La ley obliga, pero la lista de precios no está a la vista en los restaurantes

Sin precios exhibidos, no queda más remedio que entrar a un restaurante, sentarse y pedir la carta. Y si lo escrito supera lo que se puede o se está dispuesto a pagar, hay que respirar hondo, tomar coraje, pararse y huir, como si la situación fuera causa de vergüenza. ¿No sería más fácil que bares y restaurantes exhibieran sus menús como la ley manda? Nada más lejos, al menos en Rosario: pese a que hace 50 años existe una norma municipal que obliga a hacerlo, de 34 locales gastronómicos que recorrió La Capital sólo uno expone su carta completa y otros tres tienen, al menos, una lista de platos con sus precios.
El resto no exhibe nada o, a lo sumo, un par de promociones "del día".

   La mayoría de las ciudades turísticas la tiene clara. Expuesta en la vidriera, apoyada sobre un atril, encadenada o atada, la carta de bares y restaurantes está a disposición de los clientes que buscan un lugar donde sentarse.

   La exhibición de los menús con sus respectivos precios despeja cualquier equívoco. Claro, siempre que se cumpla con otro aspecto de la ley, que es que obliga a cobrar lo que está escrito, sin la subrepticia aparición de adicionales.

   Pero en Rosario la práctica "no es costumbre". ¿Por qué? No se sabe, todo indica que es porque nadie lo exige (ni sanciona), pese a que su incumplimiento transgrede una buena cantidad de normas.

   ¿Cuáles? Por lo menos dos nacionales, la ley de lealtad comercial, de 1983, y la resolución 7 de la Secretaría de la Competencia, de 2002. Y otras tantas municipales, como el Código de Faltas (artículo 603.22) de 1981 y, más atrás en el tiempo, el decreto 25.083, que sigue vigente después de exactamente medio siglo, pero sin respetarse.

A la vista.

   Es más, en abril pasado el Concejo Municipal aprobó un proyecto del edil oficialista Aldo Gómez donde se recuerda la vigencia de esa y otras normas como marco "genérico" y agrega la obligación de que si los locales cobran por el rubro "cubierto" (o pan, o pequeñas entradas supuestamente de gentileza) deben consignarle "en forma notoria y detectable a simple vista en la primera página de la lista de precios".

   En cuanto a la resolución 7 de la Secretaría de la Competencia de la Nación, a la que el titular de la Oficina Municipal de Defensa al Consumidor, Néstor Trigueros, definió como "un marco exhaustivo", se indica que los locales gastronómicos, "en todas sus especialidades", deberán exhibir los precios "mediante listas ubicadas en los lugares de acceso y en el interior".

   Y también señala que "las variaciones de precio, cualquiera sea el motivo que las origine (por ejemplo, lugar, horario o espectáculo) deberán hacerse conocer en forma destacada en todos los listados".

   Pero basta con caminar cualquier zona de la ciudad para ver que nada de eso se cumple. Para demostrarlo, este diario trazó un circuito poco más que aleatorio por Pellegrini de Sarmiento a Italia, Italia hasta Wheelwright, y de allí a Entre Ríos. El centro también tuvo su ronda. En total, 34 locales entre bares, pizzerías, parrillas y restaurantes. Casi todos de las zonas promocionadas como "turísticas".

   ¿Qué conclusión se puede sacar sobre el respeto a esas normas? Que es casi nulo su cumplimiento.

   En algunos de los locales se instalan, sí, pizarrones o carteles que ofertan el plato del día o un cierto menú. En otros hay varias promociones. En alguna que otra parrilla, al menos las cartas se apilan cerca de la entrada: si se es valiente se las puede manotear antes de ocupar una mesa. Pero en la mayoría, de listas y de precios, simplemente no hay nada.

La letra de la normativa es clara. A nivel local, el decreto con medio siglo a cuestas exige a bares, confiterías, recreos y comercios afines exhibir "en sitios bien visibles" las listas de precios.

Calle por calle.

   Por Italia tampoco lo exhiben Napolitano, ni Aladino, ni Pan y Manteca, ni Lorenzo, ni Gorostarzu. Sólo el restobar Nicola tiene una buena lista de platos y precios (sin ser, de todos modos, exhaustiva) y el bar La Isla del Centro es el único que cumple y exhibe su carta.

   Por Wheelwright, El Viejo Balcón no tiene más que las cartas apiladas cerca de la entrada, y encima sólo después de pasar dos puertas. Ni La Casa del Tango, ni El Cholo Café Tango Bar ostentan el menor precio. Tampoco lo hacen Metrópolis, ni Focaccia, ni Quillagua.

   En el centro la balanza se inclina apenas algo más a favor del cliente. Igual, bares emblemáticos como El Cairo, La Sede, La Máquina y La Capital no exhiben nada. Tampoco hay menús expuestos en Iruña ni en Lo Mejor del Centro.

   Se acercan un poco más a la normativa los dos bares enfrentados de Entre Ríos y Santa Fe: el Laurak Bat y el Caffee Rosario, que al menos promocionan una larga lista de platos con sus respectivos precios. La Cibeles, en el Victoria Mall, hace algo parecido.

   Pero el único que cumple a pie juntillas con lo que manda la ley, es decir, exhibir la carta completa de platos con sus respectivos precios, es el restobar Pico Fino. Sobre un atril, cualquiera la puede ojear y decidir en consecuencia. Tan fácil, tan cómodo, tan legal.

Sólo para poner algunos ejemplos. Por Pellegrini no exhiben listas el restobar Ribereño, La Gran Vía, Gringo’s, La Maltería, Fellini, Helga, Marbella, La Estancia, Juan sin Miedo ni Te Amaré Vicenta. Sólo Petra ostenta un cartel, pero corre con la ventaja de que es un tenedor libre y sólo debe especificar el costo del menú según el día.

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