Obama pasó el test del humor

El presidente explicó que el ex vice de Bush, Dick Cheney, no había podido asistir a la cena porque se encontraba muy ocupado escribiendo un libro probablemente titulado "Cómo dispararles a los amigos e interrogar a la gente".
Si bien no fue el más duro de los tests en lo que lleva como presidente de los Estados Unidos, existía la posibilidad de que Barack Obama hiciese el ridículo en su primer esfuerzo por mostrarse como un gran contador de chistes el sábado por la noche en la cena anual con todos los corresponsales de prensa acreditados en la Casa Blanca. Pero, a juzgar por las risas en las que estallaron los presentes a lo largo de toda la velada, Obama fue un éxito.

Es cierto que, justo en esta ocasión, las facultades mentales y por consiguiente la habilidad para hacer preguntas de la mayoría de los periodistas que allí nos encontrábamos se hallaban en "pausa", o momentáneamente suspendidas. Pero no es fácil evitar caer bajo el encanto del mayor de los líderes mundiales cuando hace de anfitrión y se dirige a uno siempre con una sonrisa.

Nadie es más consciente que el propio Obama de que la corporación mediática estadounidense ha sido, hasta ahora, bastante buena para con su administración. El mismo lo hizo saber. "La mayoría de ustedes cubre mi trabajo. Y todos ustedes me votaron", lanzó el presidente mientras escrutaba los rostros y las risas de los casi 2 mil invitados en el salón del Washington Hilton Hotel. "Perdón, salvo los de la mesa de la cadena Fox, por supuesto", agregó. Todos estallaron en más risas.

Luego el mandatario hizo referencia a los tiempos que tiene por delante. "Creo que mis próximos cien días serán tan exitosos que seremos capaces de completarlos en tan sólo 72 días", lanzó, provocando las miradas incrédulas de algunos de los miembros de su gabinete y hasta de su propia esposa, todos los cuales parecían temer un ritmo de trabajo aún más intenso que el practicado hasta ahora. "Y en el día número 73, descansaré. Pero luego empezaremos a construir una biblioteca pública dedicada a mis primeros cien días", continuó el jefe de Estado.

Los republicanos que se encontraban ausentes tampoco se salvaron de las bromas de Obama, ya que, claro, bromear sobre los predecesores funciona casi con cualquier audiencia. "Debo confesarles que no tenía muchas ganas de estar aquí esta noche. Pero, bueno, tuve que venir. Ese es otro de los problemas que heredé de George Bush", susurró al micrófono el presidente. Dick Cheney también fue una de sus víctimas. Obama explicó que el ex vicepresidente republicano no había podido asistir a la cena –suspenso entre los comensales, que por un momento creyeron que hablaba en serio– porque se encontraba muy ocupado escribiendo un nuevo libro, probablemente titulado "Cómo dispararles a los amigos e interrogar a la gente". Las palabras de Obama, claro, hacían referencia, por un lado, al reciente incidente que tuvo Cheney cuando salió de cacería y le disparó a uno de sus amigos, y, por el otro, al entusiasmo de Cheney por "ciertas técnicas" de interrogatorio. Las alusiones no se le escaparon a nadie.

A "La cena con los corresponsales", como se conoce al evento, asistieron religiosamente todos los presidentes norteamericanos desde Calvin Coolidge (1925-1929). Por eso, a nadie le sorprendió que Obama no faltara, pero, de todos modos, el entusiasmo al verlo llegar fue innegable. Michelle Obama, por su parte, ocupó la cabecera de la mesa central luciendo un vestido brillante de color fucsia.

Consultado por su relación con Hillary Clinton, su secretaria de Estado, Obama aseguró que ambos se llevaban extraordinariamente bien. "De hecho, apenas volvió de México, me abrazó, me dio un beso y me dijo: ‘Oye, tienes que ir para allá inmediatamente’", bromeó el presidente, aludiendo de ese modo a la amenaza de la gripe porcina y a su contagio por contacto personal.

Mientras tanto, y si bien el presidente fue la estrella indiscutida de la noche, es innegable que las cámaras se dedicaron buena parte de la velada a enfocar a las otras personas famosas que se encontraban allí la noche del sábado. Y es que ahora sabemos cuáles estrellas de Hollywood se han enamorado del nuevo presidente: todas. Glenn Close estaba allí y también Robert De Niro, Jennifer Garner, Ben Affleck y Natalie Portman; Stevie Wonder, Sting, John Cusack, Demi Moore, Alicia Keys, Eva Longoria Parker, Forest Whitaker y hasta los directores George Lucas y Steven Spielberg.

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