de Sergio Massa. Pero cualquiera que conozca la entretela del Gobierno sabe que el apoyo del actual jefe de Gabinete puede ser condición necesaria, pero nunca suficiente, para que un funcionario siga sentado en su silla.

El sostén último de la ministra es directamente la Presidenta. A ella le avisó, la semana pasada, que la Justicia había descubierto que las amenazas que recibían empleadas de su confianza provenían de un teléfono asignado a su propia custodia. Ocaña asegura que Cristina la reconfortó, le reiteró su apoyo y le pidió que siga con su tarea como hasta ahora.

Hasta anoche, seguía.

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