Obró con convicción republicana

Por Fernando De la Rúa

Frente a los grandes muertos, es importante asumir el mensaje de su vida. Porque siempre queda un mensaje basado en el compromiso y el ejemplo. Esto es más importante que reiterar el merecido panegírico sin que signifique retacear el elogio.

Alfonsín obró y vivió con una profunda convicción republicana. Este fue el sentido de su lucha. Fue el artífice de la recuperación de la democracia al triunfar en 1983 y asumir la presidencia de la Nación poniendo fin a largos años de facto y dictadura. Surgía en plenitud la fuerza de la libertad, de la Constitución y de los derechos del pueblo.

La República se basa en la ética y se expresa en la vigencia de la Constitución. El se empeñó en fortalecer las instituciones en vez de usarlas para su conveniencia e insistió en el diálogo y la unión nacional. El predicado del Preámbulo constitucional que repetía como un rezo laico se plasmó en su conducta.

El haber sido leal y consecuente con su prédica le valió el respeto de sus conciudadanos y de la opinión internacional. Reivindicó los derechos humanos e impulsó los juicios por su violación. Trató de modernizar y democratizar las organizaciones sindicales, combatir la inflación, reformar el Estado, recuperar el crecimiento. Eran tiempos difíciles y él puso lo mejor de sus fuerzas.

El balance nítido es de un presidente comprometido con sus ideales que obró con patriotismo y defendió la democracia de las amenazas que la acecharon. Llevó a cabo lo principal de su programa de transformación, aunque después no fuera siempre comprendido. Inconsecuencias de los tiempos?

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Lo importante fue la autenticidad de su conducta. Su fuerza provenía del espíritu republicano que lo animaba. Es indudable que quedará como quien restauró la democracia, pero su mensaje trascendente fue la recuperación de la ética de las conductas públicas y el vigor de las instituciones que resguardan la libertad y los derechos.

Cuando esto se mira con la perspectiva de haber compartido por décadas jornadas de esa lucha democrática, puede afirmarse ese perfil como un testimonio. Defendía con fuerza y con vigor sus ideas y era a la vez amable y cálido en el trato privado. Como gran orador, gozaba del carisma de los líderes y estaba siempre pronto a escribir y explicar para convencer. Este era el perfil de su notable personalidad.

Quien tan alto expresó esos valores y desempeñó con altura el protagonismo decisivo que le tocó asumir en esta etapa de la vida nacional tiene su lugar en la historia.

Lo importante es que las nuevas generaciones sepan recoger su mensaje de unidad nacional, de fortalecimiento de las instituciones y de defensa de la libertad. Su muerte encierra además un sentido épico. Es como una batalla final por recobrar para la política la consideración de la ciudadanía fácilmente dispuesta a denostarla. El mismo supo del hostigamiento al dejar la presidencia cuyos méritos hoy están reconocidos.

Se proyecta su nombre para mostrar que la entrega al servicio del país no es algo negativo, sino, a su modo, una forma del patriotismo que, por cierto, no es algo vano, sino una dimensión esencial para la vida.

Como ex presidente saludo con respeto a quien fue un gran presidente de la Nación y como amigo expreso mi dolor ante su pérdida. El profundo sentimiento solidario de todo un pueblo que se reencuentra con él en sus grandes valores es el mayor reconocimiento para quien tanto sirvió a la democracia.

Su mensaje para los tiempos es el ejemplo de su conducta y la trascendencia de los principios que siempre defendió.

El autor fue presidente de la Nación

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